Páginas al viento

Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

  • Intenciones del Santo Padre. Julio 2015

    Intención general

    Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.

    Intención misionera
    Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

  • Vídeo mensual

    Vídeo sobre como ser un digno servidor del altar (en inglés)

    The Altar Server

  • Visión Actual

    Publicación de la Comisión Teológica Internacional sobre la Teología Hoy.

    Publicación

Archive for 30 enero 2012

El antídoto

Posted by francescopetrarca en 30 enero 2012

Sobre saber divino, el tiempo humano, la predestinación y la Redención del hombre.

Por Louis de Wohl

***

Dios es omnisciente», aprendemos. Por tanto tuvo que saber que nosotros los hombres abusaríamos del don que nos hizo de la libre voluntad. O sea, que en definitiva es culpa suya el que haya sucedido así. En definitiva, es Dios quien tiene la culpa de todo.

 
Con esta lógica falsa intentamos cargar a Dios con nuestras propias culpas. Siempre hemos sido cobardes morales. Ya el propio Adán intentó echar la culpa de su pecado a Eva. El error básico consiste en que aplicamos de modo totalmente erróneo el concepto de omnisciencia. Y esto lo hacemos porque nos imaginamos a Dios como a un hombre omnisciente.

 
Nosotros los hombres vivimos en el tiempo, es decir en un continuo discurrir de las cosas. Dios, sin embargo, vive fuera del tiempo. Para nosotros existe el pasado, el presente y el futuro. Para Dios todo es un eterno ahora. Por tanto no tiene ningún sentido hablar de que Dios sabía (pasado) lo que pasaría (futuro). Dios sabe. Para nosotros el presente es un instante mínimo, ya se ha convertido en pasado. Para Dios todo es presente. Y precisamente por eso es omnisciente. El no prevé –como el profeta–. El ve. Para Él no existe ni antes ni después. El concepto de tiempo es, como todo lo demás, parte de su Creación. Pero Él está por encima de su Creación y por ello por encima de todo lo temporal. Él crea al hombre (nosotros decimos: creó). El sabe (nosotros decimos: sabía) que el hombre peca (ha pecado). El posee el antídoto ¿Cuál es el antídoto contra la debilidad y la maldad? Todas las madres lo saben. Precisamente para la oveja negra, para el hijo malo y perverso, ellas sienten el doble y el triple de amor. Dios responde a nuestra caída con un Amor inmenso. Su antídoto es hacerse hombre Él mismo soportando en la cruz nuestras culpas, todas las culpas de todos los hombres de todas las épocas.

 
Y este hecho es el que eleva al cristianismo por encima de todas las demás religiones. El inocente ha cargado con nuestras culpas. Al hacerse hombre Cristo se ha convertido en hermano nuestro. Por eso nos enseñó a llamar «Padre» al Creador del universo. De criaturas de Dios nos convertimos en hijos de Dios. Esta es la respuesta del Amor. Este es el antídoto.

 

 

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¿Por qué me tengo que confesar con un cura?

Posted by francescopetrarca en 29 enero 2012

Excelente artículo sobre el sacramento de la Penitencia: ¿por qué hay que frecuentarlo? ¿quién es el ministro? ¿objeciones más comunes?

Tomado del blog del Sacerdote argentino Eduardo Volpacchio.

http://algunasrespuestas.blogspot.com/2005/10/por-qu-me-tengo-que-confesar-con-un.html

***

Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,9-10).
De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir “deshacernos” de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.

Como respeto nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, broncas, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.

La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote .

Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.

Algunas razones por las que tenemos que confesarnos

1. En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar ” (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando querés que Dios te borre los pecados, sabés a quien acudir, sabés quienes han recibido de Dios ese poder.

Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: “Confiesen mutuamente sus pecados” (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.

3. Porque en la confesión te encontrás con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confesás con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: “Yo te absuelvo de tus pecados” ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice “Esto es mi cuerpo”, y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confesás, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.

4. Porque en la confesión te reconciliás con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».

5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.

6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:

a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.

b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en off-side: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.

c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: “quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.

7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.

8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.

Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión

a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.

b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos “obliga” a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.

c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al “paciente”? Y te cobran para escucharte… y al “paciente” le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.

d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.

e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando “salimos” de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.

f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.

g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.

h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.

i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.

j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de bajoneo, pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…

k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.

l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.

Algunos motivos para no confesarse

1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos.
Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permitime decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (podés mirar Mt 9,1-8).

2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios.
Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos peros…
Pero… ¿cómo sabés que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchás alguna voz celestial que te lo confirma?
Pero… ¿cómo sabés que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere “deshacerse” del pecado.

Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: “Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo.”

3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?
Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.

4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?
El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.

5. Me da vergüenza…
Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confesás poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superás esa vergüenza.
Además, no creas que sos tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…
Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.

6. Siempre me confieso de lo mismo…
Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañás o lavas la ropa, no esperás que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

7. Siempre confieso los mismos pecados…
No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los “nuevos”, es decir los cometidos desde la última confesión.

8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso…
El desánimo, puede hacer que pienses: “má si…, es lo mismo si me confieso o no, total nada cambia, todo sigue igual”. No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentido
Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro dejalo en las manos de Dios…

10. Y si el cura piensa mal de mi…
El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importás… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.

11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…
No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

12. Me da fiaca…
Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…

13. No tengo tiempo…
No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animás a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplicá el número de horas diarias que ves por el número de días…)?

14. No encuentro un cura…
No es una raza en extinción, en Argentina hay varios miles. Agarrá la guía de teléfono (o llamá a 110). Buscá el teléfono de tu parroquia. Si ignorás el nombre, buscá por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te podés confesar… e incluso perdirle una hora… para no tener que esperar.

P. Eduardo María Volpacchio

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Amar o ser amado- Beato Tomás de Kempis

Posted by francescopetrarca en 17 enero 2012

“Ni quieras tampoco ocupar el corazón de alguien, ni que otro ocupe tu corazón por amor; más bien que Jesús esté en ti y en todo hombre bueno.” (Bto. Tomás de Kempis)

 

 

La Imitación de Cristo es un libro que se vende a sí mismo con cualquiera de las sentencias que se puedan publicar de él. Ha sido y es un soporte espiritual para millones de personas, entre las que me encuentro, y recomendadísimo por grandes santos como San Juan Bosco. En él, el autor nos relata mediante breves frases diversos temas a lo largo del libro dedicados a la vida espiritual, la consolación interior o el santísimo sacramento del altar. Todos los apartados son tratados desde un profundo conocimiento de la naturaleza humana por parte del escritor que llega en muchísimos fragmentos a sacudirnos los más inamovibles cimientos de nuestra alma y a replantearnos nuestra vida cristiana una y otra vez. Es más, es un libro que nunca se acaba: hay que releerlo constantemente (y yo diría, diariamente); pues cada lectura es distinta, cada día se descubre un aspecto nuevo.

En una relectura que hice, la frase que quiero comentar me asaltó casi desde lo más profundo de mi corazón. ¿Cuántos no andamos por el mundo queriendo ser amados? ¿Cuántos no andamos por el mundo queriendo amar más? Pero el autor nos proporciona una solución a este problema: “que Jesús esté en ti y en todo hombre bueno“.

Si Jesús está dentro de nosotros, todos los problemas relacionados con el amor se solucionan de un plumazo… Él es Amor. ¿Por qué no pedimos mejor que el Amor habite en nosotros? Solo así llegaremos al punto de quedar satisfechos, pues Él habitará en nuestros corazones y Él obrará en nosotros con su gracia. Sin Él, el Amor está vacío y se convierte en un mero deseo altruista: “querer amar más“; o en un simple egoísmo: “quiero ser amado” o “quiero amar más porque me siento mal”. El Amor no se pide ni se exige. El Amor se vive. Y el Amor solo se vive si la Vida vive en ti. Si la Verdad mora en ti. Si el Camino guía tus pasos. Si Jesús está contigo. ¡Y más que contigo! ¡Con todo hombre bueno!

 ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! ¡Que Jesús habite en vosotros para que seais hombres que ejerciten el más alto de los dones según san Pablo: el Amor por medio del Salvador! No podemos desear que en el mundo haya justicia, ni bien, ni paz… si no deseamos, si no oramos, si no pedimos que sea Jesús el que habite en el corazón de todos los hombres y mujeres buenos. El Reino de Dios solo vendrá si adaptamos nuestros corazones al Corazón de Jesús y si pedimos tener a Jesús en nosotros como la Santísima Virgen tiene a su Hijo en su precioso Corazón Inmaculado.

Es más, y la semana de oración por los cristianos que se inicia mañana me sirve de excusa para recordarlo; no existirá la unión entre los cristianos si no pedimos a Jesús que habite en todos nosotros, si no dejamos a Aquel que dijo: “Padre, que sean uno como Tú y Yo lo somos” obrar con todo su poder en nuestro interior para que nos haga humildes y capaces de superar nuestras divisiones, rencillas, politiqueos… y así comenzar a caminar juntos desde el Amor y poder participar juntos en el mismo banquete Eucarístico hasta que Él venga y seamos revestidos de su Gloria.

No queramos otra cosa: solo que Jesús more en nosotros.

Amén.

 

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Mandato anti-apostólico

Posted by francescopetrarca en 15 enero 2012

Excelente artículo del padre José Fernando Rey Ballesteros:

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=532

 

***

 Cuando Jesús de Nazareth limpió de la lepra al pobre hombre que se había postrado ante Él, “le despidió al instante, prohibiéndole severamente: ‘Mira, no digas nada a nadie’” (Mc 1, 43-44). Semejante cautela se sitúa en las antípodas del “Mandato Apostólico” que, después de su Resurrección, encomendará a toda la cristiandad: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). El cambio en las recomendaciones del Señor tiene su lógica: la discreción de los comienzos era necesaria para prolongar, lo más posible, la vida pública; y el anuncio universal de la salvación es apremiante una vez que la obra de la Redención se ha consumado.

    También tiene su lógica la desobediencia del leproso: “Él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia” (Mc 1, 45). A pesar del consejo del Maestro, lo que le había sucedido a aquel hombre era demasiado grande, demasiado revolucionario, como para mantenerlo en secreto. “Si no lo grito -pensaría el antiguo leproso- reviento”. Su anuncio no fue el resultado de un propósito misionero; fue, simplemente, el estallido de gozo de un hombre cuya vida había cambiado por completo. Su desobediencia, por tanto, era disculpable.

    Menos disculpable es la nuestra. No deja de ser paradójico que aquél a quien el Señor le prohibió hablar gritase a pleno pulmón, mientras aquéllos a quienes Jesús nos envió a proclamar la Buena Noticia callemos el Evangelio por vergüenza. Pero la triste realidad es que gran parte de los cristianos no hablan jamás de Cristo fuera los muros del templo. Otros, que sí proclaman el Nombre del Señor, lo hacen como fruto de un esfuerzo ascético que les lleve a perder los “respetos humanos”. No creo que el leproso se parase un sólo minuto a pensar en los respetos humanos, ni tampoco me parece que tuviera que hacer un esfuerzo para gritar su sanación.

    La diferencia es clara como el día: a aquel hombre le había sucedido el acontecimiento más gozoso de su existencia, mientras, a buena parte de nuestros cristianos, no les ha sucedido absolutamente nada en su relación con Cristo. Y la culpa, desde luego, no es de Cristo. Su mera cercanía es bastante para revolucionar mil vidas. Pero si el cristiano sigue al Maestro “a distancia”, si teme estrechar espacios con su Señor y se defiende de Él incluso mientras reza, porque le da miedo perder la vida en el encuentro, ese cristiano podrá pasar la vida rezando, pero jamás experimentará el poder salvador y sanador de Dios.

    No nos engañemos: en nuestros templos hay miedo a Cristo. Cualquier acontecimiento inesperado puede romper la rutina de nuestras vidas, pero a Jesús no le concedemos ese privilegio. Paradójicamente, Dios, para muchos cristianos, se encuentra en ese grupo de “cosas” que nos gusta tener bajo control. Y, de este modo, hemos neutralizado el poder salvador de la fe, así como el anuncio gozoso del Evangelio.

José-Fernando Rey Ballesteros

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180 (Documental con subtítulos castellanos)

Posted by francescopetrarca en 11 enero 2012

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Las bases puestas en Manresa: Cataluña germina

Posted by francescopetrarca en 8 enero 2012

Artículo de actualidad de la web Germaninans germinabit:

http://infocatolica.com/blog/germinans.php/1201081053-las-bases-puestas-en-manresa-1

***

Las Iglesias de Solsona y Vic ya hacían y programaban muchas cosas de manera conjunta. Ahora tocaba compartir más: el anhelo de hacer juntos el camino compartiendo el testimonio evangelizador y las nuevas experiencias que avivan el rescoldo cristiano y la aventura de la Nueva Evangelización transformados por el Espíritu Santo. Así dio el pistoletazo de salida Mons. Casanova, con referencia directa al pensamiento de Santo Toribio de Mogrovejo, primer obispo de Lima: “que nuestras Iglesias no sean esquivas a la aventura misionera”.

Acto seguido Novell recordó a Juan Pablo II y los tres ejes de la Nueva Evangelización por él auspiciada: nuevo ardor, nuevo lenguaje y nuevas formas. Nuevo ardor con fuerte componente orante y litúrgico y el aprendizaje de nuevos lenguajes y formas mediante el testimonio, no de un teórico de la Nueva Evangelización, sino de Mons. Rey un pastor misionero con 10 de años de experiencia como tal en la diócesis del Var.

Y todo ello aquí, en el corazón de Cataluña, ante la situación de perplejidad y desorientación, ante la secularización que ha vaciado nuestras iglesias y comunidades, ante la parálisis y la desmoralización provocadas (cito textualmente a Novell): “porque, digámoslo claramente, estos últimos 50 años no han traído el fruto esperado”. ¿Qué esperamos? Que nuestras parroquias y comunidades empiecen a apostar por la Nueva Evangelización con un ardiente deseo de buscar nuevas herramientas compartiendo experiencias, convicciones y relecturas…

 

Acto seguido tomó la palabra, en pie, con soltura y desparpajo, el prelado francés quien evocó su “itinerario interior” a partir de los 26 años, cuando más allá de los cromosomas cristianos heredados entró en contacto con la Comunidad del Emmanuel en Paris y sus experiencia proféticas: el Café del Cura (Bistró du Curé) en medio del barrio de Pigalle y tantas otras que le ayudaron tanto en el momento de asumir la responsabilidad de su diócesis. Un sacerdote veterano le recordó al llegar: “hay muchos católicos pero pocos cristianos”. Hay estaba la clave: a pesar del catolicismo sociológico en el que están inmersos pocos han hecho experiencia personal con Cristo. Hay que empezar a ayudarles. La Iglesia tiene razón de ser en tanto que evangelizadora. Hay que salir del ghetto. Tiene que ser signo de salvación para aquellos que no lo es. Todo hombre y toda mujer están hechos para encontrarse con Cristo. Si eso no ocurre, es que hay una disfunción en nuestras comunidades.

Hay que ir en contra de los desafíos, pero el primero dijo lo encontramos en el interior de la Iglesia: la “sospecha” de muchos que creen que con la Nueva Evangelización se pretende desaprobar lo ya hecho y hacer “tabula rasa” con lo precedente. O que quizá esta Nueva Evangelización encubra una voluntad proselitista y no sea otra cosa que una nueva cruzada identitaria. Así lo afirman, constituyéndose en el interior de la Iglesia como un obstáculo mayor que el externo (la sociedad secularizada del pluralismo religioso).

Con 10 características concretas y peculiares que fue enumerando y explicando concienzudamente:

1º El propio pecado personal.

2º El inmovilismo: el miedo al cambio, perpetuar y no poner en cuestión el sistema pastoral justificando el status quo. Nada exterior y crítico, exógeno.

La esclerosis que provoca la rutina, el miedo a no ser competente y quedar marginado, el preferir la repetición del más de lo mismo forman el resto de la Resistencia interna a la Nueva Evangelización.

3º La secularización interior: malinterpretando Gaudium et Spes, se ha creído que para acercarse al mundo había que conformarse a la cultura contemporánea: un cristianismo consensual.

4º El funcionalismo: la Iglesia convertida en prestadora de servicios cultuales olvidando el primado de la gracia y convirtiéndose en burocracia y tecnocracia, olvidando que tras los excesos de la estructura eclesial está la fuerza del Espíritu Santo.

5º El activismo: Como búsqueda del éxito y de la valoración de si mismo, multiplicando actividades olvidando que la evangelización descansa en la oración y que la iniciativa primera está en Dios.

6º El individualismo: que lleva a una privatización del proceso de la fe que se convierte en subjetivo. El individuo es su propia norma: narcisismo espiritual de quien se apoya demasiado en sus competencias.

7º El clericalismo: de sacerdotes que tienen la tentación del poder y el control de personas, comunidades y la pastoral poniéndose por encima de las personas a las que han de servir. Sucede igual con los laicos clericalizados que desarrollan una lógica de poder, de reivindicación eclesial y de confiscación.

8º El escepticismo: laicos y sacerdotes demasiado cansados, que se sientes desbancados por las nuevas generaciones, privados de claves de comprensión. Victimas de las presiones mediáticas: infiltrando en ellos las imágenes negativas de la Iglesia y la convicción de que “el mundo ya no será cristiano”. Impotencia que solo puede ser superada a través de la contemplación del misterio de Cristo: la Cruz que lleva a la Vida. Referencia directa a Pablo VI: “Cristo habita en el mundo”.

9º Aislacionismo: El miedo al mundo crea una cultura de ghetto, idealizando el pasado, desconfiando en la alteridad y replegándose sobre si mismo. Olvidar que la misión emana de nuestra condición bautismal y que la evangelización es signo de madurez teologal.

10º El autismo: nos olvidamos que la evangelización es la expresión de la máxima caridad que es dar la Verdad. Existe la tentación de abstenerse de anunciar a Cristo para respetar los valores humanos y espirituales de otras culturas y religiones.

Don Andrea Brugnoli en el taller de Sentinelle del Mattino
 

Todo ello aderezado con anécdotas y toques de humor. Especialmente el ejemplo del vendedor de zapatos que va a África y al llegar y ver a todo el mundo descalzo piensa que no hay mercado y regresa por donde llegó. Y el otro vendedor que viendo lo mismo se convence de la oportunidad maravillosa que tiene ante sí y el gran mercado que se acaba de abrir ante sus ojos. Dos miradas distintas.

Fuertemente impactante la referencia a un sacerdote en su diócesis con un apostolado singular: “el de la noche”. De medianoche a las seis de la mañana una noche en cada discoteca o boîte. A las 8 de la mañana celebración de la misa, después descanso y refección y por la tarde tiempo de encuentro con las personas con las que concertó cita para entrevista “tu a tu”. Todo ello imposible sin tres características que lo hacen apto para esa misión: hombre de estructura humana fuerte (equilibrio singular), religioso identificado con su hábito, miembro de una comunidad que verifica su camino y lo apoya con la plegaria y, finalmente, ser un hombre de mucha oración.

Y así concluyeron las dos primeras horas de conferencia. El resto por la tarde. Nosotros haremos la crónica mañana, si Dios quiere.

El Directorio de Mayo Floreal
de Germinans Germinabit

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