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Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

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    Publicación de la Comisión Teológica Internacional sobre la Teología Hoy.

    Publicación

1. Teología fundamental desde el punto de vista apologético

Posted by francescopetrarca en 17 junio 2009

A. Introducción. El cristianismo afirma ser una religión revelada o, lo que es igual, que tiene un origen sobrenatural. Esta afirmación puede aceptarse sin más, con la ayuda de la fe, o puede ser rechazada. El posible rechazo -no aquel que fuera irracional, sino el que pretendiese estar fundamentado en razones- podría deberse a distintas motivaciones:

a) Falta de conocimiento de lo que en verdad es el cristianismo, de lo que enseña, de lo que promueve, del fin que pretende.

b) Negación, en general, del orden sobrenatural y, en consecuencia, de cualquier realidad que sobrepase el mundo material o el poder cognoscitivo de la razón humana.

c) Negación de la divinidad de Jesucristo.

Estas razones, y otras más, se han dado en la historia como argumentos en los que justificar una actitud negativa ante el hecho cristiano; las más frecuentes han sido y son las dos últimas.

La Teología fundamental, en cuanto apologética, tiene como fin la explicación a nivel de presupuestos racionales de los fundamentos del cristianismo, lo cual supone una defensa racional de las verdades que enseña. Es un objeto importante per muy limitado, que no se pretende demostrar unas verdades sobrenaturales -lo sobrenatural excede por definición de toda demostración humana-, sino de responder racionalmente a las dificultades racionales que contra aquellas verdades algunos manifiestan. Se sitúa, pues, la apologética en el terreno de la razón y argumenta sólo en base a ella -como hacen los contradictores de la fe cristiana-, y se esfuerza en probar tanto que las verdades reveladas no son contradictorias o irracionales, sino suprarracionales: están por encima de la capacidad de la razón, pero no en contra de la razón (apología de los contenidos), como los fundamentos racionales -antropológicos, en general- de la fe (demostración racional del hecho de la Revelación).

Los temas que afronta la apologética se enmarcan en dos grandes apartados:

a) Es posible una revelación sobrenatural y de hecho se ha dado en el cristianismo, cuyo Fundador, Jesucristo, es Dios y Hombre (se denomina este apartado demostración cristiana).

b) La Iglesia fundada por Jesús es el camino sobrenatural querido por Dios para la salvación de los hombres (demostración católica).

En los apartados a continuación se tratará lo primero, y más adelante, al estudiar el tratado de la Iglesia, se hará mención a lo segundo.

B. Posibilidad de una revelación sobrenatural. El tema planteado es probar que es posible una revelación natural, es decir, que desde el punto de vista racional no hay inconveniente para admitir que el hombre puede alcanzar algún conocimiento suprarracional acerca de Dios, o, en general, acerca de realidades pertenecientes a un mundo superior, si Dios mismo se las comunica. Radica, por tanto, la cuestión en probar que no repugna a la razón que el hombre esté capacitado para adquirir -no por caminos simplemente racionales, sino por vía de testimonio divino y por fe- cierto conocimiento de verdades, que superan los límites de la razón.

Esta cuestión es muy interesante desde el punto de vista apologético y desde un punto de vista especulativo más amplio. En realidad, lo mismo sucede con otras cuestiones apologéticas, que se han planteado en esos términos justamente porque, al ser cuestiones fundamentales y de gran contenido intelectual, ha habido sistemas de pensamiento interesados por ellas que han aportado explicaciones aceptables para ellos pero inaceptables para un cristiano, lo cual ha obligado a que la Iglesia y a los pensadores cristianos salieran al paso de los posibles errores cometidos en aquellas exposiciones.

En el presente caso el error está en una concepción inmanentista de la religión, típica de la corriente modernista de finales del s. XIX y comienzos del s. XX -en parte aún vigente-, derivada a su vez de la situación especulativa, surgida principalmente a partir de Hume y Kant, es decir, del fenomenismo y del agnosticismo kantiano. En el fondo de estas concepciones hay un error acerca de la naturaleza y el alcance del conocimiento racional, que niega la posibilidad de trascender los límites de la experiencia sensible o, dicho de otro modo, la validez de los conocimientos adquiridos por una vía superior a dicha experiencia. Esto conduce en las cuestiones filosóficas al idealismo subjetivista, y en las teológicas a un psicologismo que confunde las intervenciones sobrenaturales de Dios (la Revelación , el don de la fe, etcétera) con el instinto racional o con el sentimiento religioso: ahí se sitúa, en esta materia en términos generales, el modernismo.

Se trata, por tanto, de probar racionalmente que la Revelación es posible, que además es conveniente y que, en definitiva, ha tenido lugar. Y todo eso mostrando que en nada repugna ni a Dios ni a la naturaleza y exigencias de la razón del hombre.

a) La Revelación es posible por parte de Dios. Es posible lo que no es imposible, es decir, aquello que no incluye contradicción: lo imposible es lo contradictorio. En Dios hay una vida íntima y misteriosa que ningún entendimiento creado puede conocer por sus propias fuerzas. ¿Repugna de alguna manera que Él quiera comunicar un cierto conocimiento de esa vida a un entendimiento creado? No repugna a su libertad: se revela libremente y no por necesidad; no repugna a su bondad: lo propio del bien es difundirse. Que Dios revele verdades sobrenaturales no es imposible, ni se puede probar que lo sea, por parte de Dios; luego es posible.

b) La revelación sobrenatural es posible también por parte de las verdades reveladas. ¿Hay contradicción en que existan realidades que excedan por completo los límites de la razón humana o el entendimiento angélico? ¿No es Dios en cuanto Dios, y por tanto todo lo perteneciente a la vida divina, una realidad de ese tipo? La respuesta a esas preguntas conduce al pensamiento a concluir que nada repugna a que existan verdades sobrenaturales, que serían el contenido eventual de la Revelación. Sólo queda una dificultad: ¿pueden expresar esas verdades en un lenguaje humano, es decir, por medio de nociones y de términos comprensibles para el hombre? Aquí conviene matizar antes de responder para fijar bien el concepto cristiano de Revelación. No afirma el cristianismo que las verdades sobrenaturales (los misterios revelados) sean comprensibles en sí mismas por la razón, pero sí afirma que Dios puede comunicarlas en un lenguaje humano que las haga accesibles al hombre y, a la vez, elevar el entendimiento con la gracia de la fe, para que las acepte dócilmente sin comprenderlas, tal como Él las comunica. Los modos de expresión de la Revelación (hechos y palabras) son cognoscibles para el hombre, porque Dios los realiza al modo humano; los contenidos de la Revelación (misterios) son aceptados sólo por la fe, y de ningún modo se comprenden en toda su divina realidad en esta vida. Las nociones y palabras que revelan esos misterios son expresión aceptable de ellos, pero no su expresiñon exhaustiva, tal como significan para la razón.

c) La revelación sobrenatural es posible por parte del hombre a quien se dirige. En nada repugna la existencia de la Revelación a las características peculiares del conocimiento racional propio del hombre, ni a la dignidad de la persona humana. El objeto propio del conocimiento humano es el ser de las realidades materiales, es decir, las cosas materiales entre las que vive y con las que se relaciona; conocer algo es conocer lo que esencialmente es, y a esto llega el entendimiento en dos momentos: primero, un conocimiento sensitivo (datos que aportan los sentidos), y, más tarde, un conocimiento intelectual que finaliza en la producción de un concepto. Ahora bien, que el objeto propio del conocimiento humano sea el ser de las cosas materiales no quiere decir que sea lo único que puede conocerse, porque el entendimiento humano es una facultad espiritual de naturaleza intelectual y, como tal, abierto al ser en toda su extensión. Su objeto adecuado es simplemente el ser, desde el ser de una piedra hasta el Ser de Dios. Las cosas materiales las podrá conocer de manera más inmediata, las cosas espirtuales de manera mediata: con esfuerzo, reflexionando, ascendiendo poco a poco, etc. Así, p. ej., puede el hombre conocer su propia alma, que es espiritual, reflexionando sobre sus propios actos y llegando a que debe haber un principio espiritual de sus operaciones espirituales, como son el conocimiento y el amor.

¿Qué inconveniente racional insalvable existe para que Dios eleve por la gracia el entendimiento del hombre, para que llegue a conocer unas verdades sobrenaturales que superan sin medida sus fuerzas? Esa elevación, esencial para entender lo que es la Revelación -no hay Revelación sin gracia de la fe para aceptarla-, no destruye el entendimiento del hombre, ni lo cambia; lo eleva, lo capacita para conocer las cosas divinas. En nada repugna a la naturaleza intelectual del hombre; luego es posible. Lo mismo habría que decir desde el punto de vista de la dignidad de la persona humana; no sólo no es rebajada por la Revelación, sino exaltada por la generosidad de Dios, que convierte al hombre en amigo suyo, conocedor de su vida y de sus misterios, sin rebajar su libertad, puesto que ofrece el don de conocerlo y tratarlo sobrenaturalmente sin imponerlo coactivamente.

C. Conveniencia de una revelación sobrenatural. La conveniencia de algo que tiene razón de medio se advierte al contemplarla desde el fin que se pretende alcanzar. Desde el punto de vista cristiano, la revelación sobrenatural es un medio querido por Dios para que los hombres se salven; por medio de ella conocen su fin último, su destino eterno, las disposiciones de Dios respecto a sus criaturas, y gozan ya en esta vida -gracias a la Revelación y al don de la fe- de una cierta connaturalidad con las realidades eternas que poseerán plenamente en el cielo.

El hombre no puede alcanzar por sí mismo nada que pertenezca al mundo sobrenatural; no podría conocer que está destinado a un fin sobrenatural, si Dios no lo revelase; no podría disponer de medios sobrenaturales adecuados a ese fin, si Dios no se los entregase… De todo esto se desprende la conveniencia de una revelación sobrenatural.

También va incluida en la noción cristiana de revelación la manifestación de verdades religiosas naturales, es decir, cognoscibles por la razón sin ayuda de la gracia, como son p. ej., la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma, los preceptos de la ley moral natural, etc. Si son accesibles a la razón, ¿por qué las ha revelado Dios?, ¿es conveniente que lo haya hecho? El prensamiento cristiano (cfr. Summa Theologiae, I, q1, a1) y la Iglesia ( cfr. Concilio Vaticano I, const. dogm. Dei Filius, D. 1786) argumentan en esta cuestión de la siguiente manera; en sentido estricto no es necesario que Dios revele verdades religiosas de orden natural, ya que la razón puede conocerlas por su propia capacidad; pero que pueda llegar a ellas el hombre no quiere decir que las alcancen todos los hombres, en los que se dan niveles tan diferenciados de cultura, de desarrollo, etc.; además, el pecado ha herido la naturaleza del hombre disminuyendo la capacidad de su razón; por todo ello, y para que todos los hombres puedan conocer esas verdades en esta vida fácilmente, con certeza y sin error, ha sido conveniente que Dios las revelase.

D. Cognoscibilidad y credibilidad del hecho de la Revelación. Vista la posibilidad dela Revelación y admitida su conveniencia, se presenta ante la razón otra cuestión de parecida índole: ¿cómo se puede saber que esa Revelación posible ha tenido lugar de hecho?, ¿a través de qué medios puede el hombre llegar a la conclusión de que Dios realmente se ha revelado y, por tanto, que es preciso aceptar lo que le ha enseñado?

La Revelación es una realidad de carácter histórico, es decir, un hecho real que ha constituido en múltiples intervenciones de Dios en la historia de los hombres, por medio de acciones y palabras (cfr. Concilio Vaticano II, const. dogm. Dei Verbum), y que ha llegado a su plenitud en Jesucristo. ¿Qué certeza se puede tener de que Dios ha hablado a los hombres? ¿En qué se fundamente la credibilidad del hecho de la Revelación?

La certeza racional que se puede tener del hecho de la Revelación es certeza moral, que es el máximo grado que puede alcanzar quien no sea testigo directo y no tenga certeza física. La certeza moral excluye toda duda razonable en el sujeto, y le capacita para emitir un juicio de credibilidad (<<esto es creíble por mí>>). No es comparable la certeza moral con la certeza de fe, puesto que en esta última se participa de la misma verdad divina, pero la certeza moral no carece de valor, antes al contrario, humanamente hablando es la más adecuada a nuestra naturaleza racional.

a) Motivos de credibilidad. La Revelación histórica viene atestiguada por hechos históricos -reales, constatables- que se pueden conocer y en los que el hombre se puede apoyar para tener certeza moral. Estos hechos históricos reciben el nombre de criterios o motivos de credibilidad, y de ellos se han dado diferentes divisiones; una de ellas es la siguiente (cfr. A. Lang, Teología fundamental, Rialp, Madrid 1970, p. 110-113):

1)Objetivos, es decir, independientes del sujeto que los considera y válidos para cualquiera.

2) Subjetivos, sólo válidos para cada cual, porque se insertan en su vida privada, en su historia personal, etc.

Los criterios objetivos se dividen a su vez en:

a”) Intrínsecos, aquellos que pueden constatarse en la misma doctrina revelada porque pertenecen a su esencia (p. ej: la elevación moral cristiana), o son consecuencia directa de sus contenidos (p. ej.: las relaizaciones sociales de la caridad cristiana).

b”) Extrínsecos, aquellos que acompañan a la doctrina revelada y testimonian su origen sobrenatural; los principales son los milagros, en los que se legitima la misión divina de un enviado de Dios y se confirman sus enseñanzas

b) El milagro como motivo de credibilidad. El término <<milagro>> procede de la palabra latina miraculum, que etimológicamente, significa <<algo que causa admiración>>. Lo propio de los milagros es precisamente ser hechos extraordinarios y, como tales, sorprendentes, admirables, inexplicables para la razón. Se pueden definir como <<hechos producidos por Dios en el mundo, por encima del orden de actuación de cualquier naturaleza creada>>, definición en la que se consideran los elementos esenciales, que son:

1) Hechos, es decir, realidades sensibles (a las que se puede llegar por los sentidos). Sólo algo algo sensible puede servir de signo o señal para que atestigüe, p. ej., el origen sobrenatural de una doctrina o la autoridad de un enviado de Dios.

2) Producidos por Dios, como causa principal, lo cual no excluye que los obre por medio de una causa instrumental (un taumaturgo), pero excluye por completo que se trate de una acción engañosa del demonio.

3) En el mundo, es decir, dentro del ámbito de la experiencia sensible, pues no basta con que la acción milagrosa se efectúe sobre cosas materiales, sino que se requiere un efecto sensible (así, p. ej., la transubstanciación, siendo un milagro, no puede ser motivo de credibilidad, porque el efecto milagroso no es experimentable).

4) Por encima del orden de actuación. El milagro está por encima, pero no en contra de las leyes del mundo creado, supera las leyes del orden físico (p. ej., una curación milagrosa), o del orden intelectual (p. ej., una conversión instantánea como la de San Pablo); pero en ningún caso es contra naturam, es violación de las leyes naturales, sino que las supera y sucede fuera del cauce ordinario.

5) De cualquier naturaleza creada. Los milagros superan de hecho las naturalezas creadas y sus fuerzas, tanto en el orden material como en lo espiritual.

Entre las distintas divisiones de los milagros que los autores establecen, siguiendo puntos de vista diversos, es común mencionar la que hace Santo Tomás en la Suma Teológica (I, q105, a8):

a) Milagros por su esencia (hechos que no pueden darse en la naturaleza, como la transfiguración del Señor).

b) Milagros por su sujeto (hechos qu pueden darse en la naturaleza, pero no en el sujeto en que se realiza: la resurreción de un muerto; aunque la naturaleza pueda dar vida, nunca puede darla a un cuerpo muerto).

c) Milagros por el modo de realizarse (hechos que pueden darse en la naturaleza, pero que su modo de realizarse es superior a las causas naturales: la pesca milagrosa, una curación repentina, etc.)

La cuestión de la posibilidad del milagro es tema obligado dentro de la consideración apologética de estos hechos extraordinarios. Como es lógico, la niegan todos los que rechazan también los presupuestos fundamentales, como son la existencia de Dios, su omnipotencia, su providencia, su libertad, etc., o bien quienes postulen el alejamiento o la indiferencia de Dios con respecto al mundo creado, o sostengan que atentan contra la sabiduría divina, porque los conciben como la correción de un fallo de la creación, etc. Los argumentos racionales para justificar la posibilidad se repiten, con unos u otros matices, en los distintos autores, y suelen ser del siguiente tenor: después de advertir que un milagro depende no sólo de la omnipotencia divina, sino también de su providencia ordenada y extraordinaria, y en último extremo de su libertad, desarrollan los siguientes pasos (cfr. R. Garrigou-Lagrange, De Revelatione, Roma 1926, p. 330ss.):

a) Una causa libre superior, de la cual depende la aplicación de las leyes hipotéticamente necesarias, como no es coartada por ellas, puede obrar fuera de ellas.

b) Dios es la causa libre omnipotente de la que depende la aplicación de todas las leyes hipotéticamente necesarias, que constituyen el orden de actuación de toda naturaleza creada, y la libertad divina no es coartada por ese orden natural.

c) Por tanto, Dios puede obrar fuera del orden de actuación de toda naturaleza creada, es decir, puede hacer milagros.

El fin de un milagro, en cuanto motivo de credibilidad -único punto de vista que aquí interesa-, no es otro que apoyar la verdad de la doctrina revelada o confirmar la autoridad de un enviado de Dios; así puede comprobarse en los milagros de Jesucristo narrados en el Evangelio. Por últim, en cuanto a la cognoscivilidad del milagro (es decir, cómo saber que un hecho extraordinario es un milagro), baste señalar que se deben analizar cuatro cuestiones:

a) Su verdad histórica, en base a testimonios directos y dignos de confianza.

b) Su verdad filosófica, o imposibilidad de explicarlo con causas naturales.

c) Su verdad teológica, o seguridad de que el autor es Dios y no es un engaño del demonio.

d) Su verdad testimonial, o prueba de que se ha realizado para confirmar la doctrina revelada.

E. Credibilidad y disposiciones morales del sujeto. Admitir la credibilidad de la Revelación y emitir el correspondiente juicio (<<esto es creíble>> o <<esto debe ser creído>>) no es aún la fe, que sólo puede tenerse por la graciam sino un preámbulo racional de ella. Sin embargo, como sucede ante la fe o en cualquier momento de conversión del hombre ante Dios, admitir la credibilidad de la doctrina revelada (aceptar, p. ej., el carácter sobrenatural de un hecho milagroso) compromete al sujeto en todas las dimensiones de su ser: en su intelecto, en su voluntad, en su afectividad, etc. Es la persona humana la que acepta aquello o lo rechaza.

Por eso, conviene subrayar la importancia de las disposiciones morales del sujeto ante el hecho de la revelación, y no limitarse a poner el acento en los aspectos racionales del problema: la lógica de la demostración, la fuerza de la argumentación, la irrefutabilidad de las pruebas, etc. Todo eso, siendo muy importante, puede resultar accesorio para una persona que no ame la verdad y no quiera encontrar a Dios. Quede señalado aquí que el valor demostrativo de una prueba racional pasa siempre, a la hora de aceptarla o rechazarla, por el tamiz de la libertad de la persona, en lo que se refiere a cuestiones como las que tratamos, en las que toda la persona y sus convicciones quedan compromentidas ante Dios.

F. Demostración cristiana: el cristianismo tiene un origen sobrenatural.

El importante contenido del presente apartado gira en torno a los testimonios sobre Jesucristo, analizados en su dimensión puramente histórica. Con ellos se pretende demostrar que el Fundador del cristianismo no sólo es un Hombre excelso, poseedor de una doctrina sublime o de un espíritu religioso superior a cualquier otro, sino que fue, en verdad, un enviado de Dios que obró con autoridad divina y con un poder que sólo al Omnipotente pertenece. Un Hombre con tales características -que después de muerto resucita por su propio poder- sólo puede ser Dios (cfr. para todo lo que sigue, A. Lang, o.c., op. 181 ss.).

1. Autoridad histórica de los testimonios sobre Jesucristo. a) Autoridad de los cuatro Evangelios. Los relatos evangélicos narran los momentos principales de la vida de Jesucristo y contienen esencialmente la doctrina que enseñó; son, en ambos aspectos, los documentos históricos más completos que poseemos. La validez del testimonio que nos ofrecen sobre Jesús requiere que previamente se pruebe conforme a las leyes de la crítica histórica y literaria su autenticidad e historicidad. Son innumerables los trabajos científicos realizados con este fin a lo largo de la historia, y de manera más intensa y sistemática en el último siglo. Siguiendo las directrices del Magisterio de la Iglesia y los resultados aportados por los autores católicos más cualificados, apoyándonos en la síntesis que hace Lang, se puede concluir lo siguiente:

– La transmisión textual de los Evangelios ha sido la más fiel posible; la crítica textual demuestra que el texto que ha llegado hasta nuestros días merece toda la confianza.

– Respecto al origen de los Evangelios, la investigación crítica demuestra la veracidad de los testimonios tradicionales; los tres primeros Evangelios (llamados sinópticos) están escritos entre los años 50 y 70, antes de la destrucción de Jerusalén; la tradición más antigua nombra como autores a los apóstoles Mateo (primer Evangelio) y San Juan (cuarto Evangelio), y a los discípulos de los apóstoles, San Marcos (segundo Evangelio) y San Lucas (tercer Evangelio); se admite comúnmente que todos ellos usaron fuentes anteriores, principalmente orales y quizás alguna recopilación escrita.

– Los tres primeros Evangelios guardan profunda relación entre sí, que se manifiesta en múltiples coincidencias, incluso textuales; junto a ellas existen también divergencias, y peculariedades propias de cada Evangelio; no se ha conseguido construir una explicación definitiva de este hecho, que se conoce habitualmente con el nombre de <<cuestión sinóptica>>.

– Los Evangelios fueron escritos indudablemente por hombres creyentes con el deseo de transmitir fielmente a los cristianos la vida y la doctrina de Jesús; esto no obsta para que posean un valor histórico, o mejor dicho, para que sean verdadera historia, narrada según las características propias del tiempo en que se escribe y también según las necesidades de los fieles cristianos, a quienes primariamente se dirige; la propia vida de la Iglesia naciente, a la que se incorporaban sin cesar grandes grupos de fieles, exigió que la primera catequesis oral se pusiese cuanto antes por escrito para fijar establemente los contenidos.

– La fuerte expansión y el desarrollo de la primitiva Iglesia, en la que la fe no es resultado de un largo proceso de decantación, sino el punto de partida, exige una firme base histórica que son los hechos narrados en los Evangelios por testigos oculares o por sus inmediatos discípulos.

– Datos que garantizan la verdad histórica de los relatos son, p. ej. su elevación moral, su sencillez y su objetividad de exposición; también su conocimiento exacto de la situación social y política de Palestina en aquel momento (poco después, con la destrucción de Jerusalén, cambiraría).

b) Testimonio histórico de San Pablo. El testimonio de San Pablo sobre Jesucristo reviste particular importancia, habida cuenta de las circunstancias que concurren en él: la personalidad del testigo, el carácter milagroso de su conversión y la cercanía temporal con la muerte de Jesús. Estos factores, unidos al contenido de su mensaje, le convierten en fuente histórica de singular valor. En resumen, se puede decir lo siguiente:

– La personalidad de San Pablo y su disposición de ánimo ante la doctrina cristiana, expresada con cierto detalle en algunos pasajes de sus espístolas (Gal 1, 14: Philp 3, 5 s.; etc.) o en los Hechos de los Apóstoles (9, 1-19; 22, 5-16; 26, 12-20), ponen de manifiesto su profundo rechazo e incluso violenta oposición al cristianismo naciente: es la postura de un fariseo ferviente, celoso de las tradiciones judías, para quien el culto cristiano a Jesús resucitado era aberrante y blasfemo. Pablo se había caracterizado en Jerusalén como uno de los principales perseguidores de los cristianos, a los que con poderes recibidos de los sacerdotes encerraba en las cárceles; en el momento de su conversión, se dirigía a Damasco con objeto de combatir aquella “herejía” que comenzaba a extenderse.

– Con estos antecedentes tiene lugar su conversión en el camino de Damasco, para la que no cabe explicación natural. Jesús se le aparece rodeado de una luz deslumbrante y cegadora; le advierte que, al perseguir a los cristianos, está persiguiéndole a Él mismo y de la inutilidad de sus esfuerzos, que se vuelven en daño contra sí mismo. En ese instante cambia radicalmente la actitud de Pablo: <<Señor, ¿qué quieres que haga?>> La conversión ha sido inesperada, instantánea y origina un cambio radical en la vida y en las convicciones del perseguidor de la Iglesia. Desde ese instante y hasta la muerte será Pablo el apóstol que más intensamente trabaje en la predicación del Evangelio.

– Es importante señalar que la conversión de San Pablo sucede pocos años después de la muerte y resurreción de Jesucristo (aproximadamente seis años después), y que sus enseñanzas sobre el Señor y sobre la fe cristiana son sustancialmente las misas desde ese primer momento y a lo largo de toda su vida. Eso indica que ya entonces existía un culto y una doctrina cristiana, una enseñanza tradicional que él recibió, y que más tarde transmitió no sin antes compulsarla en Jerusalén con la que enseñaban los Apóstoles (Gal 2, 2).

– El núcleo esencial del testimonio paulino sobre Jesucristo es la fe en su condición de Mesías (Cristo) y Salvador, que ha muerto por nuestros pecados, que ha sido exaltado por la resurrección gloriosa, ha subido a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre. En Jesucristo se han cumplido todas las profecías (1 Cor 15, 3), y la fe en Él es el requisito para salvarse (Rom 10, 9). La gran señal de su misión divina es la resurrección, de la que han sido testigos numerosas personas (1 Cor 15, 5 ss.), entre ellas el mismo S. Pablo (1 Cor 9, 1; Gal 1, 12-17).

– Los datos históricos que aporta San Pablo sobre Jesús no son muchos, pero se puede decir que su figura histórica subyace en todas las enseñanzas del Apóstol, que conoce perfectamente los hechos de su vida con detalle, como muestra p.ej., al narrar la institución de la Eucaristía (1 Cor 11, 23-26). La fe de San Pablo es fe en una persona real, que ha vivido pocos años antes de él y que ha muerto crucificado en tiempos de Poncio Pilato, es decir, muy poco tiempo antes, en circunstancias bien conocidas para los que entonces vivían en Jerusalén. En sus epístolas, sin embargo, no se propone hacer una narración sistemática de esos sucesos históricos, sino que acude a ellos en la medida que los necesita para apoyar una enseñanza concreta; constantemente se remite a una tradición oral que ya conocen los destinarios de sus escritos, y que él mismo ha recibido.

c) Valor histórico de la fe de la primitiva comunidad cristiana. Como ya se ha dicho, el testimonio paulino es importante desde dos puntos de vista: en su propio contenido en primer lugar, y además en cuanto testifica indirectamente la existencia de una tradición cristiana de la que él mismo se beneficia. Antes de las enseñanzas de San Pablo, en las que expone su fe en Jesucristo, está cronológicamente hablando, la fe de la primitiva comunidad cristiana, que se remonta al primerísimo grupo de discípulos reunidos en Jersusalén alrededor de María y de los doce apóstoles (Act 1, 13-14). La vida de la Iglesia naciente, así como el contenido de la fe que profesaba en Jesucristo, esenciales en la materia que estudiamos, puesto que se trata de personas en las que la fe estuvo unida a la evidencia de ser testigos directos, se encuentran recogidos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Lucas, según testimonio unánime de la tradición. De manera semejante a lo hecho en los casos anteriores, se puede resumir el testimonio de la fe de la primitiva Iglesia de la siguiente manera:

– Es opinión común de la crítica la valoración de los Hechos de los Apóstoles como verdadera historia de los primeros tiempos de la comunidad cristiana, escrita por San Lucas utilizando ciertas fuentes personales -principalmente orales, aunque no se excluye que pudiera haber usado algún relato escrito.- cuya existencia se puede constatar principalmente por razones y argumentos internos al libro: su lenguaje a veces arameizante, sus expresiones acomodadas a la mentalidad judía (San Lucas es hombre de cultura y mentalidad griegas), etc.

– Es punto central de la predicación apostólica u, por tanto, de la fe primitiva de la comunidad, el anuncio de que Jesús es el Mesías (Jesucristo) anunciado en las profecías del Antiguo Testamento. Del mismo modo, proclaman aquellos primeros cristianos de Jerusalén que Jesús es el Señor (Kyrios), título que expresa su dignidad y su señorío sobre todas las cosas. Unido a la confesión de estos títulos va también el culto que dirigen los cristianos hacia Jesús, Hijo de Dios exaltado a la derecha del Padre.

– Según se ha señalado, en el testimonio de la primitiva comunidad se unen inseparablemente la fe en Jesucristo y la evidencia histórica de los sucesos que ellos mismos han protagonizado junto a su Maestro: son testimonios de la fe y testigos de la historia. Aunque la firmeza de su fe sea principalmente fruto de la gracia de Pentecostés, no se puede olvidar que creyeron en Jesucristo siempre al mismo tiempo que eran testigos directos de sus hechos y enseñanzas. No todo es historia en su testimonio, ni es todo fe, sino ambas cosas fundidas y compenetradas en una vida de seguimiento a Jesucristo, por quien habían dejado todas las cosas, esperando en Él la salvación. Creían en Jesucristo antes de su muerte; después de ésta se llenaron de temor pero no perdieron la fe, que se vio confirmada por la resurreción gloriosa de Jesús. Son, por ello, testigos oculares de unso hechos y creyentes que proclaman su fe; testimonian lo que han visto, lo que han oído y lo que han creído. Nada sobra en este testimonio, ni tampoco falta nada para tenerlo como fuente histórica fundamental en la que apoyar el origen sobrenatural del cristianismo.

2. Testimonio de Jesucristo sobre su misión divina. Jesucristo afirma repetidamente que ha sido enviado por Dios (Jn 3, 34; 5, 38; 9, 29; etc.), que ha salido de Dios y viene de su parte (Jn 8, 42), que ha bajado del cielo para cumplir la voluntad de quien lo ha enviado (Jn 6, 38), etc. Su vida entera se dirige hacia el cumplimiento de un mandato divino -mandato de salvación- que se expresa de diferentes maneras: <<para dar la vida en redención de muchos>> (Mc 10, 45), para <<buscar y salvar lo que estaba perdido>> (Lc 19, 10), para llamar no <<a los justos sino a los pecadores>> (Mc 2, 17). LLama su alimento al deseo que tiene de cumplir la voluntad del que le ha enviado y llevar a término la obra encomendada (Jn 4, 34), y sus últimas palabras en la cruz, en el instante mismo de su muerte, son: <<consummatum est>>, todo se ha cumplido, todo ha sido hecho (Jn 19, 30).

Estas alusiones, brevemente señaladas aquí, sobre su misión divina, deben ser completadas con aquellas otras en las que Jesucristo afirma expresamente o de manera implícita que es el Mesías, es decir, su misión divina es la de ser el Mesías prometido. Los pasajes evangélicos al respecto son muy numerosos, por lo que conviene hacer una exposición sintética:

– Los primeros discípulos le siguieron porque le consideraban el Mesías (Jn 1, 47 ss.(; lo mismo pensaba el pueblo que acudía a escucharle y a beneficiarse de sus milagros (Mc 8, 28; Lc 7, 16); los demonios que expulsa de algunos posesos le proclaman también como <<el santo de Dios>>, es decir, el Mesías (Mc 1, 24). Su entrada en Jerusalén, con el pueblo aclamándole como al <<que viene en nombre de Dios>>, <<hijo de David>>, etc. (Mt 21, 9), es clara manifestación de la mencionada convicción del pueblo sobre su mesianidad. Es también un testimonio significativo la condena de Jesucristo por el Sumo Sacerdote, porque afirmaba que era <<el Mesías, Hijo de Dios>> (Mc 14, 62 ss.).

– Jesús manifestó su condición mesiánica en repetidas ocasiones y de muchas maneras: a veces claramente y sin atenuar las palabras, como en el texto antes señalado de Mc 14, 62 ss., o en el pasaje de la confesión de San Pedro en Cesarea de Filipo (Mt 16, 16-18); en otras ocasiones, algo más veladamente, pero de manera comprensible para sus interlocutores, como hace ante los enviados de Juan el Bautista, mostrándoles que en Él se están cumpliendo las profecías mesiánicas (Lc 7, 18-23).

– En este orden de cosas -alusiones veladas y a la vez claras para quien pueda entender- está el título que habitualmente se da a sí mismo: <<Hijo del hombre>>, tan frecuente en sus labios. Dicha expresión procede del libro del profeta Daniel, y es en ese contexto un apelativo del Mesías; para quien conociera aquellas profecías, las palabras de Cristo eran una confesión clara de su mesianidad, pero para los que las ignorasen no pasaban de una expresión misteriosa.

– Esta actitud, a veces, velada de su misión se explica fácilmente, si se tiene en cuenta la concepción errada que muchos tenían en Israel, en tiempos de Cristo, acerca de la persona y de la misión del futuro Mesías. Esperaban muchos un Mesías guerrero, combativo, libertador de Israel por la fuerza de las armas, que conduciría al pueblo elegido al culmen del poder terreno, sacudiéndole el yugo de los romanos; los tiempos mesiánicos que ansiaban eran tiempos de prosperidad material y abundancia de bienes… Jesús, en cambio, como verdadero Mesías, traía otra misión: de salvación espiritual, de paz, de perdón de los pecados, de amor a Dios y al prójimo… Él era el humilde Hijo del hombre, el siervo de Dios anunciado por Isaías, que venía a liberar al pueblo judío y a todos los hombres a través de su propia muerte, en expiación por los pecados de todos. Desde estos presupuestos se pueden entender su interés por ocultar en ocasiones su condición, y sólo manifestarla ante quienes puedan aceptarla -con ayuda de la gracia, como los discípulos- o en el momento final, cuando llega la hora esperada de su Pasión.

– Punto culminante del testimonio que Jesucristo da sobre sí mismo es el título de <<Hijo de Dios>>, verdadera manifestación no ya de su misión divina sino de su naturaleza divina, porque esa expresión -que revela una singularísima relación entre Jesús y Dios Padre- no permite, en los textos evangélicos y referida a Cristo, otra interpretación que la que literalmente significa. Más adelante, al estudiar el misterio de la Santísima Trinidad, se volverá a ella.

3. La resurrección de Jesucristo. El testimonio que Jesucristo da de sí mismo y de su misión divina -del que se ha tratado en el apartado anterior- es digno de fe teniendo en cuenta la santidad, la sabiduría y la personalidad de su Autor. Pero además puede ser confirmado por otros argumentos, que la concisión de estas páginas impiden desarrollar; serían, p. ej., los milagros realizados por Jesucristo o, en su nombre, por otras personas; también las profecías mesiánicas que en Él se cumplen. Sin embargo, la confirmación más importante es la que procede del hecho de la Resurrección, en el que conviene detenerse.

Se puede resumir el contenido de esta cuestión en tres puntos: importancia de la Resurrección, diversas narraciones del hecho, fundamento de la fe en la Resurrección.

a) Importancia de la Resurrección como motivo de credibilidad. La idea que mejor expresa la importancia que la Resurrección de Jesucristo tiene para los cristianos la escribió San Pablo en una de sus epístolas: <<Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe>> (1 Cor 15, 14). Es evidente que un milagro como éste posee un incalculable valor apologético y es prueba definitiva para demostrar la misión divina de Jesús y su poder, que vence a su propia muerte.

Jesús había anunciado varias veces, durante su vida pública, que había de padecer en Jerusalén y morir en la cruz, pero que resucitaría al tercer día (cfr. Mt 16, 21; Mc 8, 31; Lc 24, 45-46; etc.), e incñuso había aludido a su Resurrección futura como señal del poder que poseía (cfr. Mt 12, 39 ss).

Aparte de los argumentos señalados, tomados del Nuevo Testamento, la apologética católica suele acudir a otros que también subrayan la importancia decisiva de la Resurrección. Entre ellos, como señala Lang, están las diversas teorías basadas en prejuicios contrarios al origen sobrenatural del cristianismo, que centran sus esfuerzos en socavar el fundamento histórico de la Resurrección. El duro combate que esos autores entablan contra la realidad histórica del hecho manifiesta paralelamente la gran importancia que le conceden.

b) Las diversas narraciones sobre el hecho de la Resurrección. Los pasajes del Nuevo Testamento que narran el hecho de la Resurrección y las apariciones del resucitado a sus discípulos son: Mt 28, Mc, 16, Lc 24, Jn 20-21, Act 1, 3-9 (con otras muchas alusiones en diversos discursos de los apóstoles) y 1 Cor 5-7. El estudio exegético de estos pasajes ha dado lugar a una abundantísima bibliografía por las peculiaridades que presentan, entre las que aparecen determinadas discordancias que admiten distintas explicaciones, como puede comprobarse a continuación.

Ninguna de las divergencias, ni su conjunto, es, sin embargo, suficiente como para dudar del hecho de la Resurrección, cuya historicidad está fuera de toda duda. Se refieren más a circunstancias concomitantes narradas por los diversos escritores sagrados, que son difícilmente armonizables en un único relato, p.ej., el número de mujeres que fueron al sepulcro, el número de ángeles que anunciaron la Resurrección a las mujeres, el orden de las apariciones, la actitud de los distintos testigos, etc.

Es de notar, sin embargo, que lo sustancial del relato permanece en todos los pasajes, aunque cada uno de los autores sigue en su narración -entre las muchas posibilidades- un determinado orden de hechos. Esto, a fin de cuentas, en nada contradice la historicidad del tema de fondo, sino que más bien es consecuencia natural de la intención que animaba a cada escritor al redactar su relato y de las tradiciones orales que mejor conocía. Lo único que realmente se preocupan de destacar únicamente es que Cristo ha resucitado, que hay pruebas indudables de ello y que el número de testigos de sus apariciones es abundante (entre otros, ellos mismos en el caso de San Mateo, San Juan y San Pablo; y quizá también San Marcos). También es importante destacar que ninguno de ellos pretence hacer la historia del hecho de la Resurrección, sino dar testimonio de ella apoyándolo, sin ánimo científico, en pruebas testificales: al tiempo de escribir -como indica San Pablo- todavía vivían muchos testigos directos. Los destinatarios inmediatos de los Evangelios, que conocían bien por tradición oral los hechos relatados, no necesitaban una descripción sumamente detallada y unitaria, sino que bastaba un recuerdo resumido formado por fragmentos parciales.

c) Fundamento de la fe en la Resurrección. Es importante señalar, como hace Lang, que <<la resurrección de Jesús a una vida gloriosa es un hecho meta-histórico, que solo puede alcanzarse por la fe>>, es decir, para creer en la Resurrección -como en cualquier misterio divino que trasciende la razón- no son suficientes los argumentos racionales o históricos, sino que es necesaria la gracia de la fe. Pero, a la vez, hay que destacar, con el citado autor, que <<el hecho de la resurrección corporal de Jesús pertenece a la historia y fue objeto de la experiencia personal de los Apóstoles y sus discípulos. La resurrección se halla en la misma línea histórica de la muerte y la sepultura del Señor. Es un acontecimiento histórico, del mismo modo que la crucifixión o el entierro. En su testimonio de la resurrecció del Señor, los Apóstoles no manifiestan solamente la fe, su esperanza o su íntima convicción religiosa, sino que atestiguan un indudable hecho experimental, realizado por Dios para acreditar la misión divina de Jesús>> (o.c., p. 307).

La fe en la resurrección corporal de Jesucristo, realizada por su propio poder, es punto central del mensaje cristiano desde los inicios de la Iglesia. Teniendo en cuenta lo que se ha señalado en el párrafo inmediatamente anterior, se puede decir que el fundamento humano de esa fe está en dos hechos: el sepulcro vacío y las apariciones a distintas personas. El primero es atestiguado por los cuatro evangelistas, y entre ellos por San Juan, que había sido testigo del entierro del Señor y que, una vez avisado por María Magdalena de que en el sepulcro no estaba el cuerpo de Cristo, salió corriendo hacia allí con San Pedro y en cuanto entró y vio al instante creyó en la Resurrección (cfr. Jn 20, 1-8). ¿Qué le indujo humanamente a creer? Posiblemente, como indican algunos exagetas, la disposición de las vendas y el sudario que habían cubierto el cuerpo muerto de Cristo -alude a ellos-, que mantenían su primitiva posición, pero sin contener aquel cuerpo. En cuanto a las apariciones, siguiendo los relatos evangélicos, hay que decir que fueron la clave inmediata para comprender el porqué del sepulcro vacío, y para que la consternación del primer momento y las dudas concluyesen en la fe en la Resurrección. Fueron acciones reales, corporales, no visiones subjetivas o explicaciones psicológicas: encuentros reales con Cristo vivo y glorioso, al que ven, tocan y hablan, y con el que incluso comen y beben en alguna ocasión. Estas apariciones objetivas, con la ayuda de la gracia, <<engendran la fe en la Resurrección>>.

 

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