Páginas al viento

Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

  • Intenciones del Santo Padre. Julio 2015

    Intención general

    Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.

    Intención misionera
    Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

  • Vídeo mensual

    Vídeo sobre como ser un digno servidor del altar (en inglés)

    The Altar Server

  • Visión Actual

    Publicación de la Comisión Teológica Internacional sobre la Teología Hoy.

    Publicación

Archive for 27 febrero 2012

Una leyenda negra

Posted by francescopetrarca en 27 febrero 2012

Artículo de Juan Manuel de Prada descomponiendo de forma breve y con evidentes argumentos la leyenda negra que pesa sobre el excelentísimo pontísime Pío XII.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=20952

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¿Fue la Iglesia católica complaciente con las atrocidades perpetradas por Hitler? Ya en una fecha tan temprana como 1930, los obispos alemanes condenaron el nazismo, calificándolo de herejía incompatible con la visión cristiana del mundo; es verdad, sin embargo, que esta condena fue levantada en 1933, cuando Hitler firmó un concordato con la Santa Sede. ¿Pecaron entonces de exceso de confianza los obispos alemanes? Tal vez sí, pero no más que los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, que todavía en una fecha tan tardía como septiembre de 1938 firmaban con Hitler el Tratado de Múnich. Lo cierto es que los católicos no fueron quienes alzaron a Hitler al poder; de hecho, en las regiones alemanas más pobladas por católicos fue donde el partido nazi obtuvo menos votos, como prueba José M. García Pelegrín en su libro Cristianos contra Hitler.

El 23 de marzo de 1937, Pío XI proclama la encíclica Mit Brennender Sorge, en cuya redacción participó activamente el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII. En la citada encíclica, Pío XI condena sin ambages el nazismo, tachándolo de ideología panteísta (esto es, pagana), y la divinización idolátrica del pueblo y de la raza postuladas por esta ideología. Obispos como Bertram, de Berlín, o Von Galen, de Münster, se convirtieron en detractores encarnizados del nazismo; y diez mil trescientos quince sacerdotes católicos serían encarcelados por el Tercer Reich. De ellos, dos mil quinientos ochenta serían deportados al campo de concentración de Dachau, de los cuales mil treinta y cuatro no salieron con vida.

Cuando, en 1958, fallece Pío XII, Golda Meir, madre del Estado de Israel, escribirá: «Durante los diez años del terror nazi, cuando nuestro pueblo sufrió los horrores del martirio, Pío XII elevó su voz para condenar a los perseguidores y para compadecerse de las víctimas». Y el entonces presidente del Congreso Judío Mundial, Nahum Goldmann, proclamará: «Con especial gratitud recordamos todo lo que Pío XII hizo por los judíos perseguidos durante uno de los periodos más oscuros de toda su historia». ¿Qué ocurrió para que el Papa más querido por el pueblo de Israel fuera denominado, unos pocos años más tarde, el `Papa de Hitler´? La leyenda negra sobre Pío XII fue diseñada por la propaganda comunista y recogida eficazmente, en 1963, por la pieza teatral El vicario, de Rolf Hochhuth, en la que se presentaba a un Pío XII indiferente ante el genocidio judío. Pero la leyenda negra contra Pío XII también ha tenido divulgadores en el propio ámbito católico, como resultado de las divisiones que se produjeron a raíz del Concilio Vaticano II.

Las actas y documentos del Estado Vaticano relativos a la Segunda Guerra Mundial demuestran fehacientemente que Pío XII hizo mucho más que cualquier gobierno o institución para salvar a los judíos de la persecución nazi. El rabino y profesor de Historia David Dalin, autor del libro El mito del Papa de Hitler, considera que Pío XII se sirvió de su experiencia como Nuncio apostólico en Alemania durante los años veinte, y luego como secretario de Estado del papa Pío XI en los treinta, para salvar infinidad de vidas judías durante la guerra. Si aproximadamente el ochenta por ciento de los judíos que vivían en la Europa ocupada por los nazis fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial, en Italia, donde el Papa tuvo un mayor margen de maniobra, el ochenta y cinco por ciento de los judíos sobrevivió, incluyendo el setenta y cinco por ciento de la comunidad judía de Roma, que se benefició de su ayuda directa.

Los judíos fueron acogidos secretamente, por indicación del Papa, en ciento cincuenta y cinco monasterios, conventos e iglesias de Italia; y hasta tres mil de ellos hallaron refugio en la residencia pontificia de Castelgandolfo. El escritor judío Pinchas Lapide, en su obra Tres Papas y los judíos, cifra el número de judíos salvados directamente por la diplomacia vaticana en ochocientos mil. Tales actividades las realizó Pío XII lo más discretamente posible, lo cual no fue óbice para que Hitler planeara su secuestro, como ha confirmado el general Karl Wolff, jefe de las SS en Italia. Un hecho fundamental, poco conocido, es que el gran rabino de Roma durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Israel Anton Zoller, se convirtió al catolicismo tras la liberación de la capital italiana, adoptando como nombre de bautismo, en honor del Papa que había salvado a tantos hermanos suyos, el de Eugenio Pío. A la luz de estos datos, ¿puede acusarse a la Iglesia católica de connivencia con el nazismo?

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¿Qué enemistad existe en Málaga entre la Diócesis y la Sotana?

Posted by francescopetrarca en 25 febrero 2012

Siempre me he resistido a usar este blog como plataforma de quejas o denuncias. Mi deseo ha sido emplearlo para escribir mis propias reflexiones, comentar algunas frases particularmente interesantes, traer artículos de actualidad o de otros autores, etc… Pero esta vez no he podido callar ante algo que considero muestra de la salud de una Diócesis como es la de Málaga, la mía propia y especialmente cuando he sido testigo y parte activa en los hechos.

Se trata de una conversación entre tres jóvenes (entre los que me incluyo) y un joven sacerdote extranjero incardinado en una diócesis de su país y que ahora se encuentra en la Diócesis de Málaga realizando, desde hace varios años ya, una tarea pastoral. Hace poco que fue nombrado Vicario parroquial en una parroquia de mi Arciprestazgo y por eso gozo de su asistencia espiritual.

Tras una conversación distendida, de pronto desembocamos en el tema del uso sacerdotal de la sotana. Dicho joven sacerdote alegaba: “En mi país siempre llevaba sotana y todos los sacerdotes llevan sotana”. Y ante mi insistencia por averiguar por qué había variado costumbre tan espléndida y que desde mi punto de vista hace tanto bien al sacerdote y a los fieles, pues así les digo a todos: “es como un policía. Si este no lleva uniforme, no podemos reclamar sus servicios. ¡Lo mismo un sacerdote! Además que es un testimonio ante el mundo”; este sacerdote me responde (sin ser palabras textuales pero que reproducen con fidelidad la idea expresada): “Aquí en Málaga me han dicho (otros sacerdotes) que no me la ponga. Que no se lleva y que los fieles lo ven extraño. Y yo les hago caso pues he venido a aprender y ellos son mis maestros“.

Ante mi protesta e insistencia porque la use: “Hay pocos sacerdotes que la lleven, pero algunos hay y yo te apoyo en que la vuelvas a llevar con total libertad.”; las otras dos jóvenes con las que me encontraba alegan: “La sotana es un poco vieja… Lleva Clergyman y ya con eso es más que suficiente” y “Pues ni se te ocurra acercarte a San Patricio con sotana porque allí no les gusta” (San Patricio, que está en nuestro arciprestazgo, es una Comunidad Neocatecumenal, y la joven que lo comentaba PRECISAMENTE es miembra del Camino aunque no quiere vincularse en extremo a dicha comunidad y asiste regularmente a nuestra parroquia. Además mientras lo decía, lo comentaba, con aire de “allí es que les gustan otras cosas” o “lo ven tan feo que no se acercan a ti”).

Ante todo esto, mostré mi estupor e indignación y le pedí al joven sacerdote que si él se sentía cómodo llevando sotana que no hiciera caso a nadie más, ya que él decía: “la sotana para el sacerdote es como el traje de novia en la boda“. Me aseguró que probablemente volvería a ponérsela y en ese punto dejamos la conversación.

Una vez relatados los hechos, no quiero ahondar más en ellos ni reflexionar muy intensamente, pues ya puse mi opinión sobre el uso del hábito o sotana en otro post: https://francescopetrarca.wordpress.com/2011/06/18/la-necesidad-del-habito-o-la-sotana/. Simplemente quisiera hacerme las siguientes preguntas:

¿Qué enemistad existe en Málaga entre la Diócesis y la sotana? ¿Por qué algunos sacerdotes les piden a otros, especialmente sacerdotes jóvenes y que se someten a toda autoridad e instrucción de superiores; que abandonen la sotana en sus tareas pastorales con los fieles de Málaga? ¿Verdaderamente los fieles rechazan toda atención espiritual si el sacerdote viste de sotana? ¿Por qué se tiene en mente que la sotana es una antigualla y no el hábito regular del sacerdote? ¿Qué sucede en la Comunidad Neocatecumenal de Málaga y la sotana?

No es un tema baladí este.

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La Penitencia: buscando la virtud perdida

Posted by francescopetrarca en 25 febrero 2012

Fantástico artículo del P. José Fernando Rey Ballesteros sobre la Penitencia y sus sentido en este tiempo de Cuaresma.

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=537

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   Les sugiero un ejercicio poco gratificante, pero probablemente muy revelador: díganme cuántas veces han escuchado, a lo largo de los últimos años, la palabra “penitencia” en los templos a los que acuden para la celebración de la Eucaristía. Me refiero a “penitencia” como virtud o como actitud cristiana de reparación por los pecados; por tanto, supriman las veces en que han escuchado la expresión “sacramento de la Penitencia”, en la que la palabra es más adjetiva (para referirse al sacramento) que sustantiva. En definitiva, ¿cuántas veces han escuchado ustedes la invitación a “hacer penitencia” o a vivir con “espíritu penitente”? Probablemente, muy pocas.

    Nos guste o no, somos hijos de la tormenta que se desató en la Iglesia después del Concilio Vaticano II, y los efectos devastadores de aquella tempestad todavía están lejos de haber sido reparados. El cataclismo se llevó por delante todos los elementos de nuestra Fe que recordaban al hombre su condición pecadora, porque a muchos les parecía indigno el más mínimo golpe de pecho: se dejó de hablar del pecado, el Infierno desapareció, el Diablo pasó a ser un cuento cavernario destinado a asustar a los niños, la Justicia Divina fue borrada de los sermones y catequesis, los reclinatorios desaparecieron de las iglesias (¿por qué ponerse de rodillas si somos dios?) y la virtud de la penitencia se esfumó de la lista de unas virtudes cristianas que ya no eran virtudes sino “valores”…

    Desde entonces, y muy poco a poco, hemos ido recogiendo del suelo muchos de los restos de aquel desastre, les hemos quitado el polvo y los hemos devuelto a sus vitrinas: la conciencia de pecado se va recuperando, los confesonarios se vuelven a poblar con sacerdotes y penitentes, se va perdiendo el miedo a hablar del Demonio y -todavía muy débilmente- se recupera la alusión al Infierno en las predicaciones de bastantes sacerdotes. Sin embargo, nadie ha encontrado todavía entre los escombros la virtud de la penitencia. Y, por eso, cuando llega la Cuaresma, se habla de la “pequeñez” (¡Qué bonito!) humana y de la Misericordia de Dios. Y, hasta que alguien recupere la virtud perdida, seguimos hablando de la Cuaresma como de “el tiempo de la Misericordia”… Es verdad; lo es. Si no confiásemos en la Misericordia de Dios, la Cuaresma sería un ejercicio inútil. Pero, principalmente, la Cuaresma es tiempo de penitencia.

    El motivo de la penitencia, y también de la Cuaresma, es la necesidad de expiar nuestras culpas. En ocasiones decimos, demasiado alegremente, que una vez confesado un pecado ya no hay que preocuparse ni pensar más en él, que “no ha pasado nada”… Pero no es verdad; ha pasado. El Sacramento del Perdón nos absuelve, merced a la Sangre de Cristo, del castigo eterno merecido por nuestra traición. Pero los efectos de ese pecado en el alma, eso que la Teología Moral llama “reato de culpa” deben ser reparados en esta vida o en el Purgatorio: se trata de un desorden en las pasiones, de una inclinación más fuerte hacia el mal, de una ceguera cada vez más profunda para discernir la Luz Divina, de una insensibilidad para escuchar la voz de Dios… Todo ello sólo puede repararse con penitencia. Y, créanme, es mucho mejor y más conveniente repararlo en esta vida que esperar al Purgatorio, donde esa purificación será mucho más dolorosa. Los pecados hay que confesarlos, desde luego. Pero también hay que llorarlos. Y precisamente para eso está la Cuaresma.

    A poco que se lea la Sagrada Escritura, uno aprende que Dios es siempre muy tierno con el pecador arrepentido, muy duro con el pecado, y muy exigente con la penitencia. Dios perdona, y a la vez castiga; más bien, castiga para perdonar, reprende para reparar. Y el hombre tiene que saber, a la vez que acoge el perdón de Dios, recibir también el cariñoso castigo de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos. He ahí el motivo de la penitencia cristiana.

    En la Edad Antigua, los pecadores públicos se azotaban a la vista de todos en las puertas de los templos durante la Cuaresma. El Emperador Teodosio el Grande, aconsejado por San Ambrosio, fue visto por todos los cristianos haciendo pública penitencia a causa de un arrebato de ira. Nosotros, durante la Cuaresma, nos imponemos voluntariamente castigos por nuestras culpas, siempre asesorados por el confesor, y así suplicamos la gracia de la restauración de nuestras almas.

    No lo olvidemos: los ayunos cuaresmales, las limosnas y la oración, a lo largo de estos cuarenta días, cobran sentido cuando el hombre se sabe pecador, cuando está dispuesto a llorar sus culpas, y cuando desea, más que ninguna otra cosa, reparar los efectos del pecado para convertirse y nunca más pecar. Eso es la Cuaresma.

José-Fernando Rey Ballesteros

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Alocuación Santo Padre Benedicto XVI con motivo del Consistorio 2012

Posted by francescopetrarca en 18 febrero 2012

CONSISTORIO ORDINARIO PÚBLICO
PARA LA CREACIÓN DE NUEVOS CARDENALES
Y PARA EL VOTO SOBRE ALGUNAS CAUSAS DE CANONIZACIÓN

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
Sábado 18 de febrero de 2012

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20120218_concistoro_sp.html

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«Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam»

Venerados Hermanos,
Queridos hermanos y hermanas

Estas palabras del canto de entrada nos introducen en el solemne y sugestivo rito del Consistorio ordinario público para la creación de nuevos cardenales, la imposición de la birreta, la entrega del anillo y la asignación del título. Son las palabras eficaces con las que Jesús constituyó a Pedro como fundamento firme de la Iglesia. La fe es el elemento característico de ese fundamento: en efecto, Simón pasa a convertirse en Pedro —roca— al profesar su fe en Jesús, Mesías e Hijo de Dios. En el anuncio de Cristo, la Iglesia aparece unida a Pedro, y Pedro es puesto en la Iglesia como roca; pero el que edifica la Iglesia es el mismo Cristo, Pedro es un elemento particular de la construcción. Ha de serlo mediante la fidelidad a la confesión que hizo en Cesarea de Filipo, en virtud de la afirmación: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Las palabras que Jesús dirige a Pedro ponen de relieve claramente el carácter eclesial del acontecimiento de hoy. Los nuevos cardenales, en efecto, mediante la asignación del título de una iglesia de esta Ciudad o de una diócesis suburbicaria, son insertados con todo derecho en la Iglesia de Roma, guiada por el Sucesor de Pedro, para cooperar estrechamente con él en el gobierno de la Iglesia universal. Estos queridos hermanos, que dentro de poco entrarán a formar parte del Colegio cardenalicio, se unirán con un nuevo y más fuerte vínculo no sólo al Romano Pontífice, sino también a toda la comunidad de fieles extendida por todo el mundo. En el cumplimiento de su peculiar servicio de ayuda al ministerio petrino, los nuevos purpurados estarán llamados a considerar y valorar los acontecimientos, los problemas y criterios pastorales que atañen a la misión de toda la Iglesia. En esta delicada tarea, les servirá de ejemplo y ayuda, el testimonio de fe que el Príncipe de los Apóstoles dio con su vida y su muerte y que, por amor de Cristo, se dio por entero hasta el sacrificio extremo.

La imposición de la birreta roja ha de ser entendida también con este mismo significado. A los nuevos cardenales se les confía el servicio del amor: amor por Dios, amor por su Iglesia, amor por los hermanos con una entrega absoluta e incondicionada, hasta derramar su sangre si fuera preciso, como reza la fórmula de la imposición de la birreta e indica el color rojo de las vestiduras. Además, se les pide que sirvan a la Iglesia con amor y vigor, con la transparencia y sabiduría de los maestros, con la energía y fortaleza de los pastores, con la fidelidad y el valor de los mártires. Se trata de ser servidores eminentes de la Iglesia que tiene en Pedro el fundamento visible de la unidad.

En el pasaje evangélico que antes se ha proclamado, Jesús se presenta como siervo, ofreciéndose como modelo a imitar y seguir. Del trasfondo del tercer anuncio de la pasión, muerte y resurrección del Hijo del hombre, se aparta con llamativo contraste la escena de los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que persiguen todavía sueños de gloria junto a Jesús. Le pidieron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mc 10,37). La respuesta de Jesús fue fulminante, y su interpelación inesperada: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? (v. 38). La alusión es muy clara: el cáliz es el de la pasión, que Jesús acepta para cumplir la voluntad del Padre. El servicio a Dios y a los hermanos, el don de sí: esta es la lógica que la fe auténtica imprime y desarrolla en nuestra vida cotidiana y que no es en cambio el estilo mundano del poder y la gloria.

Con su petición, Santiago y Juan ponen de manifiesto que no comprenden la lógica de vida de la que Jesús da testimonio, la lógica que, según el Maestro, ha de caracterizar al discípulo, en su espíritu y en sus acciones. La lógica errónea no se encuentra sólo en los dos hijos de Zebedeo ya que, según el evangelista, contagia también «a los otros diez» apóstoles que «se indignaron contra Santiago y Juan» (v. 41). Se indignaron porque no es fácil entrar en la lógica del Evangelio y abandonar la del poder y la gloria. San Juan Crisóstomo dice que todos los apóstoles eran todavía imperfectos, tanto los dos que quieren ponerse por encima de los diez, como los otros que tienen envidia de ellos (cf. Comentario a Mateo, 65, 4: PG 58, 622). San Cirilo de Alejandría, comentando los textos paralelos del Evangelio de san Lucas, añade: «Los discípulos habían caído en la debilidad humana y estaban discutiendo entre sí sobre quién era el jefe y superior a los demás… Esto sucedió y ha sido narrado para nuestro provecho… Lo que les pasó a los santos apóstoles se puede revelar para nosotros un incentivo para la humildad» (Comentario a Lucas, 12,5,15: PG 72,912). Este episodio ofrece a Jesús la ocasión de dirigirse a todos los discípulos y «llamarlos hacia sí», casi para estrecharlos consigo, para formar como un cuerpo único e indivisible con él y señalar cuál es el camino para llegar a la gloria verdadera, la de Dios: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10,42-44).

Dominio y servicio, egoísmo y altruismo, posesión y don, interés y gratuidad: estas lógicas profundamente contrarias se enfrentan en todo tiempo y lugar. No hay ninguna duda sobre el camino escogido por Jesús: Él no se limita a señalarlo con palabras a los discípulos de entonces y de hoy, sino que lo vive en su misma carne. En efecto, explica: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por la multitud» (v.45). Estas palabras iluminan con singular intensidad el Consistorio público de hoy. Resuenan en lo más profundo del alma y representan una invitación y un llamamiento, un encargo y un impulso especialmente para vosotros, queridos y venerados Hermanos que estáis a punto de ser incorporados al Colegio cardenalicio.

Según la tradición bíblica, el Hijo del hombre es el que recibe el poder y el dominio de parte de Dios (cf. Dn 7,13s). Jesús interpreta su misión en la tierra sobreponiendo a la figura del Hijo del hombre la del Siervo sufriente, descrito por Isaías (cf. Is 53,1-12). Él recibe el poder y la gloria sólo en cuanto «siervo»; pero es siervo en cuanto que acoge en sí el destino de dolor y pecado de toda la humanidad. Su servicio se cumple en la fidelidad total y en la responsabilidad plena por los hombres. Por eso la aceptación libre de su muerte violenta es el precio de la liberación para muchos, es el inicio y el fundamento de la redención de cada hombre y de todo el género humano.

Queridos Hermanos que vais a ser incluidos en el Colegio cardenalicio. Que el don total de sí ofrecido por Cristo sobre la cruz sea para vosotros principio, estímulo y fuerza, gracias a una fe que actúa en la caridad. Que vuestra misión en la Iglesia y en el mundo sea siempre y sólo «en Cristo», que responda a su lógica y no a la del mundo, que esté iluminada por la fe y animada por la caridad que llegan hasta nosotros por la Cruz gloriosa del Señor. En el anillo que en unos instantes os entregaré, están representados los santos Pedro y Pablo, con una estrella en el centro que evoca a la Virgen. Llevando este anillo, estáis llamados cada día a recordar el testimonio de Cristo hasta la muerte que los dos Apóstoles han dado con su martirio aquí en Roma, fecundando con su sangre la Iglesia. Al mismo tiempo, el reclamo a la Virgen María será siempre para vosotros una invitación a seguir a aquella que fue firme en la fe y humilde sierva del Señor.

Al concluir esta breve reflexión, quisiera dirigir un cordial saludo, junto con mi gratitud, a todos los presentes, en particular a las Delegaciones oficiales de diversos países y a las representaciones de numerosas diócesis. Los nuevos cardenales están llamados en su servicio a permanecer siempre fieles a Cristo, dejándose guiar únicamente por su Evangelio. Queridos hermanos y hermanas, rezad para que en ellos se refleje de modo vivo nuestro único Pastor y Maestro, el Señor Jesús, fuente de toda sabiduría, que indica a todos el camino. Y pedid también por mí, para que pueda ofrecer siempre al Pueblo de Dios el testimonio de la doctrina segura y regir con humilde firmeza el timón de la santa Iglesia.

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La Distopía y la ausencia de Dios

Posted by francescopetrarca en 12 febrero 2012

La distopía es la perfecta oposición y perverso reverso de la utopía. Y aunque el término no nos suene y nos parezca extraño, es una de las grandes preocupaciones del hombre moderno. Las distopías se han manifestado a lo largo del siglo XX y XXI frecuentemente a través de libros tan famosos como 1984 de Orwell o Un mundo feliz  de Huxell o de películas de Hollywood como La Isla o la muy reciente In time. Y desde luego que todas, tanto en versión película como en la literatura, ofrecen una visión aterradora del futuro.

Suelen incidir en temas similares y relacionados a veces entre sí: excesivo control de la población bajo la apariencia de proteger o buscar la felicidad de los individuos, graves consecuencias éticas de la clonación humana, manipulación de la información (y por tanto del conocimiento), explotación asfixiante de la sociedad a manos de una élite, el mal del aborto o el odio hacia la maternidad y por tanto la ausencia de juventud… etc.

Pero sorprendetemente suele haber un gran punto en el que todas las distopías están de acuerdo: la ausencia de Dios y de la Religión. En esos mundos imaginarios, en esas sociedades inventadas, Dios no cuenta para nada, está ausente de la vida y de la Historia, como si el ser humano no fuera un ser religioso y jamás se hubiese planteado preguntas fundamentales. Solo existe y solo hay hombre y materialidad. Punto.

Las distopías están mayoritariamente pensadas por sus autores para advertir a nuestra generación de los peligros que podría enfrentar la humanidad si tomara tal o cual dirección y planean ser una solución humana para el problema del mal: una especie de profecía o advertencia. Pero es una solución que se abandona a un tratamiento exclusivamente antropocéntrico de la existencia y naturaleza humana dando de lado a la principal de las variables del ejercicio: Dios. Y es que toda sociedad marcha hacia la Distopía si elige el Camino que no lleva a Dios. 

Esta búsqueda de corregir el devenir de la humanidad hacia el desastre por parte de la distopía es un signo muy bueno. Existe preocupación ante ciertos temas éticos: aborto, clonación, fecundación in vitro, libertad… y existe deseo por parte de algunas personas de buena voluntad de corregir esas actitudes que llevan hacia la cultura de la muerte; ¡y mucho más! Existe valentía para denunciarlo y exigir un cambio de dirección. Pero el punto de reflexión final al que nos deben llevar, es a comprender que la causa de la infelicidad y de la extrema maldad a la que llegan esas sociedades antiutópicas es que el hombre está sin Dios y sin Él vive en un infierno.

Además, las distopías asustan al hombre de a diario puesto que son el producto directo del estado de conciencia que ha tomado la Humanidad después de las atrocidades del s. XX. La bondad natural del hombre que predicaba Rousseau nunca más quedó tanto en entredicho y si el hombre cometió semejantes crímenes, ¿cuáles no cometerá en el futuro?. No queda más que la desesperación. Mas nosotros los cristianos debemos recordar al mundo una y otra vez que no tenga miedo, que se abandone a Dios. En Él solo está nuestra Felicidad y nuestro Bien. Con Él solo podemos construir una sociedad verdaderamente justa y buena: su Reino, que ya empezamos a realizar aquí con nuestra vida santa y que algún día se instaurará por los siglos de los siglos en los Nuevos Cielos y Tierra y donde ya no habrá llanto ni dolor y donde Él será la Luz que nos ilumine.

Dios ya ha vencido. El derrotado es el hombre que rehusa participar de esa Victoria y elige el camino de la distopía.

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Sacerdote, regalo de Dios para el mundo

Posted by francescopetrarca en 10 febrero 2012

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