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Dos monjas, un Papa

Posted by francescopetrarca en 23 octubre 2011

A lo largo de esta última semana ha saltado a la palestra informativa el abrazo dado por Sor Verónica, superiora del Instituto Iesu Communio, a Benedicto XVI.

Ha habido gestos de profundo rechazo, otros eran de inmensa alegría y otros de indiferencia.  Algunos han salido al paso en sus bitácoras alabando a una intrépida monja verdaderamente “evangélica”, otros blogs  han argumentado que el protocolo es lo primero, algunos han defendido a dicha monja de los ataques y los últimos pasaron al más chabacano y ruín de los ataques y las acusaciones: estrategia calculada, abrazo hipócrita para conseguir el favor del Santo Padre, etc…

Ya con el tema de actualidad más calmado, me gustaría a mí comentar mi punto de vista. Yo he sido de los que han visto en el abrazo de Sor Verónica al Papa un profundo color de Evangelio. Yo he sido de los que se han alegrado y han vibrado de gozo y de los primeros en dar Glorias y Alabanzas a Dios por ver que su Buena Noticia se cumple. Pensé en un pasaje muy concreto de la Biblia: Lucas 7, 36-49.

Este es el pasaje de la pecadora arrepentida. En él vemos como una mujer pecadora enjuaga con lágrimas, besa y unge con perfume los pies de Jesús mientras éste come en casa de un fariseo. El fariseo se escandaliza y cuestiona la autoridad de Jesús (“¡Si éste fuera profeta conocería quién y qué clase de mujer le toca!”). Y Jesús inmediatamente, conociendo los pensamientos de su corazón, le salta al paso con la enseñanza de Vida: “Por lo cual te digo que si ama mucho es porque se le han perdonado sus muchos pecados. Al que se le perdona poco, ama poco”.

Esto mismo es lo que ha pasado entre Benedicto XVI y Sor Verónica. Sor Verónica AMA MUCHO porque se la ha perdonado mucho. Lejos de la Iglesia gran parte de su juventud, de aquí para allá… Hasta el momento del retorno a la Fe con su conversión y su entrega de por Vida al Esposo. Sor Verónica sabe lo que es reconocerse como una gran pecadora, pedir perdón y encontrar la Gracia de la Salvación. ¡Por eso ama tanto!

Los que la critican aman poco. Se parecen a aquel fariseo que cuestiona el poder de Dios y lo ven todo con malos ojos. Hoy dicen: “¡Qué indecencia! Debería seguir las reglas del protocolo”, “Un cristiano no actúa así”, “Es una engreída que busca puntos… ¡si el Papa lo supiera la rechazaría en el acto!”. Cuestionando así a un mismo tiempo el criterio del Santo Padre y de esta Venerable Monja.

Yo la admiro por haber sido capaz de dar Amor y más que Amor desde que recibió el Perdón y entró en la Vida. Y la animo a seguir caminando por la senda de la puerta estrecha. ¡Y me alegro de que haya ejemplos de mucho Amor y Entrega al otro en un mundo que solo valora el Yo!

La excelencia no está en el Protocolo, que son tradiciones humanas. La excelencia está en el Amar y Amar hasta reventar.

 

¡Y hablaba de dos monjas! ¿Quién es la segunda? Saltó también de modo más discreto durante esta semana el ejemplo de otra monja, aunque es un poco más antiguo en el tiempo. Se trata de una Superiora Carmelita que intercambió un breve saludo con el Santo Padre previamente al encuentro de Jóvenes religiosas en la JMJ de Madrid.

Dicha monja se arrodilló a los pies de Benedicto XVI y tomándole las manos habló con él y le escuchó durante algunos minutos sin siquiera levantarse un palmo del suelo.

Para mí esa postura de gran respeto y reverencia delata otra forma, ¡y muy importante!, de Amor. Un Amor que mira a la otra persona como un Ser creado por Dios y Amado por Dios con un Amor Infinito. Un Amor que mira a la otra persona como alguien a quien Servir. Un Amor que mira, en este caso particular, a un Apóstol que trae la Buena Noticia. Y resuena también a Evangelio: Lucas 10, 38-42.

María de Betania que se encontraba a los pies del Señor dispuesta a escuchar la mejor parte: la Palabra.

Estas dos monjas nos enseñan a todos los cristianos que hay distintas formas de entender el Amor… Una desde el arrebato del Espíritu y el Abrazo de la Paz y Amor. Otra desde el Silencio Profundo del Corazón y el Amor oculto en los gestos de la atenta Escucha.

No despreciamos a ninguna pues ambas hacen Evangelio. Y no nos empeñemos en preferir o en infravalorar a una u otra… Pues las divisiones y disensiones son fruto de la carne, pero no del Espíritu.

Simplemente Amemos tal y como ellas dan Testimonio.

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