Páginas al viento

Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

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    Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.

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    Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

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    Publicación

2. Teología fundamental desde el punto de vista dogmático

Posted by francescopetrarca en 17 junio 2009

A. Introducción. Se advirtió en su momento que la Teología fundamental admite dos tratamientos distintos o dos maneras diferentes de concebirla y desarrollarla:

a) Como apologética o defensa racional de los fundamentos.

b) Como gnoseología teológica o ciencia que estudia las raíces del conocimiento teológico.

En el primer aspecto, expuesto al completo en los apartados anteriores, se argumenta una base a la razón dentro del ámbito de los preambula fidei; en el segundo, el punto de partida es la fe y se argumenta en base a la autoridad de la revelación y de la Iglesia. Este aspecto, del que se va a tratar a continuación, se puede concebir como el primer paso de la Teología dogmática, en el que ésta se detiene a considerar sus propias fuentes y a reflexionar sobre ellas.

Para todo lo que sigues es esencial la doctrina de la constitución dogmática Dei Verbum (DV) del concilio Vaticano II, en la que el Magisterio de la Iglesia enseña la noción cristiana de la Revelación, su contenido, sus fuentes, etc. Dicho importante documento magisterial está en íntima conexión con anteriores enseñanzas de la Iglesia -especialmente con la constitución dogmática Dei Filius, del Concilio Vaticano I- y es por ello, en sí misma y como eslabón de una cadena doctrinal expuesta siempre en el mismo sentido, un punto de referencia necesario en la materia que ahora se trata. En vista de lo cual, se recoge a continuación una selección del texto, dividiéndolo en apartados para facilitar su estudio (se señalan algunas frases con objeto de fijar mejor el contenido).

B. Naturaleza de la Revelación: comunicación sobrenatural de Dios, por medio de hechos y de palabras (DV, nº 2). <<Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cfr. Eph 1, 9), gracias al cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cfr. Eph 2, 18; 2 Pet 1, 4). En consecuencia, por esta Revelación, Dios invisible (cfr. Col 1, 15; Tim 1, 17) habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor (cfr. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), y mora con ellos (cfr. Bar 3, 38) para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de Revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la Revelación de Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la Revelación>> (cfr. Mt 11, 27; Jn 1, 14 y 17; 14, 6; 17, 1-3; 2 Cor 3, 16; 4, 6; Eph 1, 3-14).

C. Historia y modo de esta Revelación: estapas sucesivas y su culmen en Cristo (DV, nº 3-4). <<Dios creándolo todo y conserándolo en su verbo (cfr. Jn 1, 3), da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas (cfr. Rom 1, 19-20), y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída, alentó en ellos la esperanza de la salvación (cfr. Gen 3, 15) con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr. Rom 2, 6-7). En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo (cfr. Gen 12, 2-3), al que luego instruyó por los patriarcas, por Moisés y por los profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero; Padre providente y justo juez, y para que esperasen al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio>>.

<<Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los profetas, últimamente, en estos día, nos habló por su Hijo (Heb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios (cfr. Jn 1, 1-18); Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, <<hombre enviado a los hombres>> (Epistola ad Diognetum c. 7, 4; Funk, Patres apostolici I p. 403), habla palavras de Dios (Jn 3, 34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cfr. Jn 5, 36; 17, 4). Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cfr. Jn 14, 9)-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa entre los muertos, finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la Revelación y confirma con el testimonio divino que vive Dios con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.

La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo>> (cfr. 1 Tim 6, 14; Tit 2, 13).

D. Objeto de la Revelación.

a) La vida íntima de Dios y los eternos decretos de salvación de los hombres (DV, nº 6).
<<Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, “para comunicarles los bienes divinos que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana”>> (conc. Vaticano I, const. dogmática De fide catholica c. 2: Denz. 1786 (3005)).

Confiesa el santo Concilio <<que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criatuas>> (cfr. Rom 1, 20); pero enseña que hay que atribuir a su Revelación <<el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano>> (ibíd.: Denz. 1785 y 1786 (3004 y 3005).

b) Verdades naturales y sobrenaturales. El texto anterior señala que la Revelación está constituida por dos tipos de verdades: las verdades sobrenaturales, que <<superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana>> y las verdades naturales, accesibles a la razón. Las primeras son también denominadas misterios de la fe y se encuentran recogidas sustancialmente en el Credo. Son, p. ej., el misterio de la Santísima Trinidad, el de la Encarnación del Verbo, el de la Redención, etc. Las segundas son las verdades religiosas de orden natural, que pueden ser conocidas y demostradas por la razón, p.ej., la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma, la existencia y la obligatoriedad de la ley natural, la creencia en un premio o castigo después de la muerte, etc.

E. Necesidad de la fe para aceptar la Revelación. (DV, nº 5). << Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe (Rom 16, 26; cfr. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad” (conc. Vaticano I, const. dogmática De fide catholica c.3 de fide: Denz- 1789 (3008)), y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad” (conc. Araus II, can. 7: Denz. 180 (377): conc Vaticano I, 1 c.: Denz. 1791 (3010)). Y para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones>>.

F. Transmisión de la Revelación en la época apostólica. <<Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres premaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo (cfr. 2 Cor 1, 30; 3, 16-4, 6), mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio (cfr. Mt 28, 19-20; Mc 16, 15. conc. Tridentino, ses. 4, Decr De Canonicus Scripturis: Denz. 783 (1501)) , comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los profetas, lo completó Él y promulgó con su propia boca, como fuente de toda verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, escribieron el mensaje de la salvación (cfr. conc. Tridentino. 1 c.; conc. Vaticano I, ses. 3, const. dog. De fide catholica c. 2 de revelatione: Denz. 1787 (3006).

Mas, para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los obispos, <<entregándole su propio cargo del magisterio>>. Por consiguiente, esta sagrada Tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en el que la Iglesia peregrina en la Tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verlo cara a cara, tal como Él es (cfr. 1 Jn 3, 2)>>.

G. La Sagrada Escritura. (DV, nº 11 y 13; cfr. también concilio Tridentino, Decr. De libris sacris et traditionibus recipiendis). << Las verdades reveladas por Dios que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. La Santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, que escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo (cfr. Jn 20, 31; 2 Tim, 3, 16; 2 Pet 1, 19-21; 3, 15-16) tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia (cfr. concilio Vaticano I, const. Dei Filius c. 2 de revelatione: Denz. 1787 (3006); Comm. Biblica, Decr. del 18 de junio 1915. Denz 2180 (3629), EB 420; S.C.S. Oficio, carta del 22 de diciembre de 1923: Eb 499). Pero en la redacción de los libros sagrados Dios eligió a los hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios (cfr. Pío XII, enc. Divino afflante Spiritu, 30 de septiembre de 1943: AAS 35 (1943) 14; Enchir. Bibl. (EB) 556), de forma que, obrando Él en ellos y por ellos (en y por el hombre: cfr. Hebr 1, 1; 4, 7; 2 Sam 23, 2; Mt 1, 22 y frecuentemente; conc Vaticano I, Schema de doctrina cathol. not. 9: Coll. Lac. VII 522), escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería (León XIII; enc. Providentissimus Deus, del 18 de nov. 1893; Denz. 1952 3293; EB 125).

Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que lso libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación (cfr. San Agustín, Gen. ad litt. 2. 9, 20; PL 34, 270-271; Epist. 82, 3; PL 33, 277; CSEL 34, 2 p. 354; Santo Tomás; De Ver. q 12. a, 2C; concilio Tridentino., ses. 4, De canonicis Scripturis: Denz. 783 (1501); León XIII, enc. Providentissimus: EB 121, 124, 126-127: Pío XII, enc. Divino afflante: EB 539). Así, pues, toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia , a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena (2 Tim 3, 16-17).

<<En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable “condescendencia” de la sabiduría eterna, “para que conozcamos la inefable benignidad de DIos, y de cuánta adaptación de palabra ha usado teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza” (S. Juan Crisóstomo, In Gen. 3, 8 hom. 17, 1: PG 53, 134; “adaptación” en griego se dice synkatábasis). Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres>>.

a) Canon de los libros sagrados (cfr. conc. Trento, sesion 4ª, Denz. 1501-03).

El canon de los libros sagrados o canon bíblico, es la lista de los libros inspirados. <<La realidad revelada del canon bíblico está en la fe de la Iglesia desde sus orígenes. Los testimonios documentales más importantes que se conservan de esta de son los decretos de los conc. Cartago (alrededor del año 400), y algunos documentos del Magisterio ordinario desde el s.V. El concilio Florentino (1441), a su vez, recogió esta Tradición de la Iglesia. Esta verdad de fe fue definida solemnemente por el concilio de Trento (1546), para salir al paso de los errores protestantes. Finalmente, el concilio Vaticano I (1870) reiteró de modo solemne la definición del Tridentino.

El concepto de canonicidad presupone el de inspiración: un libro es canónico cuando, habiendo sido escrito bajo la inspiración divina, es reconocido y propuesto como tal por la Iglesia. La Iglesia no define como canónico ningún libro que no sea inspirado. El criterio ha servido al Magisterio de la Iglesia para la definición de cuáles son en concreto los libros inspirados y canónicos es la Santa Tradición, que arranca de Jesús y sus Apóstoles, interpretada con la asistencia del Espíritu Santo>>. (Introducción general a la Biblia, en Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra I, p. 20, Pamplona, 1976).

El Canon, según el Concilio de Trento, es el siguiente:

I. Antiguo Testamento

Libros históricos: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1º y 2º de Samuel, 1º y 2º de los Reyes, 1º y 2º de Crónicas, Esdras (1º de Esdras), Nehemías (ó 2º de Esdras), Tobías, Judit y Ester.

Libros sapienciales o didácticos: Job, Salterio o Libro de los salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los cantares, Sabiduría y Eclesiástico.

LIbros proféticos: Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habauc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.

Últimos libros históricos: 1º y 2º de Macabeos.

II. Nuevo Testamento.

Libros históricos: Evangelio según San Mateo, Evangelio según San Marcos, Evangelio según San Lucas, Evangelio según San Juan y Hechos de lo Apóstoles.

Libros didácticos:

a) Espístolas de San Pablo: Romanos, 1º y 2º de Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1º y 2º de Tesalonicenses, 1º y 2º de Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos.

b) Epístolas católicas: 1º y 2º de Pedro, 1º, 2º y 3º de Juan; Santiago u Judas.

Libro profético: Apocalípsis.

b) Noción de inspiración divina.

Se llama inspiración a la acción de Dios sobre los escritores de los libros sagrados, por la cual <<ilustra su inteligencia para que puedan concebir con recitud todo aquello y sólo aquello que Dios quiere que escriban. Es también una moción infalible, aunque sin menoscabo de la libertad del escritor sagrado, que mueve la voluntad de éste para escribir fielmente lo que ha conceido en su inteligencia. Por último, consiste también en una ayuda eficaz para que el hagiógrado encuentre el lenguaje y los modos apropiados para expresar aptamente todo lo que ha concebido y querido escribir. De este modo, Dios es el autor principal de la Sagrada Escritura y los escritores sagrados (hagiógrafos) también verdaderos autores, aunque subordinados a modo de instrumento inteligente y libre, en manos de Dios. Según esto, el libro inspirado es el fruto de la acción de Dios y del hagiógrafo, de modo que todos los conceptos y todas las palabras del texto sagrado se deben simultáneamente a Dios y a su instrumento, el hagiógrafo. Nada hay en la Biblia, pues, que no esté inspirado por Dios>>. (Introducción general a la Biblia,o.c., p. 23).

H. La Sagrada Tradición. (DV, nº 8). <<Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí los Apóstoles, comunicando lo que ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles a que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito (cfr. 2 Thes 2, 15), y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre (cfr. Ids 3) (cfr. Concilio Niceno II: Denz. 303 (602); concilio Constatinopla IV, sesión 10, can. I: Denz. 336 (650-652). Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.

Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo (cfr. Concilio Vaticano I, Const. dogm. de fide catholica c. 4 de fide et ratione: Denz. 1800 (3020)), puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón (cfr. Lc 2, 19 y 51); ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales; ya por el anuncio de aquellos que, con la sucesión del episcopado, recibieron el carisma cierto de la verdad; es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.

Las enseñanzas de los Santos PAdres testifican la presencia viva de esta Tradición, cuyos tesoreos se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el canon de los libros sagrado, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa; y de esta forma Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente. (cfr. Col 3, 16)>>.

I. Relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. (DV, nº9). <<Así, pues, la sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucedores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad, la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad (cfr. concilio Tridentino, ses. 4 1.c.: Denz. 783 (1501))>>.

J. Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio. (DV, nº 10). <<. La sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura, constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito, todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constante en la fracción del pan y en la oración (cfr. Act 2, 42 gr.), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conversación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida (cfr. Pío XII, const. apost. Munificentissimus Deus, del 1 nov. 1950: AAS 42 (1950) 756, relacionada con las palabras de San Cipriano: <<La Iglesia, plebe aunada a su Sacerdote y grey adherida a su Pastor>> (Epist. 66, 8: CSEL III B, p. 733)).

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, escrita o transmitida (cfr. Concilio Vaticano I, const. dogm De fide catholica c.3 de fide: Denz. 1792 (3011)), ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia (cfr. Pío XII, enc. Humani generis, del 12 ag. 1950; AAS 42 (1950) 569; Denz. 2314 (3886)), cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca la que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas>>.

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