Páginas al viento

Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

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    Intención misionera
    Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

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    Vídeo sobre como ser un digno servidor del altar (en inglés)

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Archive for 28 septiembre 2011

Ideal Personal- José Kentenich

Posted by francescopetrarca en 28 septiembre 2011

“¿Qué entendemos por Ideal Personal?… Es la idea original que desde la eternidad ha tenido Dios de mi persona y mi misión… y que puso en la base de mis talentos y mis disposiciones naturales y sobrenaturales.” (P. José Kentenich)

 

¡Es tan importante para un cristiano conocer este Ideal Personal! El Padre Kentenich hablaba continuamente sobre la necesidad de descubrirlo ya que nos revela perfectamente cuales son nuestras cualidades dadas por Dios y cual es la misión que Él nos ha encomendado.

No deja de ser maravilloso ver como Él nos ha creado en esta vida para un fin, con una misión concreta, y nos ha proporcionado los talentos necesarios para llevar esa misión a cabo. Dios nos pensó desde el Principio a todos y a cada uno de nosotros y así muestra su inmenso Amor: Él nos conoce a cada uno  por nuestro propio nombre y conoce todas y cada una de nuestras capacidades ¡pues Él las puso allí para nosotros!

¡Es más! El Padre Kentenich lo descubre para nosotros: Dios no solo nos ha hecho con capacidades naturales… ¡Sino también sobrenaturales! A unos profetas, a otros doctores, a otros pastores, a otros con capacidad de hacer milagros, a otros capaces de curar, a otros de hablar lenguas…

Debemos descubrir nuestro Ideal Personal pues si no conocemos exactamente para qué hemos sido traídos a este mundo y cuales son los talentos que vamos a negociar antes de que venga el Rey de Justicia a reinar, quizás acabemos como el pobre temeroso de la parábola que no desarrolló su talento y todo le fue arrebatado.

¿Pero cómo se llega a este Ideal Personal?  Con ojos para ver y oídos para oír para estar atentos no solo a la Palabra de Dios sino a ver las Obras de Dios… Las huellas que Él deja en nuestra Vida y que nos van llevando hacia su Voluntad si sabemos rastrearlas con diligencia. Pero no hay que despererar, pues el Reino de Dios es como un grano de mostaza y como toda semilla crece a tiempo y destiempo aunque nosotros no notemos grandes efectos inmediatos. Aunque tampoco abandonar, pues sin abono de esfuerzo y trabajo no hay semilla que crezca. Recordemos que Jesús está a nuestro lado siempre como acompañó a los discípulos de Emáus: estos no lo reconocieron y nosotros tampoco la inmensa mayoría de las veces.

Dios nos Ama y nos Ama de un modo tan maravilloso que nos quiere libres para ejercer nuestra misión o desarrollar nuestras cualidades. Busquemos ese mapa, ese Ideal Personal que llevamos impreso en nuestro Ser… Y realicémoslo para Gloria de Dios y Bien de los hombres.

Concluyamos con una oración al Espíritu Santo para animarnos en esta aventura personálisima para que con el Él podamos. Recemos con toda confianza junto con el P. Kentenich

Espíritu Santo
eres el alma de mi alma.
Te adoro humildemente.
Ilumíname, fortifícame,
guíame, consuélame.
Y en cuanto corresponde al plan
del eterno Padre Dios
revélame tus deseos.
Dame a conocer
lo que el Amor eterno desea de mí.
Dame a conocer lo que debo realizar.
Dame a concoer lo que debo sufrir.
Dame a conocer lo que, silencioso,
con modestia y en oración,
debo aceptar, cargar y soportar.
Sí, Espíritu Santo,
dame a conocer tu voluntad
y la voluntad del Padre.
Pues toda mi vida
no quiere ser otra cosa,
que un continuado y perpetuo Sí
a lso deseos y al querer
del eterno Padre Dios. Amén.

(P. Kentenich, inspirado en una oración del Cardenal Mercier)

 

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Los Sótanos del Alma

Posted by francescopetrarca en 26 septiembre 2011

Un Artículo muy interesante del Padre José-Fernando Rey Ballesteros que reproduzco íntegramente en la sección de Otros Autores de este blog:

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=516

***

“Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘no quiero’” (Mt 21, 28-29).

    “¡No quiero!”… Cuántas veces brota ese grito de las regiones más bajas y oscuras de nuestro ser. Es un rugido que nace en los sótanos del alma, y cuyo eco resuena, en ocasiones, por toda la casa como un sonido de muerte. Ese eructo del subsuelo va acompañado del hedor pestilente que acompaña siempre a tales emanaciones. Por desgracia, conozco muy bien ese temblor de los abismos. Cada vez que lo siento, tirito como un niño.

    La bestia, como he escrito, habita en los sótanos. Parafraseando el reproche con que Jesús se encaró con los fariseos, al llamarlos “sepulcros blanqueados”, podría decirse que hemos empujado toda nuestra basura al sótano, y raras veces nos atrevemos a acercarnos por allí. La casa parece limpia, los espejos brillan y en las mesas y sillas no se advierte ni una mota de polvo; los suelos casi reflejan la imagen de quien los pisa… Pero, de cuando en cuando, desde muy abajo, ascienden vahídos que provocan la arcada, mientras un eco hace temblar las paredes: “¡No quiero”

    San Pablo le llamaba “el hombre viejo”… Tan viejo, añadiría yo, que es un cadáver aún agonizante, aunque esté dotado de la pestilencia del muerto. Ruge como la bestia, y su zarpazo reclama la atención del escalofrío cada vez que despierta.

    Quizá por eso, muy pocos se atreven a descender hasta esas oscuras regiones del ser. Silban asustados cuando advierten la presencia de ese monstruo, mientras, con las manos en los bolsillos, simulan mirar por la ventana para calmar el miedo. Otros caen escaleras abajo, y se levantan para volver a subir, pensando que ha sido, tan sólo, un tropiezo; que hay que retomar el camino y seguir intentándolo… Pero muy pocos se atreven a abrir la puerta del sótano para llevar a cabo la verdadera limpieza; esa limpieza, la de lo profundo del corazón, que acabe definitivamente con la bestia que mora en los sótanos del alma. Casi habría que encomendarse a San Jorge.

    En ocasiones, se acercan algunos al confesor, y le explican, contritos, que tropezaron y cayeron escaleras abajo. Esperan unas palabras de aliento… ¡Quién no tropieza de cuando en cuando! Pero el olfato del confesor advierte algo más; el “ambientador floral” de esa casa “tan limpia” no consigue ocultar las emanaciones que brotan de debajo del suelo. Y, con cariño de padre que quiere ayudar a su hijo, le dice: “no es que hayas tenido un arrebato de soberbia, es que eres un soberbio”; “no es que hayas tenido una caída de pureza, es que eres un lujurioso”; “no es que hayas tenido un mal detalle, es que eres un perfecto egoísta”. Es entonces cuando muchos penitentes tuercen el gesto, y otros se quejan: “¡Padre, que esto sólo me ha sucedido hoy! ¡Absuélvame y déjeme en paz!”. Es más fácil reconocer que se ha hecho algo mal que reconocer que se es malo. Es más fácil decir que uno se ha caído por la escalera que admitir que tiene una bestia albergada en los sótanos del alma.

    Hace falta mucha valentía, o mejor, mucha humildad, para abrir esa puerta secreta. Y no basta con solicitar la compañía de San Jorge; es preciso invocar a San Miguel. Pero cuando esa puerta se abre, y se entabla la batalla definitiva entre San Miguel y Satanás mientras el ser entero tiembla como tiembla el campo de batalla en el terremoto de una lucha a muerte, la victoria, al final, siempre llega. Y el sótano queda perfumado con el Buen Olor de Cristo (Cf. 2Cor 2, 15). Se cumple, entonces, al fin, la bienaventuranza: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8 ). Desde ese momento, cada vez que un sonido brota desde los sótanos del alma, su voz resuena en toda la casa. “Serviam!”. Es la hora de los frutos.

José-Fernando Rey Ballesteros

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Alma de Cristo

Posted by francescopetrarca en 26 septiembre 2011

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Discurso del Papa en el Konzerthaus a los católicos comprometidos

Posted by francescopetrarca en 26 septiembre 2011

Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio,

Ilustres señoras y señores

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como “valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos” (Lumen gentium, 35). En sus ambientes de trabajo, en el momento actual, no siempre es fácil defender con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia.

Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario mediante una restructuración o la pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: “Vosotros soy testigos” (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: “Haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: “Proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, “trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima” (Carta encíclicaEcclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.

La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha alcanzado a los hombres de modo particular. El Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; y ciertamente no sólo para confirmar el mundo en su mundanidad, y ser un acompañante suyo que lo deja totalmente intacto tal como es. Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye -como dicen los Padres de la Iglesia- uncommercium, un intercambio entre Dios y los hombres, en el que ambos, aunque en un modo completamente distinto, dan y adquieren algo, entregan y reciben gratuitamente. La fe cristiana sabe que Dios ha puesto al hombre en una libertad, en la que él puede ser verdaderamente un partner y entrar en un intercambio con Dios. Al mismo tiempo, el hombre es consciente de que ese intercambio es posible sólo gracias a la generosidad de Dios que toma la pobreza del mendigo como una riqueza, para hacer soportable el don divino, pues el hombre no puede corresponder con nada equivalente.

También la Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada de autónomo ante Aquel que la ha fundada. Encuentra su sentido exclusivamente en el compromiso de ser instrumento de redención, de impregnar el mundo con la palabra de Dios y de trasformarlo al introducirlo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Ella misma está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.

Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

En efecto, las secularizaciones –sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares– han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena. Con esto la Iglesia compartía el destino de la tribu de Levi que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para, separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.

Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia “desmundanizada” resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio del adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible. La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos.

Digámoslo con otras palabras: la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía.

Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a los que los ayudan– precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia “desmundanizada” testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

 

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Reposando Madrid

Posted by francescopetrarca en 21 septiembre 2011

Un mes ha ya de que el Papa se fue.

Hubo muchas cosas que se fueron al mismo tiempo que él: unas Jornadas Mundiales de la Juventud magníficas, actividades y eventos inolvidables, muchos nuevos amigos en el Camino de Jesús…

También nos dejó muchísimas cosas para que las disfrutáramos: una Esperanza renovada, una Confirmación en la Fe, un Mensaje (el de Cristo) que transmitir, una hinchazón de Amor hacia el prójimo, la Iglesia y su Universalidad…

Durante este mes he estado en silencio reposando la gran cantidad de cosas vividas, y si a alguien le sirve la opinión de este joven, he de decir que: la JMJ es un evento inolvidable. Y es que aunque pase el tiempo (un mes, dos meses, un año…) la Jornada Mundial de la Juventud imprime un antes y un después en la Vida Espiritual de todo católico.

La JMJ ha mostrado al mundo que otra Humanidad de Valores es posible (y ha inquietado a muchos que no han soportado su increíble éxito). También una vez más a demostrado que la Iglesia es Católica-Universal donde todos, a pesar de ser de distintos países, nos entedemos hablado un único lenguaje: el del Amor. Y por supuesto ha enseñado que mucha gente (¡una inmesa cantidad de gente!) no significan problemas y altercados… Sino que mucha gente, cuando se reúne por Jesús, significa Alegría, Paz y Testimonio.

Hay que seguir por tanto mostrando la JMJ al mundo pues no podemos dejar en el olvido este “revulsivo” para esta sociedad; además, recordarla y rememorarla nos ayudará a mantenernos Firmes en la Fe y Arraigados en Cristo. Hay que seguir hablando de la Jornada a tiempo y a destiempo y mostrando las imágenes continuamente al igual que los críticos con ella hacen ahora; pues la memoria que debe permanecer es la Verdad, la vivida (que fue gozo) y no las manipulaciones que desde distintos medios se están haciendo.

Demos gracias a Dios por las gracias recibidas y pidamos con insistencia que nos hayamos transformado en instrumentos de su Voluntad y que todos los jóvenes que participamos en dicho evento vivamos siempre unidos a Cristo y a su Iglesia.

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