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Somos Culpables

Posted by francescopetrarca en 14 marzo 2012

Es de actualidad el tema de la Nueva Evangelización y gracias a querer impulsar ésta, la Iglesia está envuelta en un periodo de autoanálisis. Unos dicen: “La Iglesia tiene que modernizarse de una vez por todas y abrirse al mundo”. Otros: “La Iglesia tiene que volver a antes del Concilio e intentar hacer borrón y cuenta nueva con todos estos desmanes”. Otros: “La culpa es del mundo que no tiene Fe”. Otros: “En nuestros días es que no hay Caridad”, etc etc… Yo desde mi punto de vista personal, de lo que veo día a día como cristiano, quiero aportar mi propio análisis y crítica en todo este asunto: somos culpables de no decir la Verdad.

Toda esta crisis eclesial surge porque existe una crisis de Verdad: una rebaja de Evangelio y una desconsideración hacia la Doctrina sana. Y es que cuando no se predica la Verdad Completa, se pierde la autoridad que proporciona esa misma Verdad y como consecuencia se llega al incumplimiento y a la increencia. Citando a San Pablo:

¿Cómo van a creer en él si no han oído hablar de él? (Rom 10, 14)

¿Cómo van a creer si les han presentado un Cristo devaluado? ¿Cómo van a querer ser seguidores de un Maestro que no enseña? ¿Cómo van a querer ser sacerdotes y religiosos/as de un Camino, Verdad y Vida que no se muestra ni se vive? ¿Cómo va a haber esposos verdaderamente amantes si nadie les predica qué es el Amor? ¿Cómo va a haber conversos hacia una Fe vana y vacía? Y en esto hemos fallado todos: todos somos culpables, aunque mayor culpa tienen quienes más alto están y por la estructura jerárquica de la Iglesia, se ha extendido en cadena:

– Algunos obispos en muchos casos no han guardado el depósito de la fe que les ha sido confiado (1 Tim 6, 20), otros lo han guardado pero no lo han manifestado ya sea por miedo o por desidia y por tanto han dejado a las ovejas desprovistas de protección. Tampoco han mantenido la Ortodoxia en sus Seminarios ni centros de formación y han acabado imponiendo las manos para ordenar prebísteros sin pensarlo bien (1 Tim 5, 22).

– Los sacerdotes han reproducido lo que han aprendido en los Seminarios y han visto a ejercer a los obispos y por tanto sus fieles quedan desatendidos de igual manera.

– De los laicos no han podido salir ni buenos catequistas ni buenos padres y madres de familia que enseñen la Verdad completa a sus alumnos o hijos porque tampoco la han oído de su más inmediato maestro: el sacerdote.

– ¡Y qué decir de los teólogos los cuáles hoy en día tienen y defienden hipótesis cada vez más extrañas a la Fe Cristiana!

Y así, puesto que los Cristianos somos un Cuerpo Místico, un simple virus ha contaminado todos los Miembros dejándonos postrados en la cama e impotentes para la Evangelización. Y por eso se nota cuando en una Parroquia hay un sacerdote verdaderamente fervoroso o en una diócesis gobierna un Obispo con mayúsculas: surgen vocaciones, los fieles viven más intensamente, oran de verdad, no se pierden ni un sacramento (¡necesidad de la Confesión!), tienen deseos en conocer la Fe y la Palabra… Mientras tanto, en la gran mayoría de las parroquias de muchísimas diócesis se vive una situación desoladora: fieles que no acuden a los sacramentos o que acuden sin estar debidamente dispuestos o preparados, fieles que no conocen la doctrina, no existe la adoración, ni el silencio, ni la oración, ni la práctica de la moral cristiana… ¿Y cómo van a creer si no se les predica?

A veces produce cierta impotencia: ¿y yo por qué tengo que ser el único en una iglesia abarrotada que se arrodille durante todo el Canon de la Misa? ¿Y yo por qué tengo que ser el único que estudia el Catecismo y la Biblia? ¿Y yo por qué tengo que seguir la Verdad Completa y no amoldarme a las mismas “verdades” que siguen el resto? ¿Y yo por qué tengo que predicar a los demás lo que ni el mismo sacerdote de mi parroquia predica? Y es que se llega a situaciones dramáticas (y todas son reales y verídicas): Catequistas parroquiales que no han leído jamás el Catecismo (¡cómo puede ser esta incoherencia!), cristianos que no conocen el Prólogo del Evangelio San Juan (¡pero si es la esencia de toda la Teología cristiana!), malas caras a la hora de recibir una catequesis formativa auténtica por querer reducir todo el cristianismo a un mero “reunir de grupos a charlar” (siquiera a orar), sacerdotes que se ríen de las prácticas de abstinencia y ayuno o se burlan de los milagros de Jesús, o peor aún: a un recién convertido que le predicas la Verdad Completa y le enseñas a orar y a adorar a nuestro Señor, cuando lo llevas a Misa se escandaliza de que nada se parece a lo que le has predicado: ni adoración (nadie arrodillado nunca), ni predicación ortodoxa, ni liturgia cuidada…  Y entonces los pocos que verdaderamente buscan la Verdad Completa se plantean: “¿seré yo el equivocado? ¿Por qué solo yo tengo que ser firme? ¿Para qué seguir evangelizando si parece que yo soy el único que busca seguir al Papa?” y los más acaban desinflándose y dejándose llevar por la masa cristiana inerte…

Ahora estamos en un momento difícil. El Papa no cesa de repetirnos que nos convirtamos al Evangelio de Jesús, aquel que murió en la Cruz por nosotros y Resucitó de entre los muertos y nos llama a la Nueva Evangelización. Pero ahora es un momento difícil, porque la Verdad ha sido edulcorada y en muchos lugares no se conoce e incluso se llega al extremo de que la Verdad se hace molesta y se intenta acallar pues se prefiere seguir viviendo en un cristianismo ONGero que no comprometa a nada: ni en el ámbito de fe ni en el ámbito del amor ni en el de la esperanza ni en un cambio profundo y radical de vida. Pero tenemos que hacerlo. Cada uno donde pueda y en el cargo que tenga debe predicar con Amor la Verdad y estar listo para dar razón de nuestra Esperanza (1 Pe 3, 15) dentro de la misma Iglesia.

“Como niños recién nacidos apeteced la leche espiritual no adulterada, para que alimentados con ella crezcáis en orden a la salvación” (1 Pe 2, 2).

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