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3. Aceptación de la Revelación por la fe: el acto de fe.

Posted by francescopetrarca en 17 junio 2009

A. Introducción. El término latino fides, del que procede la palabra castellana fe, deriva del verbo fido: confiar, fiarse, y significa por tanto la actitud del que se fía o confía en otro. Esta confianza implica dos aspectos: uno que se podría calificar de orden afectivo -el sentimiento de afecto hacia la persona en que se confía-, y otro de orden intelectivo -comprensión de que debe prestarse esa confianza, dada la autoridad y veracidad de la otra persona.

En la Sagrada Escritura, tanto el término veterotestamentario (cuya raíz, haman, expresa la actitud del niño que se deja llevar en brazos de su madre) como el neotestamentario contienen en su significado los dos aspectos antes señalados, aunque con sus matices propios: creer es poner la confianza en Dios, aceptando las verdades reveladas y adoptando un estilo de vida coherente con ellas; es el asentimiento, en el Nuevo Testamento, a la doctrina de Cristo y el seguimiento de su vida, a la que ha de asociarse y unirse la propia. De ahí que la fe sea el principio de la justificación, en cuanto presupone la adhesión al plan divino de salvación revelado por Cristo y anunciado por los Apóstoles; así lo enseña San Pablo en sus epístolas, especialmente en las dirigidas a los romanos y a los gálatas.

Al tratar teológicamente de la fe es preciso advertir que esa noción admite, dentro de un significado básico como el ya señalado, diversos matices que se deben distinguir. Así se habla de la fe entendida como virtud sobrenatural, es decir, como <<hábito del espíritu que incoa en nosotros la vida eterna. haciendo adherirse a la inteligencia a lo que no es evidente>> (Sum. Th., II-II, q4, a1); o bien de la fe como acto del hombre, fruto de la gracia y de su libertad. También se habla en ocasiones de la fides qua creditur (fe por la que se cree), que no es sino la virtud de la fe, y de la fides quae creditur (fe que se cree), que son las verdades reveladas enseñadas por la Iglesia. En la definición escrita líneas antes se incluye sólo la fe como virtud, pero se sugiere ya el resultado sobrenatural que es el acto libre de la fe: la adhesión a las verdades. Dicha adhesión procede de la gracia y de la confianza en Dios que es quien revela, es decir, de la confianza en la autoridad de Dios; el testimonio divino es la garantía de la certeza de fe, porque Dios es la Verdad primera. Así lo enseña el concilio Vaticano I, al decir que la fe es <<una virtud sobrenatural, por la cual, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la íntrinseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni engañarnos>> (const. dogm. Dei Filius, Denz. 1789 (3008)).

B. Estructura del acto de fe. 1. El acto de fe es formalmente un acto intelectual. De acuerdo con lo que antes se ha dicho, y siguiendo la doctrina de Santo Tomás, se ha de afirmar que el acto de fe, por el que se aceptan unas verdades adhiriéndose el entendimiento a ellas por la autoridad de Dios que las revela, es un acto intelectual, es decir, si la fe es un modo de conocer, el asentimiento personal o acto de fe ha de ser un acto de entendimiento, porque ésta es la facultad por la que se conoce. Así lo enseña Santo Tomás, como decimos, y con él la mayoría de los teólogos. Uno de los textos más importantes del Angélico en esta materia es el de la Sum. Th., II-II, q2, a1; en el que estudia la famosa definición de San Agustín: credere est cum assensione cogitare (creer es pensar o deliberar asintiendo). Para Santo Tomás, esta definición es válida, siempre que se resalte el carácter esencialmente intelectual de la fe.

2. Papel de la voluntad en el acto de fe. Entendimiento y voluntad no son dos facultades incomunicables en el hombre, sino que sus acciones propias (conocer y amar respectivamente) confluyen en cada acto de la persona, que es el sujeto que actúa, y mantienen una relación de interdependencia. Así, pues, en el acto de fe -aunque formalmente sea un acto de entendimiento- también interviene la voluntad de manera determinante. El propio Santo Tomás dirá que la fe es un acto del entendimiento intrínsecamente determinado por tendencias afectivas, es decir, por imperio de la voluntad que impulsa el entendimiento a creer.

La voluntad, ayudada por la gracia, capta en el objeto de adhesión (en las verdades reveladas con autoridad divina) la bondad o conveniencia de aceptarlas, porque en ellas se nos da el Bien que es Dios y de ellas depende el bien de nuestra salvación. Como dirán los teólogos, la influencia de la voluntad es causal y previa, y desde luego esencial al acto de fe por más que éste sea desde el punto de vista formal un acto de conocimiento. Esto se resumen diciendo que la intervención de la voluntad es una <<moción especificativa>>.

3. El acto de fe es esencialmente sobrenatural y libre. Es doctrina de fe definida por la Iglesia en repetidas ocasiones (p. ej., en el concilio II de Orange, en el conc. de Trento, en el conc. Vaticano I), que el acto de fe es esencialmente sobrenatural, es decir, que tanto el asentimiento intelectual como la moción de voluntad son consecuencias de Dios.

Como dice Santo Tomás (Sum. Th., II-II, q6, a1), el hombre, para sentir a las verdades de fe, ha de ser elevado sobre su propia naturaleza, puesto que esas verdades son de por sí incognoscibles e indemostrables para la razón, y la elevación no puede darse sin un principio sobrenatural que le mueva interiormente. Ese principio es Dios, es decir su gracia. <<Por tanto -concluye el Angélico-, la fe, en cuanto al asentimiento, que es su acto principal, proviene de Dios, que mueve interiormente por la gracia>>. Lo mismo hay que decir, como es lógico, respecto a la noción de la voluntad. Ya en el conc. II de Orange enseñaba que tanto el comienzo de la fe como el piadoso afecto de credulidad (pius credulitatis affectus) propio de la voluntad <<no se dan, naturalmente, sino mediante el don de la gracia y la inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad>> (Denz. 178 (375)). Ese acto de fe sobrenatural es también esencialmente libre. La gracia divina -sanante y elevante- que conduce al asentiimento de fe no destruye la voluntad libre del hombre, sino que potencia su libertad. Creer en Dios es, como ya se ha indicado, un acto plenamente voluntario y, en consecuencia libérrimo. Por ser sobrenatural y libre, el acto de fe es meritorio.

C. Génesis del acto de fe. El acto humano libre, y esencialmente sobrenatural, de por qué se cree, es el resultado final de un proceso psicológico muy estudiado por los teólogos. Su génesis, en resumen, es la siguiente (Sum. Th.,II-II, q2):

a) El acto de fe requiere previamente un juicio de credibilidad, es decir, un juicio que permita realizar un asentimiento razonable.

b) Debe ser un juicio cierto, apoyado en razones que excluyan toda duda razonable y también la simple probabilidad; basta una certeza moral.

c) El juicio de credibilidad se apoya en los motivos o criterios de credibilidad.

d) Además de juicio especulativo de credibilidad (<<esto puede ser razonablemente creído>>, es preciso también un juicio práctico, llamado juicio de credentidad (<<esto debe ser creído por mí>>).

e) Al menos el juicio de credentidad -no se excluye en absoluto lo anterior- debe ser intrínsecamente sobrenatural, puesto que de él procede la voluntad de creer, que ya es, como se ha visto más atrás, sobrenatural.

f) El acto de fe (<<creo en Dios>>, <<creo en esto que Dios revela>>) posee y produce certeza absoluta.

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