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El miedo en la Iglesia

Posted by francescopetrarca en 19 junio 2011

Un Artículo muy interesante del Padre José-Fernando Rey Ballesteros que reproduzco íntegramente en la sección de Otros Autores de este blog:

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=501

***

 Recomiendo a cualquiera que esté interesado en la situación actual de la Iglesia la lectura del libro de Philip Trower “Confusión y verdad: raíces históricas de la crisis de la Iglesia en el siglo XX” (Edit. El Buey Mudo, 2010). Es sorprendente la claridad con que este periodista británico de cerca de noventa años señala muchas de las llagas del Cuerpo Místico de Cristo en nuestros días. Cuesta trabajo evitar la tentación, mientras uno lee, de pensar que Trower está publicando lo que todo el mundo sabe y pocos se atreven a decir con claridad. Durante los últimos cuarenta años, el miedo ha hecho enmudecer a los sensatos y cambiar de opinión a los pusilánimes. Nos duela o no reconocerlo, y aún sabiendo que existen honrosas excepciones, el miedo sigue amordazando muchas voces dentro de la Iglesia.

    Miedo… ¿A qué? Por triste que parezca, a quedar mal. A romper con los nuevos dogmas de lo políticamente correcto y ser tachados de retrógrados y cavernarios por esa inmensa mayoría de “creyentes” que han aceptado sin apenas razonamiento alguno esos dogmas. Para saber cómo se ha formado semejante “credo”, lo mejor es que lean a Trower. Yo me limito, en estas líneas, a señalar los miedos, por si su reconocimiento explícito pudiese tener algún valor terapéutico.

    En la Iglesia hay miedo a gobernar. “Gobernar” se ha identificado, sin más, con “tiranizar”, y es considerado un ejercicio “fascista”. Un sacerdote, que ahora es obispo, me dijo en privado, en cierta ocasión: “mira, Fernando. Antes, cuando un obispo llamaba a un sacerdote, el sacerdote se presentaba temblando. Ahora, cuando sacerdote y obispo se encuentran, el que tiembla es el obispo”. No sé cómo andará de temblores ahora quien me relataba el ejemplo. Pero es cierto que hoy día se lleva más el “diálogo”; lo de “mandar” está mal visto.

    En la Iglesia hay miedo a pronunciar las palabras “pecado mortal”, “infierno”, “salvación del alma”, “purgatorio”… Todo lo que parezca indicar que el hombre puede condenarse produce más miedo que la propia condenación. Y así, estamos privando al pueblo fiel de las advertencias más necesarias para evitar los mayores peligros. La causa de esta terrible dejación es que, a menudo, los pastores tememos más a la impopularidad que al mismísimo Infierno.

    En la Iglesia hay miedo al fracaso. Es un miedo particularmente inexplicable en una Iglesia que ha nacido, precisamente, del “fracaso” de la Cruz. Pero lo cierto es que nos aterra quedarnos sin feligreses. Hay que hacer lo posible por no “ahuyentar al auditorio”, y decir las cosas con la mayor cautela y suavidad para no sacudir demasiado las conciencias. Un Juan bautista que alborotase a su asamblea llamándoles “raza de víboras” sería rápidamente decapitado en el cadalso del descrédito para entregar su cabeza, acto seguido, a la Salomé del primer banco. No queremos quedarnos solos, ya saben.

    En la Iglesia hay miedo al Misterio. Preferimos el espectáculo. La diferencia estriba en que el misterio se define por lo que esconde, mientras el espectáculo se define por lo que muestra. Nos produce pánico, en una primeras comuniones, otorgar el protagonismo a los símbolos litúrgicos que -pensamos- nadie va a entender y van a sumir a la asamblea en el aburrimiento. Por eso, y aunque sea a costa de atropellar la liturgia, preferimos subir a los niños al presbiterio para ofrecer a los familiares un espectáculo coreográfico en que los protagonistas sean sus hijos, y Dios, simplemente, la excusa. Y es que estaba yo olvidando uno de nuestros peores miedos:

    En la Iglesia hay miedo al aburrimiento. Nos aterra pensar que la gente pudiera aburrirse. ¡Hay que animar el cotarro como sea! Para que no se aburran los niños, convertimos las misas en circos; para que no se aburran los jóvenes, las convertimos en conciertos de rock; y para que no se aburran los adultos, las convertimos en asambleas o en qué sé yo qué… Hemos olvidado que el mejor antídoto contra el aburrimiento es la fe de quien celebra y predica. Cuando el maestro no tiene miedo a la verdad y habla claro, la asamblea se enfervoriza o se indigna y sale echando pestes del presbítero, pero nadie se aburre. Jesucristo tampoco aburrió a nadie… Aunque, claro, murió crucificado. Es un pequeño inconveniente. Sobre todo porque, en la Iglesia, también tenemos miedo al martirio.

José-Fernando Rey Ballesteros

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