Páginas al viento

Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

  • Intenciones del Santo Padre. Febrero 2012

    Intención general

    Para que todos los pueblos tengan pleno acceso al agua y a los recursos necesarios para su sustento cotidiano.

    Intención misionera
    Para que el Señor sostenga el esfuerzo de los trabajadores de la salud en su servicio a los enfermos y ancianos de las regiones más pobres.

  • Vídeo mensual

    Año 2071. Un sacerdote al final de su vida reflexiona sobre su vocación y vida sacerdotal.

    Sacerdote, regalo de Dios para el mundo

  • Visión Actual

    Alocución del Santo Padre con motivo del Consistorio Ordinario de Creación de Cardenales para la Iglesia Católica en febrero 2012

    Alocución

Una leyenda negra

Publicado por francescopetrarca en 27 febrero 2012

Artículo de Juan Manuel de Prada descomponiendo de forma breve y con evidentes argumentos la leyenda negra que pesa sobre el excelentísimo pontísime Pío XII.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=20952

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¿Fue la Iglesia católica complaciente con las atrocidades perpetradas por Hitler? Ya en una fecha tan temprana como 1930, los obispos alemanes condenaron el nazismo, calificándolo de herejía incompatible con la visión cristiana del mundo; es verdad, sin embargo, que esta condena fue levantada en 1933, cuando Hitler firmó un concordato con la Santa Sede. ¿Pecaron entonces de exceso de confianza los obispos alemanes? Tal vez sí, pero no más que los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, que todavía en una fecha tan tardía como septiembre de 1938 firmaban con Hitler el Tratado de Múnich. Lo cierto es que los católicos no fueron quienes alzaron a Hitler al poder; de hecho, en las regiones alemanas más pobladas por católicos fue donde el partido nazi obtuvo menos votos, como prueba José M. García Pelegrín en su libro Cristianos contra Hitler.

El 23 de marzo de 1937, Pío XI proclama la encíclica Mit Brennender Sorge, en cuya redacción participó activamente el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII. En la citada encíclica, Pío XI condena sin ambages el nazismo, tachándolo de ideología panteísta (esto es, pagana), y la divinización idolátrica del pueblo y de la raza postuladas por esta ideología. Obispos como Bertram, de Berlín, o Von Galen, de Münster, se convirtieron en detractores encarnizados del nazismo; y diez mil trescientos quince sacerdotes católicos serían encarcelados por el Tercer Reich. De ellos, dos mil quinientos ochenta serían deportados al campo de concentración de Dachau, de los cuales mil treinta y cuatro no salieron con vida.

Cuando, en 1958, fallece Pío XII, Golda Meir, madre del Estado de Israel, escribirá: «Durante los diez años del terror nazi, cuando nuestro pueblo sufrió los horrores del martirio, Pío XII elevó su voz para condenar a los perseguidores y para compadecerse de las víctimas». Y el entonces presidente del Congreso Judío Mundial, Nahum Goldmann, proclamará: «Con especial gratitud recordamos todo lo que Pío XII hizo por los judíos perseguidos durante uno de los periodos más oscuros de toda su historia». ¿Qué ocurrió para que el Papa más querido por el pueblo de Israel fuera denominado, unos pocos años más tarde, el `Papa de Hitler´? La leyenda negra sobre Pío XII fue diseñada por la propaganda comunista y recogida eficazmente, en 1963, por la pieza teatral El vicario, de Rolf Hochhuth, en la que se presentaba a un Pío XII indiferente ante el genocidio judío. Pero la leyenda negra contra Pío XII también ha tenido divulgadores en el propio ámbito católico, como resultado de las divisiones que se produjeron a raíz del Concilio Vaticano II.

Las actas y documentos del Estado Vaticano relativos a la Segunda Guerra Mundial demuestran fehacientemente que Pío XII hizo mucho más que cualquier gobierno o institución para salvar a los judíos de la persecución nazi. El rabino y profesor de Historia David Dalin, autor del libro El mito del Papa de Hitler, considera que Pío XII se sirvió de su experiencia como Nuncio apostólico en Alemania durante los años veinte, y luego como secretario de Estado del papa Pío XI en los treinta, para salvar infinidad de vidas judías durante la guerra. Si aproximadamente el ochenta por ciento de los judíos que vivían en la Europa ocupada por los nazis fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial, en Italia, donde el Papa tuvo un mayor margen de maniobra, el ochenta y cinco por ciento de los judíos sobrevivió, incluyendo el setenta y cinco por ciento de la comunidad judía de Roma, que se benefició de su ayuda directa.

Los judíos fueron acogidos secretamente, por indicación del Papa, en ciento cincuenta y cinco monasterios, conventos e iglesias de Italia; y hasta tres mil de ellos hallaron refugio en la residencia pontificia de Castelgandolfo. El escritor judío Pinchas Lapide, en su obra Tres Papas y los judíos, cifra el número de judíos salvados directamente por la diplomacia vaticana en ochocientos mil. Tales actividades las realizó Pío XII lo más discretamente posible, lo cual no fue óbice para que Hitler planeara su secuestro, como ha confirmado el general Karl Wolff, jefe de las SS en Italia. Un hecho fundamental, poco conocido, es que el gran rabino de Roma durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Israel Anton Zoller, se convirtió al catolicismo tras la liberación de la capital italiana, adoptando como nombre de bautismo, en honor del Papa que había salvado a tantos hermanos suyos, el de Eugenio Pío. A la luz de estos datos, ¿puede acusarse a la Iglesia católica de connivencia con el nazismo?

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¿Qué enemistad existe en Málaga entre la Diócesis y la Sotana?

Publicado por francescopetrarca en 25 febrero 2012

Siempre me he resistido a usar este blog como plataforma de quejas o denuncias. Mi deseo ha sido emplearlo para escribir mis propias reflexiones, comentar algunas frases particularmente interesantes, traer artículos de actualidad o de otros autores, etc… Pero esta vez no he podido callar ante algo que considero muestra de la salud de una Diócesis como es la de Málaga, la mía propia y especialmente cuando he sido testigo y parte activa en los hechos.

Se trata de una conversación entre tres jóvenes (entre los que me incluyo) y un joven sacerdote extranjero incardinado en una diócesis de su país y que ahora se encuentra en la Diócesis de Málaga realizando, desde hace varios años ya, una tarea pastoral. Hace poco que fue nombrado Vicario parroquial en una parroquia de mi Arciprestazgo y por eso gozo de su asistencia espiritual.

Tras una conversación distendida, de pronto desembocamos en el tema del uso sacerdotal de la sotana. Dicho joven sacerdote alegaba: “En mi país siempre llevaba sotana y todos los sacerdotes llevan sotana”. Y ante mi insistencia por averiguar por qué había variado costumbre tan espléndida y que desde mi punto de vista hace tanto bien al sacerdote y a los fieles, pues así les digo a todos: “es como un policía. Si este no lleva uniforme, no podemos reclamar sus servicios. ¡Lo mismo un sacerdote! Además que es un testimonio ante el mundo”; este sacerdote me responde (sin ser palabras textuales pero que reproducen con fidelidad la idea expresada): “Aquí en Málaga me han dicho (otros sacerdotes) que no me la ponga. Que no se lleva y que los fieles lo ven extraño. Y yo les hago caso pues he venido a aprender y ellos son mis maestros“.

Ante mi protesta e insistencia porque la use: “Hay pocos sacerdotes que la lleven, pero algunos hay y yo te apoyo en que la vuelvas a llevar con total libertad.”; las otras dos jóvenes con las que me encontraba alegan: “La sotana es un poco vieja… Lleva Clergyman y ya con eso es más que suficiente” y “Pues ni se te ocurra acercarte a San Patricio con sotana porque allí no les gusta” (San Patricio, que está en nuestro arciprestazgo, es una Comunidad Neocatecumenal, y la joven que lo comentaba PRECISAMENTE es miembra del Camino aunque no quiere vincularse en extremo a dicha comunidad y asiste regularmente a nuestra parroquia. Además mientras lo decía, lo comentaba, con aire de “allí es que les gustan otras cosas” o “lo ven tan feo que no se acercan a ti”).

Ante todo esto, mostré mi estupor e indignación y le pedí al joven sacerdote que si él se sentía cómodo llevando sotana que no hiciera caso a nadie más, ya que él decía: “la sotana para el sacerdote es como el traje de novia en la boda“. Me aseguró que probablemente volvería a ponérsela y en ese punto dejamos la conversación.

Una vez relatados los hechos, no quiero ahondar más en ellos ni reflexionar muy intensamente, pues ya puse mi opinión sobre el uso del hábito o sotana en otro post: http://francescopetrarca.wordpress.com/2011/06/18/la-necesidad-del-habito-o-la-sotana/. Simplemente quisiera hacerme las siguientes preguntas:

¿Qué enemistad existe en Málaga entre la Diócesis y la sotana? ¿Por qué algunos sacerdotes les piden a otros, especialmente sacerdotes jóvenes y que se someten a toda autoridad e instrucción de superiores; que abandonen la sotana en sus tareas pastorales con los fieles de Málaga? ¿Verdaderamente los fieles rechazan toda atención espiritual si el sacerdote viste de sotana? ¿Por qué se tiene en mente que la sotana es una antigualla y no el hábito regular del sacerdote? ¿Qué sucede en la Comunidad Neocatecumenal de Málaga y la sotana?

No es un tema baladí este.

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La Penitencia: buscando la virtud perdida

Publicado por francescopetrarca en 25 febrero 2012

Fantástico artículo del P. José Fernando Rey Ballesteros sobre la Penitencia y sus sentido en este tiempo de Cuaresma.

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=537

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   Les sugiero un ejercicio poco gratificante, pero probablemente muy revelador: díganme cuántas veces han escuchado, a lo largo de los últimos años, la palabra “penitencia” en los templos a los que acuden para la celebración de la Eucaristía. Me refiero a “penitencia” como virtud o como actitud cristiana de reparación por los pecados; por tanto, supriman las veces en que han escuchado la expresión “sacramento de la Penitencia”, en la que la palabra es más adjetiva (para referirse al sacramento) que sustantiva. En definitiva, ¿cuántas veces han escuchado ustedes la invitación a “hacer penitencia” o a vivir con “espíritu penitente”? Probablemente, muy pocas.

    Nos guste o no, somos hijos de la tormenta que se desató en la Iglesia después del Concilio Vaticano II, y los efectos devastadores de aquella tempestad todavía están lejos de haber sido reparados. El cataclismo se llevó por delante todos los elementos de nuestra Fe que recordaban al hombre su condición pecadora, porque a muchos les parecía indigno el más mínimo golpe de pecho: se dejó de hablar del pecado, el Infierno desapareció, el Diablo pasó a ser un cuento cavernario destinado a asustar a los niños, la Justicia Divina fue borrada de los sermones y catequesis, los reclinatorios desaparecieron de las iglesias (¿por qué ponerse de rodillas si somos dios?) y la virtud de la penitencia se esfumó de la lista de unas virtudes cristianas que ya no eran virtudes sino “valores”…

    Desde entonces, y muy poco a poco, hemos ido recogiendo del suelo muchos de los restos de aquel desastre, les hemos quitado el polvo y los hemos devuelto a sus vitrinas: la conciencia de pecado se va recuperando, los confesonarios se vuelven a poblar con sacerdotes y penitentes, se va perdiendo el miedo a hablar del Demonio y -todavía muy débilmente- se recupera la alusión al Infierno en las predicaciones de bastantes sacerdotes. Sin embargo, nadie ha encontrado todavía entre los escombros la virtud de la penitencia. Y, por eso, cuando llega la Cuaresma, se habla de la “pequeñez” (¡Qué bonito!) humana y de la Misericordia de Dios. Y, hasta que alguien recupere la virtud perdida, seguimos hablando de la Cuaresma como de “el tiempo de la Misericordia”… Es verdad; lo es. Si no confiásemos en la Misericordia de Dios, la Cuaresma sería un ejercicio inútil. Pero, principalmente, la Cuaresma es tiempo de penitencia.

    El motivo de la penitencia, y también de la Cuaresma, es la necesidad de expiar nuestras culpas. En ocasiones decimos, demasiado alegremente, que una vez confesado un pecado ya no hay que preocuparse ni pensar más en él, que “no ha pasado nada”… Pero no es verdad; ha pasado. El Sacramento del Perdón nos absuelve, merced a la Sangre de Cristo, del castigo eterno merecido por nuestra traición. Pero los efectos de ese pecado en el alma, eso que la Teología Moral llama “reato de culpa” deben ser reparados en esta vida o en el Purgatorio: se trata de un desorden en las pasiones, de una inclinación más fuerte hacia el mal, de una ceguera cada vez más profunda para discernir la Luz Divina, de una insensibilidad para escuchar la voz de Dios… Todo ello sólo puede repararse con penitencia. Y, créanme, es mucho mejor y más conveniente repararlo en esta vida que esperar al Purgatorio, donde esa purificación será mucho más dolorosa. Los pecados hay que confesarlos, desde luego. Pero también hay que llorarlos. Y precisamente para eso está la Cuaresma.

    A poco que se lea la Sagrada Escritura, uno aprende que Dios es siempre muy tierno con el pecador arrepentido, muy duro con el pecado, y muy exigente con la penitencia. Dios perdona, y a la vez castiga; más bien, castiga para perdonar, reprende para reparar. Y el hombre tiene que saber, a la vez que acoge el perdón de Dios, recibir también el cariñoso castigo de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos. He ahí el motivo de la penitencia cristiana.

    En la Edad Antigua, los pecadores públicos se azotaban a la vista de todos en las puertas de los templos durante la Cuaresma. El Emperador Teodosio el Grande, aconsejado por San Ambrosio, fue visto por todos los cristianos haciendo pública penitencia a causa de un arrebato de ira. Nosotros, durante la Cuaresma, nos imponemos voluntariamente castigos por nuestras culpas, siempre asesorados por el confesor, y así suplicamos la gracia de la restauración de nuestras almas.

    No lo olvidemos: los ayunos cuaresmales, las limosnas y la oración, a lo largo de estos cuarenta días, cobran sentido cuando el hombre se sabe pecador, cuando está dispuesto a llorar sus culpas, y cuando desea, más que ninguna otra cosa, reparar los efectos del pecado para convertirse y nunca más pecar. Eso es la Cuaresma.

José-Fernando Rey Ballesteros

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Alocuación Santo Padre Benedicto XVI con motivo del Consistorio 2012

Publicado por francescopetrarca en 18 febrero 2012

CONSISTORIO ORDINARIO PÚBLICO
PARA LA CREACIÓN DE NUEVOS CARDENALES
Y PARA EL VOTO SOBRE ALGUNAS CAUSAS DE CANONIZACIÓN

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
Sábado 18 de febrero de 2012

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20120218_concistoro_sp.html

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«Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam»

Venerados Hermanos,
Queridos hermanos y hermanas

Estas palabras del canto de entrada nos introducen en el solemne y sugestivo rito del Consistorio ordinario público para la creación de nuevos cardenales, la imposición de la birreta, la entrega del anillo y la asignación del título. Son las palabras eficaces con las que Jesús constituyó a Pedro como fundamento firme de la Iglesia. La fe es el elemento característico de ese fundamento: en efecto, Simón pasa a convertirse en Pedro —roca— al profesar su fe en Jesús, Mesías e Hijo de Dios. En el anuncio de Cristo, la Iglesia aparece unida a Pedro, y Pedro es puesto en la Iglesia como roca; pero el que edifica la Iglesia es el mismo Cristo, Pedro es un elemento particular de la construcción. Ha de serlo mediante la fidelidad a la confesión que hizo en Cesarea de Filipo, en virtud de la afirmación: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Las palabras que Jesús dirige a Pedro ponen de relieve claramente el carácter eclesial del acontecimiento de hoy. Los nuevos cardenales, en efecto, mediante la asignación del título de una iglesia de esta Ciudad o de una diócesis suburbicaria, son insertados con todo derecho en la Iglesia de Roma, guiada por el Sucesor de Pedro, para cooperar estrechamente con él en el gobierno de la Iglesia universal. Estos queridos hermanos, que dentro de poco entrarán a formar parte del Colegio cardenalicio, se unirán con un nuevo y más fuerte vínculo no sólo al Romano Pontífice, sino también a toda la comunidad de fieles extendida por todo el mundo. En el cumplimiento de su peculiar servicio de ayuda al ministerio petrino, los nuevos purpurados estarán llamados a considerar y valorar los acontecimientos, los problemas y criterios pastorales que atañen a la misión de toda la Iglesia. En esta delicada tarea, les servirá de ejemplo y ayuda, el testimonio de fe que el Príncipe de los Apóstoles dio con su vida y su muerte y que, por amor de Cristo, se dio por entero hasta el sacrificio extremo.

La imposición de la birreta roja ha de ser entendida también con este mismo significado. A los nuevos cardenales se les confía el servicio del amor: amor por Dios, amor por su Iglesia, amor por los hermanos con una entrega absoluta e incondicionada, hasta derramar su sangre si fuera preciso, como reza la fórmula de la imposición de la birreta e indica el color rojo de las vestiduras. Además, se les pide que sirvan a la Iglesia con amor y vigor, con la transparencia y sabiduría de los maestros, con la energía y fortaleza de los pastores, con la fidelidad y el valor de los mártires. Se trata de ser servidores eminentes de la Iglesia que tiene en Pedro el fundamento visible de la unidad.

En el pasaje evangélico que antes se ha proclamado, Jesús se presenta como siervo, ofreciéndose como modelo a imitar y seguir. Del trasfondo del tercer anuncio de la pasión, muerte y resurrección del Hijo del hombre, se aparta con llamativo contraste la escena de los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que persiguen todavía sueños de gloria junto a Jesús. Le pidieron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mc 10,37). La respuesta de Jesús fue fulminante, y su interpelación inesperada: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? (v. 38). La alusión es muy clara: el cáliz es el de la pasión, que Jesús acepta para cumplir la voluntad del Padre. El servicio a Dios y a los hermanos, el don de sí: esta es la lógica que la fe auténtica imprime y desarrolla en nuestra vida cotidiana y que no es en cambio el estilo mundano del poder y la gloria.

Con su petición, Santiago y Juan ponen de manifiesto que no comprenden la lógica de vida de la que Jesús da testimonio, la lógica que, según el Maestro, ha de caracterizar al discípulo, en su espíritu y en sus acciones. La lógica errónea no se encuentra sólo en los dos hijos de Zebedeo ya que, según el evangelista, contagia también «a los otros diez» apóstoles que «se indignaron contra Santiago y Juan» (v. 41). Se indignaron porque no es fácil entrar en la lógica del Evangelio y abandonar la del poder y la gloria. San Juan Crisóstomo dice que todos los apóstoles eran todavía imperfectos, tanto los dos que quieren ponerse por encima de los diez, como los otros que tienen envidia de ellos (cf. Comentario a Mateo, 65, 4: PG 58, 622). San Cirilo de Alejandría, comentando los textos paralelos del Evangelio de san Lucas, añade: «Los discípulos habían caído en la debilidad humana y estaban discutiendo entre sí sobre quién era el jefe y superior a los demás… Esto sucedió y ha sido narrado para nuestro provecho… Lo que les pasó a los santos apóstoles se puede revelar para nosotros un incentivo para la humildad» (Comentario a Lucas, 12,5,15: PG 72,912). Este episodio ofrece a Jesús la ocasión de dirigirse a todos los discípulos y «llamarlos hacia sí», casi para estrecharlos consigo, para formar como un cuerpo único e indivisible con él y señalar cuál es el camino para llegar a la gloria verdadera, la de Dios: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10,42-44).

Dominio y servicio, egoísmo y altruismo, posesión y don, interés y gratuidad: estas lógicas profundamente contrarias se enfrentan en todo tiempo y lugar. No hay ninguna duda sobre el camino escogido por Jesús: Él no se limita a señalarlo con palabras a los discípulos de entonces y de hoy, sino que lo vive en su misma carne. En efecto, explica: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por la multitud» (v.45). Estas palabras iluminan con singular intensidad el Consistorio público de hoy. Resuenan en lo más profundo del alma y representan una invitación y un llamamiento, un encargo y un impulso especialmente para vosotros, queridos y venerados Hermanos que estáis a punto de ser incorporados al Colegio cardenalicio.

Según la tradición bíblica, el Hijo del hombre es el que recibe el poder y el dominio de parte de Dios (cf. Dn 7,13s). Jesús interpreta su misión en la tierra sobreponiendo a la figura del Hijo del hombre la del Siervo sufriente, descrito por Isaías (cf. Is 53,1-12). Él recibe el poder y la gloria sólo en cuanto «siervo»; pero es siervo en cuanto que acoge en sí el destino de dolor y pecado de toda la humanidad. Su servicio se cumple en la fidelidad total y en la responsabilidad plena por los hombres. Por eso la aceptación libre de su muerte violenta es el precio de la liberación para muchos, es el inicio y el fundamento de la redención de cada hombre y de todo el género humano.

Queridos Hermanos que vais a ser incluidos en el Colegio cardenalicio. Que el don total de sí ofrecido por Cristo sobre la cruz sea para vosotros principio, estímulo y fuerza, gracias a una fe que actúa en la caridad. Que vuestra misión en la Iglesia y en el mundo sea siempre y sólo «en Cristo», que responda a su lógica y no a la del mundo, que esté iluminada por la fe y animada por la caridad que llegan hasta nosotros por la Cruz gloriosa del Señor. En el anillo que en unos instantes os entregaré, están representados los santos Pedro y Pablo, con una estrella en el centro que evoca a la Virgen. Llevando este anillo, estáis llamados cada día a recordar el testimonio de Cristo hasta la muerte que los dos Apóstoles han dado con su martirio aquí en Roma, fecundando con su sangre la Iglesia. Al mismo tiempo, el reclamo a la Virgen María será siempre para vosotros una invitación a seguir a aquella que fue firme en la fe y humilde sierva del Señor.

Al concluir esta breve reflexión, quisiera dirigir un cordial saludo, junto con mi gratitud, a todos los presentes, en particular a las Delegaciones oficiales de diversos países y a las representaciones de numerosas diócesis. Los nuevos cardenales están llamados en su servicio a permanecer siempre fieles a Cristo, dejándose guiar únicamente por su Evangelio. Queridos hermanos y hermanas, rezad para que en ellos se refleje de modo vivo nuestro único Pastor y Maestro, el Señor Jesús, fuente de toda sabiduría, que indica a todos el camino. Y pedid también por mí, para que pueda ofrecer siempre al Pueblo de Dios el testimonio de la doctrina segura y regir con humilde firmeza el timón de la santa Iglesia.

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La Distopía y la ausencia de Dios

Publicado por francescopetrarca en 12 febrero 2012

La distopía es la perfecta oposición y perverso reverso de la utopía. Y aunque el término no nos suene y nos parezca extraño, es una de las grandes preocupaciones del hombre moderno. Las distopías se han manifestado a lo largo del siglo XX y XXI frecuentemente a través de libros tan famosos como 1984 de Orwell o Un mundo feliz  de Huxell o de películas de Hollywood como La Isla o la muy reciente In time. Y desde luego que todas, tanto en versión película como en la literatura, ofrecen una visión aterradora del futuro.

Suelen incidir en temas similares y relacionados a veces entre sí: excesivo control de la población bajo la apariencia de proteger o buscar la felicidad de los individuos, graves consecuencias éticas de la clonación humana, manipulación de la información (y por tanto del conocimiento), explotación asfixiante de la sociedad a manos de una élite, el mal del aborto o el odio hacia la maternidad y por tanto la ausencia de juventud… etc.

Pero sorprendetemente suele haber un gran punto en el que todas las distopías están de acuerdo: la ausencia de Dios y de la Religión. En esos mundos imaginarios, en esas sociedades inventadas, Dios no cuenta para nada, está ausente de la vida y de la Historia, como si el ser humano no fuera un ser religioso y jamás se hubiese planteado preguntas fundamentales. Solo existe y solo hay hombre y materialidad. Punto.

Las distopías están mayoritariamente pensadas por sus autores para advertir a nuestra generación de los peligros que podría enfrentar la humanidad si tomara tal o cual dirección y planean ser una solución humana para el problema del mal: una especie de profecía o advertencia. Pero es una solución que se abandona a un tratamiento exclusivamente antropocéntrico de la existencia y naturaleza humana dando de lado a la principal de las variables del ejercicio: Dios. Y es que toda sociedad marcha hacia la Distopía si elige el Camino que no lleva a Dios. 

Esta búsqueda de corregir el devenir de la humanidad hacia el desastre por parte de la distopía es un signo muy bueno. Existe preocupación ante ciertos temas éticos: aborto, clonación, fecundación in vitro, libertad… y existe deseo por parte de algunas personas de buena voluntad de corregir esas actitudes que llevan hacia la cultura de la muerte; ¡y mucho más! Existe valentía para denunciarlo y exigir un cambio de dirección. Pero el punto de reflexión final al que nos deben llevar, es a comprender que la causa de la infelicidad y de la extrema maldad a la que llegan esas sociedades antiutópicas es que el hombre está sin Dios y sin Él vive en un infierno.

Además, las distopías asustan al hombre de a diario puesto que son el producto directo del estado de conciencia que ha tomado la Humanidad después de las atrocidades del s. XX. La bondad natural del hombre que predicaba Rousseau nunca más quedó tanto en entredicho y si el hombre cometió semejantes crímenes, ¿cuáles no cometerá en el futuro?. No queda más que la desesperación. Mas nosotros los cristianos debemos recordar al mundo una y otra vez que no tenga miedo, que se abandone a Dios. En Él solo está nuestra Felicidad y nuestro Bien. Con Él solo podemos construir una sociedad verdaderamente justa y buena: su Reino, que ya empezamos a realizar aquí con nuestra vida santa y que algún día se instaurará por los siglos de los siglos en los Nuevos Cielos y Tierra y donde ya no habrá llanto ni dolor y donde Él será la Luz que nos ilumine.

Dios ya ha vencido. El derrotado es el hombre que rehusa participar de esa Victoria y elige el camino de la distopía.

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Sacerdote, regalo de Dios para el mundo

Publicado por francescopetrarca en 10 febrero 2012

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El antídoto

Publicado por francescopetrarca en 30 enero 2012

Sobre saber divino, el tiempo humano, la predestinación y la Redención del hombre.

Por Louis de Wohl

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Dios es omnisciente», aprendemos. Por tanto tuvo que saber que nosotros los hombres abusaríamos del don que nos hizo de la libre voluntad. O sea, que en definitiva es culpa suya el que haya sucedido así. En definitiva, es Dios quien tiene la culpa de todo.

 
Con esta lógica falsa intentamos cargar a Dios con nuestras propias culpas. Siempre hemos sido cobardes morales. Ya el propio Adán intentó echar la culpa de su pecado a Eva. El error básico consiste en que aplicamos de modo totalmente erróneo el concepto de omnisciencia. Y esto lo hacemos porque nos imaginamos a Dios como a un hombre omnisciente.

 
Nosotros los hombres vivimos en el tiempo, es decir en un continuo discurrir de las cosas. Dios, sin embargo, vive fuera del tiempo. Para nosotros existe el pasado, el presente y el futuro. Para Dios todo es un eterno ahora. Por tanto no tiene ningún sentido hablar de que Dios sabía (pasado) lo que pasaría (futuro). Dios sabe. Para nosotros el presente es un instante mínimo, ya se ha convertido en pasado. Para Dios todo es presente. Y precisamente por eso es omnisciente. El no prevé –como el profeta–. El ve. Para Él no existe ni antes ni después. El concepto de tiempo es, como todo lo demás, parte de su Creación. Pero Él está por encima de su Creación y por ello por encima de todo lo temporal. Él crea al hombre (nosotros decimos: creó). El sabe (nosotros decimos: sabía) que el hombre peca (ha pecado). El posee el antídoto ¿Cuál es el antídoto contra la debilidad y la maldad? Todas las madres lo saben. Precisamente para la oveja negra, para el hijo malo y perverso, ellas sienten el doble y el triple de amor. Dios responde a nuestra caída con un Amor inmenso. Su antídoto es hacerse hombre Él mismo soportando en la cruz nuestras culpas, todas las culpas de todos los hombres de todas las épocas.

 
Y este hecho es el que eleva al cristianismo por encima de todas las demás religiones. El inocente ha cargado con nuestras culpas. Al hacerse hombre Cristo se ha convertido en hermano nuestro. Por eso nos enseñó a llamar «Padre» al Creador del universo. De criaturas de Dios nos convertimos en hijos de Dios. Esta es la respuesta del Amor. Este es el antídoto.

 

 

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¿Por qué me tengo que confesar con un cura?

Publicado por francescopetrarca en 29 enero 2012

Excelente artículo sobre el sacramento de la Penitencia: ¿por qué hay que frecuentarlo? ¿quién es el ministro? ¿objeciones más comunes?

Tomado del blog del Sacerdote argentino Eduardo Volpacchio.

http://algunasrespuestas.blogspot.com/2005/10/por-qu-me-tengo-que-confesar-con-un.html

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Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,9-10).
De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir “deshacernos” de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.

Como respeto nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, broncas, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.

La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote .

Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.

Algunas razones por las que tenemos que confesarnos

1. En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar ” (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando querés que Dios te borre los pecados, sabés a quien acudir, sabés quienes han recibido de Dios ese poder.

Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: “Confiesen mutuamente sus pecados” (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.

3. Porque en la confesión te encontrás con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confesás con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: “Yo te absuelvo de tus pecados” ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice “Esto es mi cuerpo”, y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confesás, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.

4. Porque en la confesión te reconciliás con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».

5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.

6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:

a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.

b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en off-side: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.

c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: “quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.

7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.

8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.

Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión

a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.

b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos “obliga” a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.

c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al “paciente”? Y te cobran para escucharte… y al “paciente” le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.

d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.

e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando “salimos” de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.

f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.

g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.

h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.

i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.

j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de bajoneo, pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…

k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.

l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.

Algunos motivos para no confesarse

1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos.
Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permitime decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (podés mirar Mt 9,1-8).

2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios.
Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos peros…
Pero… ¿cómo sabés que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchás alguna voz celestial que te lo confirma?
Pero… ¿cómo sabés que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere “deshacerse” del pecado.

Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: “Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo.”

3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?
Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.

4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?
El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.

5. Me da vergüenza…
Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confesás poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superás esa vergüenza.
Además, no creas que sos tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…
Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.

6. Siempre me confieso de lo mismo…
Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañás o lavas la ropa, no esperás que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

7. Siempre confieso los mismos pecados…
No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los “nuevos”, es decir los cometidos desde la última confesión.

8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso…
El desánimo, puede hacer que pienses: “má si…, es lo mismo si me confieso o no, total nada cambia, todo sigue igual”. No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentido
Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro dejalo en las manos de Dios…

10. Y si el cura piensa mal de mi…
El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importás… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.

11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…
No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

12. Me da fiaca…
Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…

13. No tengo tiempo…
No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animás a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplicá el número de horas diarias que ves por el número de días…)?

14. No encuentro un cura…
No es una raza en extinción, en Argentina hay varios miles. Agarrá la guía de teléfono (o llamá a 110). Buscá el teléfono de tu parroquia. Si ignorás el nombre, buscá por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te podés confesar… e incluso perdirle una hora… para no tener que esperar.

P. Eduardo María Volpacchio

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Amar o ser amado- Beato Tomás de Kempis

Publicado por francescopetrarca en 17 enero 2012

“Ni quieras tampoco ocupar el corazón de alguien, ni que otro ocupe tu corazón por amor; más bien que Jesús esté en ti y en todo hombre bueno.” (Bto. Tomás de Kempis)

 

 

La Imitación de Cristo es un libro que se vende a sí mismo con cualquiera de las sentencias que se puedan publicar de él. Ha sido y es un soporte espiritual para millones de personas, entre las que me encuentro, y recomendadísimo por grandes santos como San Juan Bosco. En él, el autor nos relata mediante breves frases diversos temas a lo largo del libro dedicados a la vida espiritual, la consolación interior o el santísimo sacramento del altar. Todos los apartados son tratados desde un profundo conocimiento de la naturaleza humana por parte del escritor que llega en muchísimos fragmentos a sacudirnos los más inamovibles cimientos de nuestra alma y a replantearnos nuestra vida cristiana una y otra vez. Es más, es un libro que nunca se acaba: hay que releerlo constantemente (y yo diría, diariamente); pues cada lectura es distinta, cada día se descubre un aspecto nuevo.

En una relectura que hice, la frase que quiero comentar me asaltó casi desde lo más profundo de mi corazón. ¿Cuántos no andamos por el mundo queriendo ser amados? ¿Cuántos no andamos por el mundo queriendo amar más? Pero el autor nos proporciona una solución a este problema: “que Jesús esté en ti y en todo hombre bueno“.

Si Jesús está dentro de nosotros, todos los problemas relacionados con el amor se solucionan de un plumazo… Él es Amor. ¿Por qué no pedimos mejor que el Amor habite en nosotros? Solo así llegaremos al punto de quedar satisfechos, pues Él habitará en nuestros corazones y Él obrará en nosotros con su gracia. Sin Él, el Amor está vacío y se convierte en un mero deseo altruista: “querer amar más“; o en un simple egoísmo: “quiero ser amado” o “quiero amar más porque me siento mal”. El Amor no se pide ni se exige. El Amor se vive. Y el Amor solo se vive si la Vida vive en ti. Si la Verdad mora en ti. Si el Camino guía tus pasos. Si Jesús está contigo. ¡Y más que contigo! ¡Con todo hombre bueno!

 ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! ¡Que Jesús habite en vosotros para que seais hombres que ejerciten el más alto de los dones según san Pablo: el Amor por medio del Salvador! No podemos desear que en el mundo haya justicia, ni bien, ni paz… si no deseamos, si no oramos, si no pedimos que sea Jesús el que habite en el corazón de todos los hombres y mujeres buenos. El Reino de Dios solo vendrá si adaptamos nuestros corazones al Corazón de Jesús y si pedimos tener a Jesús en nosotros como la Santísima Virgen tiene a su Hijo en su precioso Corazón Inmaculado.

Es más, y la semana de oración por los cristianos que se inicia mañana me sirve de excusa para recordarlo; no existirá la unión entre los cristianos si no pedimos a Jesús que habite en todos nosotros, si no dejamos a Aquel que dijo: “Padre, que sean uno como Tú y Yo lo somos” obrar con todo su poder en nuestro interior para que nos haga humildes y capaces de superar nuestras divisiones, rencillas, politiqueos… y así comenzar a caminar juntos desde el Amor y poder participar juntos en el mismo banquete Eucarístico hasta que Él venga y seamos revestidos de su Gloria.

No queramos otra cosa: solo que Jesús more en nosotros.

Amén.

 

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Mandato anti-apostólico

Publicado por francescopetrarca en 15 enero 2012

Excelente artículo del padre José Fernando Rey Ballesteros:

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=532

 

***

 Cuando Jesús de Nazareth limpió de la lepra al pobre hombre que se había postrado ante Él, “le despidió al instante, prohibiéndole severamente: ‘Mira, no digas nada a nadie’” (Mc 1, 43-44). Semejante cautela se sitúa en las antípodas del “Mandato Apostólico” que, después de su Resurrección, encomendará a toda la cristiandad: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). El cambio en las recomendaciones del Señor tiene su lógica: la discreción de los comienzos era necesaria para prolongar, lo más posible, la vida pública; y el anuncio universal de la salvación es apremiante una vez que la obra de la Redención se ha consumado.

    También tiene su lógica la desobediencia del leproso: “Él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia” (Mc 1, 45). A pesar del consejo del Maestro, lo que le había sucedido a aquel hombre era demasiado grande, demasiado revolucionario, como para mantenerlo en secreto. “Si no lo grito -pensaría el antiguo leproso- reviento”. Su anuncio no fue el resultado de un propósito misionero; fue, simplemente, el estallido de gozo de un hombre cuya vida había cambiado por completo. Su desobediencia, por tanto, era disculpable.

    Menos disculpable es la nuestra. No deja de ser paradójico que aquél a quien el Señor le prohibió hablar gritase a pleno pulmón, mientras aquéllos a quienes Jesús nos envió a proclamar la Buena Noticia callemos el Evangelio por vergüenza. Pero la triste realidad es que gran parte de los cristianos no hablan jamás de Cristo fuera los muros del templo. Otros, que sí proclaman el Nombre del Señor, lo hacen como fruto de un esfuerzo ascético que les lleve a perder los “respetos humanos”. No creo que el leproso se parase un sólo minuto a pensar en los respetos humanos, ni tampoco me parece que tuviera que hacer un esfuerzo para gritar su sanación.

    La diferencia es clara como el día: a aquel hombre le había sucedido el acontecimiento más gozoso de su existencia, mientras, a buena parte de nuestros cristianos, no les ha sucedido absolutamente nada en su relación con Cristo. Y la culpa, desde luego, no es de Cristo. Su mera cercanía es bastante para revolucionar mil vidas. Pero si el cristiano sigue al Maestro “a distancia”, si teme estrechar espacios con su Señor y se defiende de Él incluso mientras reza, porque le da miedo perder la vida en el encuentro, ese cristiano podrá pasar la vida rezando, pero jamás experimentará el poder salvador y sanador de Dios.

    No nos engañemos: en nuestros templos hay miedo a Cristo. Cualquier acontecimiento inesperado puede romper la rutina de nuestras vidas, pero a Jesús no le concedemos ese privilegio. Paradójicamente, Dios, para muchos cristianos, se encuentra en ese grupo de “cosas” que nos gusta tener bajo control. Y, de este modo, hemos neutralizado el poder salvador de la fe, así como el anuncio gozoso del Evangelio.

José-Fernando Rey Ballesteros

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