Páginas al viento

Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

  • Intenciones del Santo Padre. Julio 2015

    Intención general

    Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.

    Intención misionera
    Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

  • Vídeo mensual

    Vídeo sobre como ser un digno servidor del altar (en inglés)

    The Altar Server

  • Visión Actual

    Publicación de la Comisión Teológica Internacional sobre la Teología Hoy.

    Publicación

Archive for 28 octubre 2011

Asís: Religión, anti-religión, verdad

Posted by francescopetrarca en 28 octubre 2011

Artículo del P. Guillermo Juan Morado publicado en Infocatólica que nos resume lo esperado por Benedicto XVI en el encuentro interreligioso de Asís. Y es que este Papa sabe siempre lo que se hace a pesar de las críticas al respecto.

http://infocatolica.com/blog/puertadedamasco.php/1110281249-asis-religion-anti-religion-v#more14191

***

El papa ha preparado y explicado la “Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo” que ha tenido lugar en Asís. El título de este acontecimiento era: “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz”.

En la audiencia del miércoles, 26 de octubre, se refirió al renovado empeño en favor de la “promoción del verdadero bien de la humanidad y en la construcción de la paz”. Una tarea que el papa no desea llevar a cabo aisladamente, sino “junto a los miembros de las diversas religiones, e incluso con hombres no creyentes pero sinceramente en búsqueda de la verdad”.

Un cristiano está convencido de que la mejor contribución a la paz es la oración. El rey de la paz, profetizado por Zacarías, es Jesús. Su poder radica en la potencia de Dios, que es la del bien y del amor. Ese poder se realiza en la Cruz. En la “gran red de las comunidades eucarísticas” se hace real hoy este Reino de paz.

Los cristianos podrán construir este reino si no ceden a la tentación de convertirse en “lobos entre los lobos”; por el contrario, han de apoyarse, como San Pablo, en la fuerza de la Cruz.

 

¿Qué esperaba el papa del encuentro de Asís? Él mismo lo ha especificado: favorecer el diálogo entre las personas de diversas pertenencias religiosas y portar un rayo de luz “capaz de iluminar la mente y el corazón de todos los hombres, para que el rencor ceda el puesto al perdón, la división a la reconciliación, el odio al amor, la violencia a la mansedumbre”.

¿Qué ha dicho el papa en Asís? Creo que su profunda intervención se puede resumir en torno a tres conceptos: religión, anti-religión y verdad.

La religión, se ha señalado desde la Ilustración, puede ser causa de violencia. “Que la religión motive de hecho la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar profundamente”, anota el papa. Y la religión puede ser causa de violencia no solo si legitima el terrorismo, sino también, aunque de modo más sutil, cuando los defensores de una religión ejercen la violencia en contra de otros.

Pero una religión violenta no es verdadera religión. La violencia deforma y destruye la religión. El papa puede afirmarlo basándose en la religión cristiana: “La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro”. Un cristianismo violento sería, pues, un cristianismo deformado.

Pero el monopolio de la violencia no lo tiene la religión “deformada”. También la anti-religión puede degenerar, y degenera, en violencia. La negación de Dios va unida a la pérdida de humanidad. Y no solo en el ateísmo impuesto por el Estado, sino también en lo que el papa llama la “decadencia del hombre”, motivada por la idolatría del “tener y del poder”, cuando ya el hombre no cuenta nada, sino únicamente el beneficio personal.

Entre una religión pervertida y una anti-religión inhumana llama la atención la referencia del papa a “otra orientación de fondo”. Se refiere al mundo del agnosticismo. Más que al agnosticismo como doctrina, que objetivamente no podría ser objeto de elogio, el papa alude a “personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están a la búsqueda de Dios”.

Creo que, en esta sugerencia, Benedicto XVI se hace eco la pregunta del hombre por la verdad o, dicho de otro modo, del desafío que la razón que busca plantea tanto a la religión como a la anti-religión. A los ateos combativos, esta actitud les despoja de “su falsa certeza”. Pero también esta orientación cuestiona a los seguidores de las religiones para que “no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta tal punto de sentirse autorizados a la violencia respecto de los demás”.

En definitiva, y aun al margen de la fe, la búsqueda honrada de la razón invita a la religión a purificarse. Como había dicho el papa en Ratisbona, citando a Manuel II Paleólogo, “no actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios”.

El encuentro de Asís no ha sido solo un encuentro de personas de diversas religiones. Su objetivo ha sido mucho más amplio; se ha tratado de “estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho”.

Guillermo Juan Morado.

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Poema Anónimo

Posted by francescopetrarca en 24 octubre 2011

Me llamáis Luz y no me creéis.

Me llamáis Camino y no me recorréis.

Me llamáis Vida y no me deseáis.

Me llamáis Maestro y no me seguís.

Me llamáis Señor y no me servís.

Decís que soy Rico y no me pedís.

Decís que soy Misericordioso y no confiáis en Mí.

Decís que soy Justiciero y no me teméis.

Si un día no os reconozco, no os extrañéis.

 

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Dos monjas, un Papa

Posted by francescopetrarca en 23 octubre 2011

A lo largo de esta última semana ha saltado a la palestra informativa el abrazo dado por Sor Verónica, superiora del Instituto Iesu Communio, a Benedicto XVI.

Ha habido gestos de profundo rechazo, otros eran de inmensa alegría y otros de indiferencia.  Algunos han salido al paso en sus bitácoras alabando a una intrépida monja verdaderamente “evangélica”, otros blogs  han argumentado que el protocolo es lo primero, algunos han defendido a dicha monja de los ataques y los últimos pasaron al más chabacano y ruín de los ataques y las acusaciones: estrategia calculada, abrazo hipócrita para conseguir el favor del Santo Padre, etc…

Ya con el tema de actualidad más calmado, me gustaría a mí comentar mi punto de vista. Yo he sido de los que han visto en el abrazo de Sor Verónica al Papa un profundo color de Evangelio. Yo he sido de los que se han alegrado y han vibrado de gozo y de los primeros en dar Glorias y Alabanzas a Dios por ver que su Buena Noticia se cumple. Pensé en un pasaje muy concreto de la Biblia: Lucas 7, 36-49.

Este es el pasaje de la pecadora arrepentida. En él vemos como una mujer pecadora enjuaga con lágrimas, besa y unge con perfume los pies de Jesús mientras éste come en casa de un fariseo. El fariseo se escandaliza y cuestiona la autoridad de Jesús (“¡Si éste fuera profeta conocería quién y qué clase de mujer le toca!”). Y Jesús inmediatamente, conociendo los pensamientos de su corazón, le salta al paso con la enseñanza de Vida: “Por lo cual te digo que si ama mucho es porque se le han perdonado sus muchos pecados. Al que se le perdona poco, ama poco”.

Esto mismo es lo que ha pasado entre Benedicto XVI y Sor Verónica. Sor Verónica AMA MUCHO porque se la ha perdonado mucho. Lejos de la Iglesia gran parte de su juventud, de aquí para allá… Hasta el momento del retorno a la Fe con su conversión y su entrega de por Vida al Esposo. Sor Verónica sabe lo que es reconocerse como una gran pecadora, pedir perdón y encontrar la Gracia de la Salvación. ¡Por eso ama tanto!

Los que la critican aman poco. Se parecen a aquel fariseo que cuestiona el poder de Dios y lo ven todo con malos ojos. Hoy dicen: “¡Qué indecencia! Debería seguir las reglas del protocolo”, “Un cristiano no actúa así”, “Es una engreída que busca puntos… ¡si el Papa lo supiera la rechazaría en el acto!”. Cuestionando así a un mismo tiempo el criterio del Santo Padre y de esta Venerable Monja.

Yo la admiro por haber sido capaz de dar Amor y más que Amor desde que recibió el Perdón y entró en la Vida. Y la animo a seguir caminando por la senda de la puerta estrecha. ¡Y me alegro de que haya ejemplos de mucho Amor y Entrega al otro en un mundo que solo valora el Yo!

La excelencia no está en el Protocolo, que son tradiciones humanas. La excelencia está en el Amar y Amar hasta reventar.

 

¡Y hablaba de dos monjas! ¿Quién es la segunda? Saltó también de modo más discreto durante esta semana el ejemplo de otra monja, aunque es un poco más antiguo en el tiempo. Se trata de una Superiora Carmelita que intercambió un breve saludo con el Santo Padre previamente al encuentro de Jóvenes religiosas en la JMJ de Madrid.

Dicha monja se arrodilló a los pies de Benedicto XVI y tomándole las manos habló con él y le escuchó durante algunos minutos sin siquiera levantarse un palmo del suelo.

Para mí esa postura de gran respeto y reverencia delata otra forma, ¡y muy importante!, de Amor. Un Amor que mira a la otra persona como un Ser creado por Dios y Amado por Dios con un Amor Infinito. Un Amor que mira a la otra persona como alguien a quien Servir. Un Amor que mira, en este caso particular, a un Apóstol que trae la Buena Noticia. Y resuena también a Evangelio: Lucas 10, 38-42.

María de Betania que se encontraba a los pies del Señor dispuesta a escuchar la mejor parte: la Palabra.

Estas dos monjas nos enseñan a todos los cristianos que hay distintas formas de entender el Amor… Una desde el arrebato del Espíritu y el Abrazo de la Paz y Amor. Otra desde el Silencio Profundo del Corazón y el Amor oculto en los gestos de la atenta Escucha.

No despreciamos a ninguna pues ambas hacen Evangelio. Y no nos empeñemos en preferir o en infravalorar a una u otra… Pues las divisiones y disensiones son fruto de la carne, pero no del Espíritu.

Simplemente Amemos tal y como ellas dan Testimonio.

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El Andador del Papa y la Fe del cristiano

Posted by francescopetrarca en 20 octubre 2011

Un Artículo de actualidad escrito por el Padre José-Fernando Rey Ballesteros que reproduzco íntegramente en la sección de Otros Autores de este blog:

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=520

***

Cuando no hay fe, uno puede mirar a la Iglesia y ver, simplemente, a una “multinacional” del espíritu. Quizá la más veterana y filantrópica de las multinacionales, pero, al fin y al cabo, una multinacional.

    Cuando no hay fe, uno piensa que la multinacional eclesiástica debe regirse por los criterios de productividad que rigen el resto de organizaciones de este estilo, aunque, en el caso de la Iglesia, tengamos que traducir estos criterios a un ámbito más refinado: lograr el máximo beneficio espiritual con el mínimo esfuerzo corporal; es decir, optimizar.

    Cuando no hay fe, uno piensa que la Iglesia, como cualquier otra multinacional, debe adaptarse a los tiempos y plegarse a las modas, sin las cuales es muy difícil sobrevivir en el mundo del marketing. Hoy día, la imagen pública de una empresa debe ofrecerla una persona joven, dinámica, y, a ser posible, con buena presencia. Los viejos no venden.

    Cuando no hay fe, la Cruz es un insulto a la productividad; porque, cuando no hay fe, la Cruz supone la negación de todas las leyes del mercado: máximo esfuerzo y mínimo beneficio; dejarse matar y asustar a los clientes hasta el punto de hacerlos huir despavoridos…

    Cuando no hay fe, una joven universitaria que ingresa en un convento de clausura es el mayor de los absurdos. Con tan buena imagen, tan excelente preparación y tan cumplidas dotes, más le valdría dedicarse a las obras sociales y sacar así fruto a sus talentos.

    Ignoro si el director de “Religión Digital” tiene fe. Pero afirmo que escribe como si no la tuviese. Cuando este hombre ve al Papa recorrer en una plataforma móvil los cien metros que mide la Basílica de San Pedro para evitar el cansancio, todo lo que piensa es que se acerca el momento de su renuncia voluntaria. Además, se congratula de ello, interpretando que “Benedicto XVI no parece estar dispuesto a ser un Papa paralítico y, mucho menos, un Papa mudo”. Aunque esto ya no es cuestión de fe, un servidor no sabía que los papas hablasen con los pies.

    Continúa el director de “Religión Digital” diciendo que esa renuncia que él parece esperar con gran deseo sería “un gesto de amor y entrega tan loable (o quizá más) que permanecer atado al solio pontificio”

    Lástima que este hombre escriba como si no tuviese fe. Porque, si escribiese como escribiría quien tiene fe, el mismo acontecimiento le hubiera servido para un artículo muy distinto.

    Cuando se tiene fe, la imagen de un Papa agotado, incapaz de caminar cien metros sin desfallecer es la imagen de Cristo cargado con la Cruz, camino del Calvario. Uno podría orar durante horas y llorar de amor ante esa imagen.

    Cuando se tiene fe, se escuchan con gran tristeza los reproches de los sumos sacerdotes al Crucificado: “¡Que baje ahora de la Cruz!”.

    Cuando se tiene fe, se sabe que el Buen Pastor estuvo dispuesto a ser paralítico y mudo, cosido a un Madero, porque sólo desde ese Madero, que es trono de gracia, se gobierna la Iglesia.

    Y, por último, cuando se tiene fe, no se habla de un Papa que quiera “permanecer atado al solio pontificio”, sino de un Papa que sabe que sólo puede ser Papa si “permanece clavado a la Cruz”.

    Son cosas distintas, ¿verdad?

José-Fernando Rey Ballesteros

 

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Carta en forma de Motu Propio: PORTA FIDEI – Benedicto XVI

Posted by francescopetrarca en 17 octubre 2011

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPIO

PORTA FIDEI

DEL SUMO PONTÍFICE

BENEDICTO XVI

CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE

 

1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca». Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla». Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios, para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».

En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo». El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios. Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf.Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

Misma misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.

Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial… Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».

Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.

En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf.Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf.Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por  la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.

BENEDICTUS PP XVI

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¿Teísmo de los Ateos?

Posted by francescopetrarca en 8 octubre 2011

Un interesantísimo artículo escrito por Monseñor Williamson sobre uno de los más grandes compositores de todos los tiempos: Brahms. Lo reproduzco con profundo asentimiento en lo expresado en él.

***

Hay una fascinante cita del famoso compositor alemán, Johannes Brahms (1833-1899), que muestra como un hombre puede no tener ninguna fe religiosa, y, sin embargo, reconocer aún que existe un orden objetivo. Tal reconocimiento es un ancla en la realidad y le dio a Brahms acceso a mucha belleza que se refleja en su música. La crisis de innumerables almas modernas es que están convencidas de que no existe absolutamente nada objetivo ¡Están encarceladas en su propia subjetividad que las lleva a una cárcel vacía, y a una música suicida!

En 1878 Brahms compuso para un violinista excepcional, su amigo Joseph Joachim (1831-1907), una de sus obras mas encantadoras y amadas, el Concierto en D para violín. Cuando escuchó a Joachim tocarlo, dijo, “Humm – sí…se podría ejecutar de esa manera”. En otras palabras, mientras Brahms estaba componiendo el Concierto, lo había estado escuchando mentalmente siendo ejecutado de tal y tal manera, pero reconoció que la interpretación algo diferente que otro pudiera hacer de su composición, era también legítima.

Ahora bien, indudablemente hay maneras de ejecutar el Concierto que Brahms no hubiera aceptado, pero siempre que un intérprete usare su composición aproximándose de una manera diferente al objetivo que Brahms se había fijado componiéndolo, entonces él, Brahms, no se veía en la necesidad de insistir en su propia manera de ejecutarlo. El fin objetivo importaba mas que la interpretación subjetiva, de tal manera que si al componer la obra, Brahms hubiera ofrecido a toda clase de intérpretes un acceso a ese fin, entonces – dentro de ciertos límites — todos ellos hubieran sido aceptados por Brahms para ejecutar el Concierto de la manera que ellos quisieran. Lo objetivo por encima de lo subjetivo.

En última instancia esto significa: Dios por encima del hombre; sin embargo Brahms no era creyente. El compositor Católico Checo , Antonin Dvorak (1841-1904), amigo y admirador de Brahms, dijo una vez de él, “¡Que gran hombre! ¡Tan gran alma! ¡Y cree en nada! ¡Cree en nada!” Brahms no era Cristiano — deliberadamente dejó de mencionar a Jesucristo en su Requiem Alemán. Ni admitió pertenecer a cualquier categoría de creyentes – dijo que en su Requiem los textos de la Biblia que había usado, lo fueron por su expresión del sentimiento mas que por cualquier profesión de religión. Lo subjetivo por encima de lo objetivo. Y a este descreímiento de parte de Brahms corresponde, uno puede opinar, la carencia de cierta espontaneidad y alegría en buena parte de su música.

¡Pero cuanta belleza casi otoñal contiene su música, y que orden cuidadosamente elaborado! Este arte musical con su reproducción de las bellezas de la Naturaleza, por ejemplo en el Concierto para violín, recuerda Nuestro Señor diciendo como hay almas que de palabra lo niegan pero que lo honran en sus actos (Mt.XXI, 28-29). Hoy día, cuando la mayoría de las almas lo niegan de palabra, cuantos habrá que de una u otra manera honran, por ejemplo en la música o en la Naturaleza, al menos el orden que Nuestro Señor implantó a través de todo su universo. Una tal fidelidad no es de ninguna manera aún la Fe Católica, necesaria para salvarse, pero es por lo menos esta mecha humeante que no tiene que ser apagada (Mt.XII,20).

Dios quiera que todos los Católicos dotados de la plenitud de la Fe tengan discernimiento a favor de tales almas alrededor de ellos, y tengamos compasión por las muchedumbres apartadas de Dios por sus enemigos, en la música asi como en todas las esferas (Mc.VIII,2).

Kyrie eleison

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Somos únicos- José Kentenich

Posted by francescopetrarca en 4 octubre 2011

“No abandonemos nuestra individualidad, ese sello de nuestro ser y obrar que nos es propio, que nos es innato. No midamos a todos con la misma vara, no seamos malas copias de un modelo, no seamos copias, porque cada uno de nosotros ha de ser original”  (P. José Kentenich)

 

 

El Padre Kentenich fue el primero de los apóstoles de la juventud en el mundo nuevo del siglo XX y con su gran inteligencia, vislumbró rápidamente cual iba a ser el principal mal de este tiempo: la pérdida de la Persona.

Somos únicos. Hemos sido hechos de una forma plenamente original. Todos estamos llamados a una misión muy concreta y somos muy diferentes entre nosotros aunque no podamos apreciarlo en este mundo que busca perder a la persona en la sociedad y no que la Sociedad “se pierda” por el Bien de la Persona.

La misión que nos tiene encomendada Dios solo se puede cumplir teniendo en cuenta esa gran dignidad que tiene la Persona humana. Científicamente hablando, todo individuo tiene su propia secuencia genética que lo hace único en toda la Historia (precisamente por esto el aborto es el gran mal de eliminar Individuos únicos e irrepetibles. Jamás nacerá un hombre o una mujer igual. Jamás).

Para ello, el P. Kentenich, educaba a los jóvenes alertándolos de esos males para poder defender la Verdad: no seas copias, no seais iguales, no seais masa-colmena humana…

No seamos copias ni iguales. La gran tendencia es la búsqueda de ídolos o modelos que copiar para llenar este vacío que conlleva la “inexistencia”: la nada a la que nos somete esta sociedad anónima. Pero Dios no es así con nosotros. Él nos conoce, nos Ama con Amor infinito a cada uno y sobre cada uno de nosotros piensa: “Eres mi hijo, la más bella de mis criaturas”.

También nos dice “que no midamos a todos con la misma vara”. Cada uno tiene sus cualidades, sus manías, sus defectos, sus caídas, sus faltas, sus deseos, sus sueños… La única vara de medir es la de la Misericordia, pues si no perdonamos, ¿cómo vamos a pedir que nos perdone el Padre? Y si medimos muy severamente o pasamos a todos por una vara muy dura, ¿cómo pediremos luego que seamos medidos más suavemente ante nuestros innumerables pecados por el Hijo que Juzga?

Los católicos tenemos que ir y mostrar el Triunfo de Cristo y llevar su mensaje de Amor y de Perdón. Recordar al mundo que no busque modelos sino que se fije solo en Jesús. Recordar a cada ser humano su infinito valor a los ojos de nuestro Señor. Recordar la belleza de una misión que solo podemos construir uno a uno: el Reino de Dios.

Seamos individuos en un mundo que busca hacer olvidar el sentimiento de “comunión humana”. Y es que la comunión es la suma de los Miembros añadidos a Cristo y no la suma de falsas individualidades a las que se compra con falsas libertades para ser integradas en un Todo inservible y manejable.

Como detalle, me hacen gracia los autodenominados “antisistema”, siendo ellos los más sistemáticos de todos los hombres.

¡Católicos! Seamos valientes y auténticos “antisistema”, pues el sistema del mundo es Perdición. Pongamos en evidencia y hagamos patente el Amor que Dios nos tiene con nuestras virtudes: para que así los hombres alaben al Padre al ver nuestras Buenas Obras.

Seamos Alma Viva.

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