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Desmontando Ágora

Posted by francescopetrarca en 24 noviembre 2009

Escrito por Pedro Crespo el marte 13 de octubre del 2009

Un artículo muy bueno que una vez más nos obliga a ver el cine con actitud histórico-crítica; aspecto que se suele falsear continuamente debido a su facilidad de alteración ante un público no entendido en determinados hechos.

http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=12979&Itemid=88

***

El domingo, 11 de octubre, me fui a ver Ágora, después de haber leído bastante sobre la película y sobre la historia de San Cirilo, Alejandría e Hipatia. Me gusta ir al cine no por lo que cuentan las películas, por los argumentos, si no por cómo lo cuentan: esa es la grandeza del lenguaje no verbal, enormemente enriquecido en el arte del cine, dónde se ve lo que un director sabe y quiere enseñar.

Confieso, sin querer molestar a nadie que, cuando fui a ver “El Código da Vinci” y “Ángeles y Demonios”, que previamente había leído, pasé un rato “entretenido” sin hacerme problema personal, pues era tal el montaje argumental y de errores que, para mí, no suponía ningún problema, pero comprendí que podía serlo para mucha gente. Se hicieron grandes esfuerzos por desmontar el engranaje tipo Caballo de Troya… Al fin y al cabo era una historia de sospechas más o menos mal construidas, que servían para pasar un rato.

Cuando salí de ver Ágora mis sensaciones fueron diferentes: es un argumento plano, construido con lógica y sencillez, con una gran producción y despliegue de medios para transmitir mensajes, que van envueltos en mentiras que confunden al espectador poco instruido… pero este lenguaje se emite en una onda diferente al “Código da Vinci” y llega a un espacio, quizá el afectivo, que levanta, no sólo sospechas sobre la Iglesia y su proceder en el pasado, sino las heridas, que todos tenemos generadas por las dificultades de la convivencia y de la historia personal, con argumentos supuestamente objetivos, históricos y contrastados… de tal forma que al espectador ya no le hace falta saber nada más, la Iglesia es así: intolerante, visceral, bárbara, contraria a la razón, marginadora de la mujer… y encima canoniza a un energúmeno que defendió todo eso, Cirilo de Alejandría. ¡Una película contra la intolerancia que genera intolerancia!

El día de la Virgen del Pilar (12 de octubre) tenía preparada una homilía sobre el capítulo de la Economía de Benedicto XVI en Caritas in Veritate, para hablar del desarrollo de todos, como quiere una Madre de sus hijos, con los criterios morales que pone el Papa, en este capítulo de la Encíclica, a la Economía: Confianza, ayuda a los pobres, bien común, solidaridad… gratuidad.

No pude sustraerme de la responsabilidad de decir algo sobre Ágora, y lo hice en el apartado de la confianza, que para mi es fundamental. Debajo de la crisis económica está la falta de confianza, la crisis genera más desconfianza. ¿Por qué me fío de las personas o de Dios o por qué desconfío? ¿Somos razonables en nuestras confianzas? ¿Me fío por la apariencia de quien me habla? ¿Invierto por los intereses que espero percibir? ¿Me mueve el miedo promovido por intereses económicos a la gripe A para vacunarme? ¿Me condicionan mis sufrimientos para no aceptar a Dios o el miedo a perder mis libertades? ¿Tengo algún mal recuerdo de mi historia personal con respecto a la Iglesia? No mandan los políticos, ni la economía, sino la confianza que nosotros depositamos en los demás; algo más complejo de explicar que la propia economía.

Confiar y fiarse de Dios y de los demás, razonablemente. Siempre un reto inevitable para las personas. Es curioso cómo quienes no se fían de Dios confían en argumentos sin objetividad y se dejan llevar…

Pues bien, la gente que vea Ágora se fiará más de Amenábar que de la historia y de la Iglesia; así de irracional, ante una película que pretende plantear el tema de la razón y la ciencia, entre otros.

En mi homilía sólo pretendí desmontar algunas mentiras: San Cirilo no tuvo que ver con la muerte de Hipatia y sí con Éfeso y la declaración de María como Madre de Dios, fiesta que celebramos el 1 de enero; lo que no aparece ni por asomo en la película. Y que los cristianos no fueron los responsables de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, ni la Iglesia es contraria a la razón y a la ciencia.

Pero el problema no está en los razonamientos, pues se emite en “una onda diferente” y por eso vino a mi memoria un Credo que elaboró un compañero, Francisco-Manuel Jiménez Gómez, con ocasión de la festividad de San Pedro y san Pablo, que expresa en “esa otra onda”, con diferente entonación, una confianza razonable y entregada a la Iglesia y en la Iglesia. Hice una copia para cada asistente a la Eucaristía y les invité a recitarlo conmigo.

Después me llegó el artículo que desmonta de un modo más razonado lo que yo quería decir y que os copio aquí. Al final os copio el “Credo” para que lo recitéis en privado y/o en público: ésta sí es la Iglesia en la que nosotros creemos. Y os aconsejo una película diferente, donde se expresa lo que sí es la fe.

Artículo: Desmontando «Ágora» e Hypatia
Jesús TRILLO FIGUEROA (Abogado del Estado)

Diario La Razón

«Ágora: Hypatia» (I)

El cine es un maravilloso medio para contar la Historia, pero tiene sus limitaciones: a veces, las ambiciones excesivas pasan factura. Los realizadores de «El Código da Vinci» pretendieron convertir a Magdalena en diosa y se pasaron. Amenábar pretende, nada más y nada menos, contar una historia a partir de la cual «el mundo cambió para siempre». Y se ha vuelto a pasar cuatro pueblos más. La película tiene tantos mensajes ideológicos que es imposible meterlos en dos horas y, al mismo tiempo, mantener un ritmo entretenido, interesante y espectacular.

El cine requiere medir las secuencias, los silencios, los tránsitos y, sobre todo, un guión que mantenga la atención del espectador. Es una pena, porque la película contaba con todos los mimbres: un gran director, una generosa producción, una preciosa actriz, un maravilloso decorado y una perfecta ambientación. Pero lo que pretenden es inyectar en una pastilla los siguientes mensajes: primero, que las religiones generan odio y violencia. Segundo, que el cristianismo es la más talibán de todas y la que empezó. Tercero, que existen dos mundos, por una parte, el de la filosofía y la ciencia, contrapuesto e incompatible con el de la religión. Cuarto, que el cristianismo al principio fue misericordioso, pero la jerarquía eclesiástica y la Iglesia son por definición intolerantes y fundamentalistas. Y, sobre todo, hay dos mensajes más que son especialmente queridos por la película y por toda la explosión de libros y propaganda que estos días se vienen haciendo: el cristianismo es la causa de la caída del Imperio Romano y de la desaparición de la sabiduría grecolatina. Además, es el culpable de la subordinación y dominación de la mujer por parte del hombre. En fin, Alejandría e Hipatia son el símbolo de una civilización grecorromana basada en la filosofía, la ciencia y la libertad, hasta que llegó el cristianismo y comenzó la oscura Edad Media. Demasiado para una sola película. Y la cosa continúa porque, según declara el director, «es increíble cómo se parece a la situación actual».

¿Es casualidad que desde julio hasta el estreno de la película se hayan publicado más de cuatro biografías sobre Hipatia, paradigma de las cuales es la de Clelia Martínez Maza, financiada por la Dirección General de Ciencia y Tecnología? Más de 10 novelas, ejemplo de las cuales es la escrita por el hermano de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura, además de multitud de estudios de historia sobre la época. Y todo ello con el mismo mensaje. Que todo salga al mismo tiempo no puede ser casualidad. Una vez más, nos encontramos con un ataque ideológico perfectamente orquestado, del cual, por cierto, Amenábar suele ser pistoletazo de salida, como lo fue en el caso de «Mar adentro» con la eutanasia.

Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final. Forma parte de la estrategia de reescribir la Historia a la que es tan aficionada nuestra izquierda. Hipatia no fue asesinada siendo una joven tan hermosa como Rachel Weisz, de 38 años, sino que murió en el año 415 y tenía 61. No fue famosa por sus dotes de astronomía por más que en la película se empeñen terca y cansadamente, atribuyéndole haberse adelantado a Kepler más de mil años; sino porque era una «divina filósofa» platónica, en palabras del obispo cristiano Sinesio de Cirene –única fuente coetánea que se conserva sobre ella–, a la que llama en sus cartas «madre, hermana, maestra, benefactora mía». El citado obispo, a quien en la película se le hace traidor y cómplice en el asesinato de la filósofa, murió dos años antes que ella, así que es imposible que tuviera nada que ver con su muerte. Ella fue virgen hasta el final, pero no vivió la castidad como ha dicho la protagonista, que se ha declarado feminista radical, «para ser igual que un hombre y poder ejercer una profesión con plena dedicación». Lo hizo porque, coherente con su filosofía, ejercía la Sofrosine, es decir el dominio de uno mismo a través de las virtudes entendidas como el control de los instintos y las pasiones.

Hipatia nunca fue directora de la Biblioteca de Alejandría, ni ésta fue destruida por los talibanes cristianos. La biblioteca fue incendiada por Julio César, saqueada junto con el resto de la ciudad por Aureliano en el año 273, y rematada por Diocleciano en 297. Es verdad que en el año 391 fue destruido lo que quedaba del templo del Serapeo después de la destrucción por los judíos en tiempos de Trajano, y también el repaso que le pegó Diocleciano, quien, para conmemorar la hazaña, puso allí su gran columna, razón por la cual los cristianos lo destruyeron, ya que él era el símbolo de las persecuciones que sufrieron durante trescientos años. Pero lo que allí quedaba de la biblioteca era tanto como lo que restaba en otros sitios. El paganismo siguió existiendo en Alejandría hasta que llegaron los árabes. Y el neoplatonismo siguió floreciendo, hasta que lo recuperó el renacimiento cristiano. Por cierto, que yo sepa, su más brillante exponente se llamaba San Agustín, coetáneo de Hipatia.

«Ágora: Cirilo» (y II)

La historia de Hipatia ha sido objeto de manipulación por todas las tendencias ideológicas, desde la Ilustración hasta el feminismo radical más reciente. Para algunos, como Voltaire, «desde la muerte de Hipatia hasta la Ilustración, Europa está sumida en la oscuridad; la Ilustración, al rebelarse contra la autoridad de la Iglesia, la revelación y los dogmas, vuelve a abrir la iluminación de la razón». En la última versión feminista de Úrsula Molinaro, Hipatia es la campeona del amor libre, a pesar de que en realidad era virgen. La conclusión es que de la verdadera historia de Hipatia se pasa a la leyenda de Hipatia, que se convierte en la leyenda del Crimen de Alejandría, cuyo protagonista principal es el obispo Cirilo.

La película de Amenábar recoge casi todos los ingredientes de esta leyenda: Hipatia es símbolo de mujer libre que representa el fin de la cultura grecolatina y el comienzo del oscurantismo cristiano, asesinada por unos fanáticos talibanes cristianos al mando del obispo Cirilo. ¿De dónde surge esta leyenda? El primero que narró el crimen fue Sócrates Escolástico en el siglo V, un letrado al servicio del patriarca de Constantinopla Néstorio, enemigo del patriarca de Alejandría Cirilo. Pero la atribución directa a este último de la autoría del asesinato fue cosa del escritor pagano Damascio, que escribió la «Vida de Isidoro», que es una apología del paganismo durante el final del siglo V y principios del VI.

No obstante, la auténtica leyenda surge con la obra de John Toland en 1720. Éste era un irlandés, hijo ilegítimo de un sacerdote católico, que se hizo protestante y posteriormente activo militante del ateísmo en la Gran Logia de Londres. Después vino Voltaire; después, el historiador Edward Gibbon, quien, para argumentar su tesis acerca de que el cristianismo es la causa interna de la decadencia del Imperio Romano, utiliza la leyenda de Hipatia y declara a Cirilo responsable de todos los conflictos que estallaron en Alejandría en el siglo V. Más tarde llegarán las versiones románticas de Leconte de Lisle y otros, y finalmente el feminismo radical, para el que Hipatia fue la primera mártir de la misoginia propia del cristianismo. Todos los autores citados, y alguno más, tienen una cosa en común: son masones reconocidos.

Una de las grandes mentiras de la historia que se quiere propagar es que la mujer fue libre en Grecia y en Roma hasta que llegó el cristianismo y la sometió la sujeción del hombre; a esta idea también contribuye la película. Lo cierto es que en Grecia la mujer era considerada una cosa más de la casa, y en Roma, no era una «sui iuris», es decir, titular de derechos, sino que era considerada «capiti diminutio», como un niño o un incapacitado y, por tanto, estaba sometida a la tutela o la «manus» del padre o del marido. Por el contrario, fue el cristianismo el que consideró al hombre y a la mujer iguales en naturaleza, pues ambos son hijos de Dios y hermanos en Cristo; y prueba de ello es que las primeras manifestaciones de mujeres libres autodeterminándose, pese a la voluntad de sus padres o del estado, fueron las primeras mártires cristianas víctimas de las persecuciones romanas, tales como Inés Ágata o Cecilia. Y precisamente la explicación fundamental en torno al odio a Cirilo está en esta cuestión. Independientemente de que la carta de San Pablo a Timoteo no refleja precisamente una visión emancipada de la mujer, no es creíble que Cirilo la impusiera como literalidad a cumplir, porque es precisamente Cirilo quien más ha exaltado en la historia de la humanidad la condición femenina, pues a él se debe la expresión «Theotokos», palabra griega que significa madre de Dios.

El personaje del que hablamos, al que la película presenta con caracteres parecidos a Bin Laden para luego dejar en letras la explicación de que a ese «energúmeno» que ustedes han visto la Iglesia católica lo hizo Santo y León XIII lo declaró doctor de la Iglesia, efectivamente es San Cirilo de Alejandría. Él fue el que derrotó a la herejía Nestoriana en el Concilio de Éfeso del 431. En esencia, la disputa consistía en si María era madre de Cristo o madre de Dios. De la respuesta a esta cuestión surge algo muy importante: la doble naturaleza divina y humana en una persona llamada Cristo. Cirilo consiguió que se convocase un concilio en Éfeso, puesto que era el lugar donde vivió sus últimos años la Virgen María, y logró que la Iglesia declarase el primer dogma mariano de la historia: María, Madre de Dios. Hasta aquel momento nadie en la historia había conseguido colocar a un ser humano mujer por encima de cualquier hombre. Éste es el personaje que en el fondo persigue la leyenda de Hipatia; curiosamente, Beltrand Rusell comienza su «Historia del pensamiento occidental» con una irónica semblanza de San Cirilo diciendo: «El motivo principal de su fama es el linchamiento de Hipatia». Todo esto huele excesivamente a podrido.

Credo: “Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica” 
Francisco-Manuel JIMÉNEZ GÓMEZ (Sacerdote diocesano de Ciudad Real) 
Con Vosotros

Sí, por pura gracia de Dios pertenezco a la Iglesia católica. Para mí es un motivo de alegría llevar ese hermoso nombre, pertenecer a esa Iglesia, que habitada por el Espíritu Santo, es en el mundo presencia viva del Crucificado-Resucitado.

Creo en la Iglesia que plantaron los Apóstoles Pedro y Pablo y Juan y Andrés, y Tomás y Felipe y Bartolomé… aquellos que bebieron el cáliz del Señor y lograron ser amigos de Dios. La misma Iglesia que, desde sus comienzos se reúne para partir el pan y escuchar las enseñanzas de los apóstoles; la que por caminos diversos se congrega en una unidad admirable: ¡la única Iglesia de Cristo!

Creo en la Iglesia, en cuyo seno bautismal fui gestado a la Vida, en cuya mesa se sirve el pan Eucarístico, en cuya espacio no hay fronteras ni naciones, ni lenguas ni culturas porque caben todas y a todas purifica.

Creo en la Iglesia, la de los mártires y los santos, la de aquellos que fueron fieles incluso cuando tuvieron que beber la amargura del cáliz; la de los que también lo bebieron en el silencio de cada día, en la entrega de cada hora, en la generosidad derramada sin distinguir identidades.

Creo en la Iglesia, la criticada y calumniada, la pecadora y la santa; la de la historia bimilenaria de claroscuros y ambivalencias; la que me da ojos para ver y corazón para entender; la del contraste entre el pecado y la misericordia, la que pese a sus miserias siempre está ahí para vendar heridas, para acoger pródigos, para perderse en los arrabales del mundo.

Creo en la Iglesia, en la visible y en la que no se quiere ver, la que conserva el Vaticano y la que da esperanza en los pueblos y las aldeas; la experta en humanidad porque es consciente de sus debilidades; la que se acerca al enfermo y la que defiende la vida; a la que no estorba el dolor ni lo cubre con falsas compasiones.

Y creo en la Iglesia, aunque no esté de moda, con humildad y sin complejos, porque aunque reniegue de ella, tengo la certeza de que siempre estará ahí esperándome como una madre.

Por eso hoy, fiesta de la Virgen del Pilar, pedimos al Señor, al único Señor de la Iglesia, que nos conceda vivir de tal modo en su Iglesia que, perseverando en la fracción del pan y en la doctrina de los apóstoles, tengamos un solo corazón y una sola alma, arraigados firmemente en la fe y en su amor.

Nota: El autor del Credo, donde yo pongo Virgen del Pilar, él decía, en la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo.

Pedro Crespo

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