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La Confesión que guía al Hombre Interior a la Humildad

Posted by francescopetrarca en 31 julio 2011

Este post es un extracto del libro: “El Peregrino Ruso”. Debido a su belleza y su gran utilidad lo he querido difundir en esta web.

***

Cuenta que el peregrino decide ir a confesarse con un santo anciano sacerdote que le proporciona el siguiente texto para realizar un buen Examen de Conciencia:

<< Dirigiendo la mirada sobre mí mismo y observando el curso de mi vida interior, he constatado por experiencia que no amo a Dios, que no amo al prójimo, que no tengo fe religiosa y que estoy lleno de orgullo y sensualidad. Encuentro actualmente todo esto en mí después de un cuidadoso examen de mis sentimientos y acciones.

1. No amo a Dios. Si le amase, pensaría constantemente en Él con un corazón alegre. Todo pensamiento sobre Dios me produciría un gozo inmenso. Y no es esto lo que me sucede, sino lo contrario: con mucha más frecuencia y avidez pienso en las cosas de la vida, y el pensamiento de Dios constituye para mí un árido esfuerzo. Si le amase, la conversación con Él en la oración sería para mí aliento y deleite y me induciría a una constante comunión con Él. En cambio, no sólo no gozo con la oración, sino que incluso en el momento en que la recito, tengo que esforzarme, lucho de mala gana, me debilito con la pereza y estoy dispuesto a ocuparme con cualquier tontería con tal de abreviar o suspender la oración. Cuando estoy ocupado en cosas sin importancia, siento que el tiempo vuela; en cambio cuando estoy con Dios, la hora me parece un año. Quien ama a otra persona piensa en ella constantemente, todo el día, tiene siempre ante sí su imagen, se preocupa de ella, y en cualquier circunstancia el ser amado tendrá la primacía. En cambio, yo durante el día escasamente encuentro una hora en la que pueda engolfarme en la meditación de Dios e inflamarme en su amor, y paso las otras veintitrés inmolando sacrificios a los ídolos de mis pasiones. Soy diligente en conversaciones frívolas, que degradan el espíritu; y encuentro placer en ello. En cambio, cuando se trata de pensar en Dios me encuentro árido, aburrido y perezoso. Si por casualidad alguien me induce a una conversación espiritual, hago lo posible por acabarla cuanto antes y pasar a un tema que satisfaga mis pasiones. Tengo una inagotable curiosidad de cosas nuevas, de asuntos públicos y sucesos políticos; busco ávidamente satisfacer mi amor a la cultura, ciencia o arte, y poseer cosas nuevas. En cambio, me deja indiferente el estudio de la ley de Dios, el conocimiento de Dios y de la religión. Esto no sólo no lo considero ocupación esencial para un cristiano, sino que incluso lo veo coom elementos marginales, en los que debo ocuparme, a lo sumo, en los ratos de tiempo libre. En pocas palabras: si el amor de Dios se manifiesta en la observancia de sus mandamientos (“si me amáis, guardad mis mandamientos”, dice el Señor Jesucristo, Jn 14,15), y yo no sólo no los guardo, sino que me esfuerzo muy poco por guardarlos, deberé concluir que no amo a Dios. Lo confirma San Basilio el Grande cuando dice: “la prueba de que uno no ama a Dios ni a su Cristo está en que no guarda sus mandamientos”.

2. No amo al prójimo. Efectivamente, no sólo no estoy resuelto a dar mi vida por mi prójimo (según el Evangelio), sino que ni siquiera sacrifico mi felicidad, mi bienestar y mi paz por el bien de mi prójimo. Si le amase como a mí mismo, según enseña el Evangelio, sentiría sus desgracias y me alegraría con sus alegrías. En cambio, siento curiosidad cuando me cuentan la infelicidad del prójimo, pero no me aflijo; es mñas, me quedo imperturbable, o , peor aún, encuentro una especie de placer. En lugar de disimular con amor las malas acciones de mi hermano, las corro y las juzgo. Su bienestar, honor, felicidad, deberían alegrarme como si fuesen míos. Sin embargo, no suscitan en mí sentimiento alguno de alegría, como si no me tocasen para nada. Si acaso, suscitan en mí un sentido sutil de envidia o desprecio.

3. No tengo fe religiosa. Ni en la inmortalidad ni en el Evangelio. Si estuviese firmemente convencido y creyese sin duda posible que después de la muerte me espera la vida eterna y la recompensa por las acciones terrenas, no cesaría de pensarlo ni un momento. El solo pensamiento de la inmortalidad me infundiría terror y viviría aquí como peregrino que se dirige a su patria. Desgraciadamente me sucede lo contrario; no pienso en la eternidad y considero el fin de esta vida terrena como el límite último de mi existencia. En mí se oculta un secreto pensamiento: ¿qué hay después de la muerte? Aunque diga que creo en la inmortalidad, lo digo sólo con la cabeza; el corazón está muy lejos de una firme convicción, como abiertamente testimonian mis acciones y mi ansia constante de satisfacer la vida de mis sentidos.Si acogiese el Evangelio en mi corazón con la fe que exige la palabra de Dios, me dedicaría incesantemente a su lectura, la estudiaría y haría mis delicias fijando en ella mi devota atención. La sabiduría, piedad y amor que encierra me conquistaría y me daría la alegría de estudiar día y noche la ley del Señor. Me alimentaría con ella como del pan de cada día y mi corazón sería atraído a observar sus preceptos. No habría fuerza humana que me distrajese de esta tarea. Y, sin embargo, sucede lo contrario: si escucho y leo de vez en cuando la palabra de Dios, lo hago por necesidad o curiosidad intelectual, y dado que no me acerco a ella con profunda atención, la encuentor árida y poco interesante. Normalmente llego al final sin haber sacado fruto alguno. Estoy siempre dispuesto a pasar a lecturas seculares en las que encuentro mayor placer y siempre nuevos incentivos.

4. Estoy lleno de orgullo y de sensualidad. Lo confirman todas mis acciones. Si descubro algo bueno en mí, deseo ponerlo en evidencia o vanagloriarme ante los demás, o complacerme íntimamente, en mi interior. Aunque externamente me presente como humilde, sin embargo atribuyo todo el mérito a mis fuerzas y me considero superior a los otros, o por lo menos no inferior. Si noto en mí una falta, trato de justificarla, diciendo: “estoy hecho así o no es culpa mía”. Me enrabieto con quienes no me estiman, considerándoles incapaces de estimar a los demás. Me jacto de mis cualidades, considero mi fracaso como un insulto; gozo, por el contrario, con las desgracias de mis enemigos. Si hago algo bueno, mi meta es la alabanza, la satisfacción espiritual o la consolación terrena. En síntesis: hago de mí mismo un ídolo al que doy culto ininterrumpido, buscando en toda ocasión el placer de los sentidos y el alimento de las pasiones o de la lujuria.

To estos innumerables ejemplos demuestran hasta qué punto soy orgulloso, adúltero, incrédulo y estoy desprovisto del amor de Dios y lleno de odio hacia mi prójimo. ¿Puede haber mayor pecador? No es tan mala, ni siquiera, la condición de los espíritus de las tinieblas: si bien es verdad que ellos no aman a Dios, detestan al hombre, viven y se alimentan de orgullo, por lo menos creen y tiemblan (Sant 2, 19). pero, ¿yo? ¿Puede haber destino peor que el que me espera? ¿Y quién merecerá una sentencia tan severa como yo por esta vida insensata y estúpida?dos >>

 

Una respuesta to “La Confesión que guía al Hombre Interior a la Humildad”

  1. Nombre said

    “¿Puede haber mayor pecador? No es tan mala, ni siquiera, la condición de los espíritus de las tinieblas”

    ¿No hay mayor pecador, que el de excelsa condición angélica que habiendo saboreado los dones de Dios, y habiéndole visto y podido abrazar lo rechaza por soberbia?

    No… me temo que si para el hombre hay una segunda oportunidad siempre viva en el sacramento confesión y en cambio para los espíritus de las Tinieblas no hay segunda oportunidad… me temo que por algo es… por peor más uno que el otro.

    Si el que reconoció no amar a Dios, se confiesa y no deja de intentarlo, no se confunda en la nueva vida, con la falta de “emociones”. Ellas no demuestran falta de fe, y cierto es que Teresa de Calcuta vivió una noche oscura de 40 años (Aquí su libro: http://www.4shared.com/file/235953764/8f86a49e/51806.html

    Amar a Dios no es sentir, es preferirlo y obrar por su amor. Amor es más que sentimientos… porque Dios es amor y es mucho más.

    El arrepentido no puede desesperar, la desesperanza es una ofensa contra Dios que tanto nos ama. Y la Dulce Virgen abraza con su poderoso tierno amor al pecador y lo lleva de la mano al confesonario. NO ESTAMOS SOLOS. NI EN PENSAMIENTO… Por el pensamiento que nos sostiene en vida.

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