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    Publicación

Hasta que el poder civil nos separe.

Posted by francescopetrarca en 10 febrero 2011

Hoy pensando tras la lectura de un texto, recordé esta tradición relativamente moderna de los candados en los puentes.

Para aquel que no la conozca, que no se preocupe que yo la explico. Teóricamente tuvo su origen en Rusia (al menos eso es lo que dicen los guías turísticos de allí) y consiste en que un pareja de recién casados (enamoradísimos) tomen un candado y lo enganchen a las barandillas o herrajes de los puentes al mismo tiempo que tiran la llave al río como símbolo de amor perpetuo.

No deja de ser irónico, que ante la gran acumulación de candados, el Ayuntamiento o Gobierno local se encargue de enviar operarios de cuando en cuando a cortar con fuertes, grandes y desproporcionadas tenazas (en comparación con la sutileza y encanto del amor) todos los candados sin miramiento alguno. No se trata de mostrar sentimientos (ni siquiera el remordimiento de destruir la obra de miles de enamorad0 en un periquete), se trata de efectividad.

Y es que los gobiernos de este mundo parecen estar empeñados  en eliminar de la faz de la existencia todo lo que suena a “indisoluble” como el Matrimonio y especialmente, como con los candados, todo aquello que aporte un testimoniocontraescandaloso” a la vida licenciosa que nos promueven los de arriba. Que miles de personas se prometan amor eterno es algo fatal. Y es que al fin y al cabo, ¿a quién le interesa estar toda su vida con la misma persona? Los gobiernos del mundo hacen bien en protegernos de “esas tonterías” de “hasta que la muerte nos separe“.

Ahora, no dejar a nadie con la intriga y copiar el texto que me ha servido de inspiración. Y es que hoy es el Aniversario de una poco famosa Encíclica del Santo Padre León XIII. No tiene desperdicio la gran profecía de nuestro tiempo que escribió en Arcanum divinae sapientiae

(Es un eco de: http://www.diarioya.es/content/león-xiii)

 

Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos.

Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poderío de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública.

Y se advertirá que son mucho más graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habrá freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos límites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo más de día en día, invada los ánimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques.

Todas estas cosas son ciertamente claras de suyo; pero con el renovado recuerdo de los hechos se harán más claras todavía. Tan pronto como la ley franqueó seguro camino al divorcio, aumentaron enormemente las disensiones, los odios y las separaciones, siguiéndose una tan espantosa relajación moral, que llegaron a arrepentirse hasta los propios defensores de tales separaciones; los cuales, de no haber buscado rápidamente el remedio en la ley contraria, era de temer que se precipitara en la ruina la propia sociedad civil.

Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tardó poco, sin embargo, en comenzar a embotarse en los espíritus el sentido de la honestidad, a languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tamaña licencia, hasta el punto de que parece muy verosímil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los años no por los cambios de cónsules, sino de maridos.

Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero ésas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que había de lamentarse grandemente la inmensa depravación moral y la intolerable torpeza de las leyes.
Y no ocurrió de otra manera en las naciones católicas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se siguió dejó pequeños los cálculos de los gobernantes. Pues fue crimen de muchos inventar todo género de malicias y de engaños y recurrir a la crueldad, a las injurias y al adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el vínculo conyugal, de que ya se habían hastiado, y esto con tan grave daño de la honestidad pública, que públicamente se llegara a estimar de urgente necesidad entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes.

¿Y quién podrá dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habrían de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros días? No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la índole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar público quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religión cuanto del sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todavía que fue costumbre en las mismas instituciones paganas. Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal, que desde hace ya tiempo vienen proponiendo las criminales hordas de socialistas y comunistas. En esto puede verse cuán equivocado y absurdo sea esperar el bienestar público del divorcio, que, todo lo contrario, arrastra a la sociedad a una ruina segura.

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