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Homilía del Arzobispo Santiago Compostela para el Año Jacobeo

Posted by francescopetrarca en 12 marzo 2010

Excmo. Sr. Delegado Regio

Excmo. Cabildo Metropolitano

Excmas. e Ilmas. Autoridades
Queridos sacerdotes, miembros de Vida Consagrada y Laicos
Miembros de la Archicofradía del Apóstol
 
Estamos ya en el umbral del segundo Año Santo Compostelano del tercer milenio del cristianismo. Día de espera activa en el que la Iglesia compostelana celebra gozosamente la Traslación del apóstol Santiago después de su martirio, testimonio de su fe en Cristo. Por designios de la providencia, aquí veneramos su tumba, faro de luz en el peregrinar del occidente cristiano. 
 
La tradición nos ha transmitido que el Apóstol Santiago vino a España donde anunció el mensaje de la salvación, fundamento de “una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”1. Esto fue determinante para los primeros cristianos de quienes se nos dice que: “Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña… Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes… Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar”.

Así el cristiano ha ido configurando su vida con el don de una esperanza fiable, siendo un elemento distintivo el hecho de contar con un futuro. No conoce los pormenores de lo que le espera pero sabe que su vida no acaba en el vacío. “Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una buena noticia, una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento.… La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva”. 
 
En este convencimiento vivió el Apóstol Santiago en el seguimiento del Señor, a quien, por su amor fiel y regenerador, se le puede confiar la vida para siempre. El derramamiento de la sangre del Apóstol santificó los primeros trabajos de los apóstoles a quienes Jesús les había dado el mandato de llevar el Evangelio a todos los hombres. También hoy el Señor sigue santificando los trabajos de tantos servidores del Evangelio que se han puesto al servicio del Reino de Dios, manifestado por Cristo quien “es el término de la historia humana, el punto hacia el cual convergen los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, el gozo de todos los corazones y la plena satisfacción de todos sus deseos” (GS 45). Él es “la luz de la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6)… Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos”.
 
Los Apóstoles, testigos del Señor ante los hombres,  nos transmitieron los contenidos de nuestra fe. Por ello una Tumba Apostólica tiene una significación única en la Iglesia. Es un signo que ayuda a fortalecer la fe de los creyentes. No es que sea el fundamento de la fe, sin embargo es un medio valioso que ayuda a confirmar en este caso lo que la tradición de la Iglesia ha conservado desde los tiempos del Apóstol Santiago. Acercarnos a su tumba es tomar conciencia de lo que significa ser Apóstol. El “apóstol de Jesucristo” es un enviado, el portador de un mensaje. El apostolado no fue para el Apóstol Santiago un privilegio, sino un don, una misión que comprometió su entera existencia, sabiendo que el Evangelio y el evangelizador corren la misma suerte. Es la fuerza de los hechos lo que revela la identidad del apóstol como propia identidad cristiana. Esta compromete a dar testimonio del amor de Dios manifestado en Cristo a través de la caridad y del compromiso por la justicia social, ofreciendo aquella visión de la vida que dimana del Evangelio aunque nos genere incomodidades. El cristiano, continuador de la obra de Cristo en el mundo, está llamado a transformar la realidad, dando soluciones no sólo materiales, sino también morales y espirituales y discerniendo la realidad desde la luz de la fe en todos los ámbitos de su vida. Si la persona no puede ser quien es y no se le reconoce como lo que es, entonces no se actúa con justicia, se falta a la verdad y se condesciende con la mentira que pone entre paréntesis la realidad. 
 
La existencia cristiana es por su propia naturaleza experiencia de vida en Cristo, transparencia del Evangelio y responsabilidad evangelizadora entre los hombres. Esta realidad nos exige responder a la indigencia material y espiritual de las personas con las que nos encontramos. De ahí que frente al drama moral, social y cultural de la crisis de valores que padecemos, la propuesta cristiana es hacer presente la grandeza humana, fundada en la verdad, en la fraternidad y solidaridad con los agobiados por las diferentes clases de pobrezas y en el compromiso con la defensa de la vida y de la paz. Un orden moral justo no puede excluir a Dios, pues sólo Él puede darle consistencia. “Hoy, sin embargo, muchos piensan que esta realización tiene que alcanzarse de manera autónoma, sin ninguna referencia a Dios y a su ley”. Ser testigos del Evangelio es afrontar los retos de una postmodernidad que vive al día ignorando el sentido trascendente de la vida. Para el cristiano el fenómeno de la incomprensión por parte del mundo es algo tan normal que incluso sirve de referente revelador de su temple y de su propia identificación con Cristo y su Evangelio. Es necesario estar dispuesto a beber el cáliz del Señor. La presencia y la actuación del cristiano comportan siempre un contraste vivo con los criterios, actitudes y conductas de quienes se acomodan a este mundo que se rige por la sabiduría humana y no por la de Dios. El ser cristiano conlleva vivir una vida de santificación en docilidad al espíritu de Cristo pues “quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Rom 8,9). 
 
No proceso de rexeneración da humanidade o home achega a súa indixencia e a súa humildade receptiva, sendo Deus quen ten a iniciativa e o poder rexenerador. Así o percibíu o Apóstolo na escena da pesca milagrosa na que el e os outros apóstolos quedaron abraiados. É unha lección significativa neste momento en que hai un empeño enfermizo por eliminar a Deus do noso horizonte co reclamo do progreso humano e da ilusión por absolutizar a autonomía e liberdade humana, xerando “o deserto da escuridade de Deus e do baleiro das almas que xa non teñen conciencia da súa dignidade ou do obxectivo da vida humana”. A perda do sentido que Deus dá, leva inevitablemente á perda da mesma vocación integral humana.
 
Na conciencia operante desta vinculación existencial a Cristo vai inherente toda a autenticidade cristiá interior e externa, espiritual e profesional, privada e pública, ata poder dicir: “Vivo eu, pero xa non son eu, é Cristo quen vive en min” (Gal 2,19-20). Temos de ter paciencia e perseverar para que despois de ser admitidos á esperanza da verdade e da liberdade, poidamos alcanzar a verdade e a liberdade mesmas.
 
Con confianza poño sobre o Altar, co Patrocinio do Apóstolo, a vosa ofrenda, Excmo. Sr. Delegado Rexio, tendo en conta as intencións das Súas Maxestades e de toda a Familia Real, dos nosos gobernantes estatais, autonómicos e locais, de todos os que teñen unha responsabilidade política, social e cultural, e de todos os que formamos os distintos pobos de España, de xeito especial dos queridos fillos desta terra galega. Encomendo ao amigo do Señor esta querida Arquidiocese Compostelá para que asuma fielmente o compromiso de transmitir de xeito especial o legado da nosa fe aos nenos e aos mozos e sexan deste xeito a ledicia da Igrexa e a esperanza da nosa sociedade. Pido coa intercesión do Apóstolo Santiago o fortalecemento da nosa vida cristiá tanto nas dimensións estritamente personais coma na nosa unidade espiritual e visible coma membros da única Igrexa de Cristo. Encomendo ao patrocinio do Apóstolo Santiago á Vosa Excelencia, Sr. Oferente, á súa familia e aos seus colaboradores. ¡Señor, santifica e protexe ao noso pobo, co fin de que axudado pola asistencia do voso Apóstolo Santiago, te sexa agradable pola súa conduta e te sirva en perfecta tranquilidade de espírito. Que Deus nos axude e o Apóstolo Santiago. Amén.
 
Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

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