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Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

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1. Teología fundamental desde el punto de vista apologético

Posted by francescopetrarca en 17 junio 2009

A. Introducción. El cristianismo afirma ser una religión revelada o, lo que es igual, que tiene un origen sobrenatural. Esta afirmación puede aceptarse sin más, con la ayuda de la fe, o puede ser rechazada. El posible rechazo -no aquel que fuera irracional, sino el que pretendiese estar fundamentado en razones- podría deberse a distintas motivaciones:

a) Falta de conocimiento de lo que en verdad es el cristianismo, de lo que enseña, de lo que promueve, del fin que pretende.

b) Negación, en general, del orden sobrenatural y, en consecuencia, de cualquier realidad que sobrepase el mundo material o el poder cognoscitivo de la razón humana.

c) Negación de la divinidad de Jesucristo.

Estas razones, y otras más, se han dado en la historia como argumentos en los que justificar una actitud negativa ante el hecho cristiano; las más frecuentes han sido y son las dos últimas.

La Teología fundamental, en cuanto apologética, tiene como fin la explicación a nivel de presupuestos racionales de los fundamentos del cristianismo, lo cual supone una defensa racional de las verdades que enseña. Es un objeto importante per muy limitado, que no se pretende demostrar unas verdades sobrenaturales -lo sobrenatural excede por definición de toda demostración humana-, sino de responder racionalmente a las dificultades racionales que contra aquellas verdades algunos manifiestan. Se sitúa, pues, la apologética en el terreno de la razón y argumenta sólo en base a ella -como hacen los contradictores de la fe cristiana-, y se esfuerza en probar tanto que las verdades reveladas no son contradictorias o irracionales, sino suprarracionales: están por encima de la capacidad de la razón, pero no en contra de la razón (apología de los contenidos), como los fundamentos racionales -antropológicos, en general- de la fe (demostración racional del hecho de la Revelación).

Los temas que afronta la apologética se enmarcan en dos grandes apartados:

a) Es posible una revelación sobrenatural y de hecho se ha dado en el cristianismo, cuyo Fundador, Jesucristo, es Dios y Hombre (se denomina este apartado demostración cristiana).

b) La Iglesia fundada por Jesús es el camino sobrenatural querido por Dios para la salvación de los hombres (demostración católica).

En los apartados a continuación se tratará lo primero, y más adelante, al estudiar el tratado de la Iglesia, se hará mención a lo segundo.

B. Posibilidad de una revelación sobrenatural. El tema planteado es probar que es posible una revelación natural, es decir, que desde el punto de vista racional no hay inconveniente para admitir que el hombre puede alcanzar algún conocimiento suprarracional acerca de Dios, o, en general, acerca de realidades pertenecientes a un mundo superior, si Dios mismo se las comunica. Radica, por tanto, la cuestión en probar que no repugna a la razón que el hombre esté capacitado para adquirir -no por caminos simplemente racionales, sino por vía de testimonio divino y por fe- cierto conocimiento de verdades, que superan los límites de la razón.

Esta cuestión es muy interesante desde el punto de vista apologético y desde un punto de vista especulativo más amplio. En realidad, lo mismo sucede con otras cuestiones apologéticas, que se han planteado en esos términos justamente porque, al ser cuestiones fundamentales y de gran contenido intelectual, ha habido sistemas de pensamiento interesados por ellas que han aportado explicaciones aceptables para ellos pero inaceptables para un cristiano, lo cual ha obligado a que la Iglesia y a los pensadores cristianos salieran al paso de los posibles errores cometidos en aquellas exposiciones.

En el presente caso el error está en una concepción inmanentista de la religión, típica de la corriente modernista de finales del s. XIX y comienzos del s. XX -en parte aún vigente-, derivada a su vez de la situación especulativa, surgida principalmente a partir de Hume y Kant, es decir, del fenomenismo y del agnosticismo kantiano. En el fondo de estas concepciones hay un error acerca de la naturaleza y el alcance del conocimiento racional, que niega la posibilidad de trascender los límites de la experiencia sensible o, dicho de otro modo, la validez de los conocimientos adquiridos por una vía superior a dicha experiencia. Esto conduce en las cuestiones filosóficas al idealismo subjetivista, y en las teológicas a un psicologismo que confunde las intervenciones sobrenaturales de Dios (la Revelación , el don de la fe, etcétera) con el instinto racional o con el sentimiento religioso: ahí se sitúa, en esta materia en términos generales, el modernismo.

Se trata, por tanto, de probar racionalmente que la Revelación es posible, que además es conveniente y que, en definitiva, ha tenido lugar. Y todo eso mostrando que en nada repugna ni a Dios ni a la naturaleza y exigencias de la razón del hombre.

a) La Revelación es posible por parte de Dios. Es posible lo que no es imposible, es decir, aquello que no incluye contradicción: lo imposible es lo contradictorio. En Dios hay una vida íntima y misteriosa que ningún entendimiento creado puede conocer por sus propias fuerzas. ¿Repugna de alguna manera que Él quiera comunicar un cierto conocimiento de esa vida a un entendimiento creado? No repugna a su libertad: se revela libremente y no por necesidad; no repugna a su bondad: lo propio del bien es difundirse. Que Dios revele verdades sobrenaturales no es imposible, ni se puede probar que lo sea, por parte de Dios; luego es posible.

b) La revelación sobrenatural es posible también por parte de las verdades reveladas. ¿Hay contradicción en que existan realidades que excedan por completo los límites de la razón humana o el entendimiento angélico? ¿No es Dios en cuanto Dios, y por tanto todo lo perteneciente a la vida divina, una realidad de ese tipo? La respuesta a esas preguntas conduce al pensamiento a concluir que nada repugna a que existan verdades sobrenaturales, que serían el contenido eventual de la Revelación. Sólo queda una dificultad: ¿pueden expresar esas verdades en un lenguaje humano, es decir, por medio de nociones y de términos comprensibles para el hombre? Aquí conviene matizar antes de responder para fijar bien el concepto cristiano de Revelación. No afirma el cristianismo que las verdades sobrenaturales (los misterios revelados) sean comprensibles en sí mismas por la razón, pero sí afirma que Dios puede comunicarlas en un lenguaje humano que las haga accesibles al hombre y, a la vez, elevar el entendimiento con la gracia de la fe, para que las acepte dócilmente sin comprenderlas, tal como Él las comunica. Los modos de expresión de la Revelación (hechos y palabras) son cognoscibles para el hombre, porque Dios los realiza al modo humano; los contenidos de la Revelación (misterios) son aceptados sólo por la fe, y de ningún modo se comprenden en toda su divina realidad en esta vida. Las nociones y palabras que revelan esos misterios son expresión aceptable de ellos, pero no su expresiñon exhaustiva, tal como significan para la razón.

c) La revelación sobrenatural es posible por parte del hombre a quien se dirige. En nada repugna la existencia de la Revelación a las características peculiares del conocimiento racional propio del hombre, ni a la dignidad de la persona humana. El objeto propio del conocimiento humano es el ser de las realidades materiales, es decir, las cosas materiales entre las que vive y con las que se relaciona; conocer algo es conocer lo que esencialmente es, y a esto llega el entendimiento en dos momentos: primero, un conocimiento sensitivo (datos que aportan los sentidos), y, más tarde, un conocimiento intelectual que finaliza en la producción de un concepto. Ahora bien, que el objeto propio del conocimiento humano sea el ser de las cosas materiales no quiere decir que sea lo único que puede conocerse, porque el entendimiento humano es una facultad espiritual de naturaleza intelectual y, como tal, abierto al ser en toda su extensión. Su objeto adecuado es simplemente el ser, desde el ser de una piedra hasta el Ser de Dios. Las cosas materiales las podrá conocer de manera más inmediata, las cosas espirtuales de manera mediata: con esfuerzo, reflexionando, ascendiendo poco a poco, etc. Así, p. ej., puede el hombre conocer su propia alma, que es espiritual, reflexionando sobre sus propios actos y llegando a que debe haber un principio espiritual de sus operaciones espirituales, como son el conocimiento y el amor.

¿Qué inconveniente racional insalvable existe para que Dios eleve por la gracia el entendimiento del hombre, para que llegue a conocer unas verdades sobrenaturales que superan sin medida sus fuerzas? Esa elevación, esencial para entender lo que es la Revelación -no hay Revelación sin gracia de la fe para aceptarla-, no destruye el entendimiento del hombre, ni lo cambia; lo eleva, lo capacita para conocer las cosas divinas. En nada repugna a la naturaleza intelectual del hombre; luego es posible. Lo mismo habría que decir desde el punto de vista de la dignidad de la persona humana; no sólo no es rebajada por la Revelación, sino exaltada por la generosidad de Dios, que convierte al hombre en amigo suyo, conocedor de su vida y de sus misterios, sin rebajar su libertad, puesto que ofrece el don de conocerlo y tratarlo sobrenaturalmente sin imponerlo coactivamente.

C. Conveniencia de una revelación sobrenatural. La conveniencia de algo que tiene razón de medio se advierte al contemplarla desde el fin que se pretende alcanzar. Desde el punto de vista cristiano, la revelación sobrenatural es un medio querido por Dios para que los hombres se salven; por medio de ella conocen su fin último, su destino eterno, las disposiciones de Dios respecto a sus criaturas, y gozan ya en esta vida -gracias a la Revelación y al don de la fe- de una cierta connaturalidad con las realidades eternas que poseerán plenamente en el cielo.

El hombre no puede alcanzar por sí mismo nada que pertenezca al mundo sobrenatural; no podría conocer que está destinado a un fin sobrenatural, si Dios no lo revelase; no podría disponer de medios sobrenaturales adecuados a ese fin, si Dios no se los entregase… De todo esto se desprende la conveniencia de una revelación sobrenatural.

También va incluida en la noción cristiana de revelación la manifestación de verdades religiosas naturales, es decir, cognoscibles por la razón sin ayuda de la gracia, como son p. ej., la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma, los preceptos de la ley moral natural, etc. Si son accesibles a la razón, ¿por qué las ha revelado Dios?, ¿es conveniente que lo haya hecho? El prensamiento cristiano (cfr. Summa Theologiae, I, q1, a1) y la Iglesia ( cfr. Concilio Vaticano I, const. dogm. Dei Filius, D. 1786) argumentan en esta cuestión de la siguiente manera; en sentido estricto no es necesario que Dios revele verdades religiosas de orden natural, ya que la razón puede conocerlas por su propia capacidad; pero que pueda llegar a ellas el hombre no quiere decir que las alcancen todos los hombres, en los que se dan niveles tan diferenciados de cultura, de desarrollo, etc.; además, el pecado ha herido la naturaleza del hombre disminuyendo la capacidad de su razón; por todo ello, y para que todos los hombres puedan conocer esas verdades en esta vida fácilmente, con certeza y sin error, ha sido conveniente que Dios las revelase.

D. Cognoscibilidad y credibilidad del hecho de la Revelación. Vista la posibilidad dela Revelación y admitida su conveniencia, se presenta ante la razón otra cuestión de parecida índole: ¿cómo se puede saber que esa Revelación posible ha tenido lugar de hecho?, ¿a través de qué medios puede el hombre llegar a la conclusión de que Dios realmente se ha revelado y, por tanto, que es preciso aceptar lo que le ha enseñado?

La Revelación es una realidad de carácter histórico, es decir, un hecho real que ha constituido en múltiples intervenciones de Dios en la historia de los hombres, por medio de acciones y palabras (cfr. Concilio Vaticano II, const. dogm. Dei Verbum), y que ha llegado a su plenitud en Jesucristo. ¿Qué certeza se puede tener de que Dios ha hablado a los hombres? ¿En qué se fundamente la credibilidad del hecho de la Revelación?

La certeza racional que se puede tener del hecho de la Revelación es certeza moral, que es el máximo grado que puede alcanzar quien no sea testigo directo y no tenga certeza física. La certeza moral excluye toda duda razonable en el sujeto, y le capacita para emitir un juicio de credibilidad (<<esto es creíble por mí>>). No es comparable la certeza moral con la certeza de fe, puesto que en esta última se participa de la misma verdad divina, pero la certeza moral no carece de valor, antes al contrario, humanamente hablando es la más adecuada a nuestra naturaleza racional.

a) Motivos de credibilidad. La Revelación histórica viene atestiguada por hechos históricos -reales, constatables- que se pueden conocer y en los que el hombre se puede apoyar para tener certeza moral. Estos hechos históricos reciben el nombre de criterios o motivos de credibilidad, y de ellos se han dado diferentes divisiones; una de ellas es la siguiente (cfr. A. Lang, Teología fundamental, Rialp, Madrid 1970, p. 110-113):

1)Objetivos, es decir, independientes del sujeto que los considera y válidos para cualquiera.

2) Subjetivos, sólo válidos para cada cual, porque se insertan en su vida privada, en su historia personal, etc.

Los criterios objetivos se dividen a su vez en:

a”) Intrínsecos, aquellos que pueden constatarse en la misma doctrina revelada porque pertenecen a su esencia (p. ej: la elevación moral cristiana), o son consecuencia directa de sus contenidos (p. ej.: las relaizaciones sociales de la caridad cristiana).

b”) Extrínsecos, aquellos que acompañan a la doctrina revelada y testimonian su origen sobrenatural; los principales son los milagros, en los que se legitima la misión divina de un enviado de Dios y se confirman sus enseñanzas

b) El milagro como motivo de credibilidad. El término <<milagro>> procede de la palabra latina miraculum, que etimológicamente, significa <<algo que causa admiración>>. Lo propio de los milagros es precisamente ser hechos extraordinarios y, como tales, sorprendentes, admirables, inexplicables para la razón. Se pueden definir como <<hechos producidos por Dios en el mundo, por encima del orden de actuación de cualquier naturaleza creada>>, definición en la que se consideran los elementos esenciales, que son:

1) Hechos, es decir, realidades sensibles (a las que se puede llegar por los sentidos). Sólo algo algo sensible puede servir de signo o señal para que atestigüe, p. ej., el origen sobrenatural de una doctrina o la autoridad de un enviado de Dios.

2) Producidos por Dios, como causa principal, lo cual no excluye que los obre por medio de una causa instrumental (un taumaturgo), pero excluye por completo que se trate de una acción engañosa del demonio.

3) En el mundo, es decir, dentro del ámbito de la experiencia sensible, pues no basta con que la acción milagrosa se efectúe sobre cosas materiales, sino que se requiere un efecto sensible (así, p. ej., la transubstanciación, siendo un milagro, no puede ser motivo de credibilidad, porque el efecto milagroso no es experimentable).

4) Por encima del orden de actuación. El milagro está por encima, pero no en contra de las leyes del mundo creado, supera las leyes del orden físico (p. ej., una curación milagrosa), o del orden intelectual (p. ej., una conversión instantánea como la de San Pablo); pero en ningún caso es contra naturam, es violación de las leyes naturales, sino que las supera y sucede fuera del cauce ordinario.

5) De cualquier naturaleza creada. Los milagros superan de hecho las naturalezas creadas y sus fuerzas, tanto en el orden material como en lo espiritual.

Entre las distintas divisiones de los milagros que los autores establecen, siguiendo puntos de vista diversos, es común mencionar la que hace Santo Tomás en la Suma Teológica (I, q105, a8):

a) Milagros por su esencia (hechos que no pueden darse en la naturaleza, como la transfiguración del Señor).

b) Milagros por su sujeto (hechos qu pueden darse en la naturaleza, pero no en el sujeto en que se realiza: la resurreción de un muerto; aunque la naturaleza pueda dar vida, nunca puede darla a un cuerpo muerto).

c) Milagros por el modo de realizarse (hechos que pueden darse en la naturaleza, pero que su modo de realizarse es superior a las causas naturales: la pesca milagrosa, una curación repentina, etc.)

La cuestión de la posibilidad del milagro es tema obligado dentro de la consideración apologética de estos hechos extraordinarios. Como es lógico, la niegan todos los que rechazan también los presupuestos fundamentales, como son la existencia de Dios, su omnipotencia, su providencia, su libertad, etc., o bien quienes postulen el alejamiento o la indiferencia de Dios con respecto al mundo creado, o sostengan que atentan contra la sabiduría divina, porque los conciben como la correción de un fallo de la creación, etc. Los argumentos racionales para justificar la posibilidad se repiten, con unos u otros matices, en los distintos autores, y suelen ser del siguiente tenor: después de advertir que un milagro depende no sólo de la omnipotencia divina, sino también de su providencia ordenada y extraordinaria, y en último extremo de su libertad, desarrollan los siguientes pasos (cfr. R. Garrigou-Lagrange, De Revelatione, Roma 1926, p. 330ss.):

a) Una causa libre superior, de la cual depende la aplicación de las leyes hipotéticamente necesarias, como no es coartada por ellas, puede obrar fuera de ellas.

b) Dios es la causa libre omnipotente de la que depende la aplicación de todas las leyes hipotéticamente necesarias, que constituyen el orden de actuación de toda naturaleza creada, y la libertad divina no es coartada por ese orden natural.

c) Por tanto, Dios puede obrar fuera del orden de actuación de toda naturaleza creada, es decir, puede hacer milagros.

El fin de un milagro, en cuanto motivo de credibilidad -único punto de vista que aquí interesa-, no es otro que apoyar la verdad de la doctrina revelada o confirmar la autoridad de un enviado de Dios; así puede comprobarse en los milagros de Jesucristo narrados en el Evangelio. Por últim, en cuanto a la cognoscivilidad del milagro (es decir, cómo saber que un hecho extraordinario es un milagro), baste señalar que se deben analizar cuatro cuestiones:

a) Su verdad histórica, en base a testimonios directos y dignos de confianza.

b) Su verdad filosófica, o imposibilidad de explicarlo con causas naturales.

c) Su verdad teológica, o seguridad de que el autor es Dios y no es un engaño del demonio.

d) Su verdad testimonial, o prueba de que se ha realizado para confirmar la doctrina revelada.

E. Credibilidad y disposiciones morales del sujeto. Admitir la credibilidad de la Revelación y emitir el correspondiente juicio (<<esto es creíble>> o <<esto debe ser creído>>) no es aún la fe, que sólo puede tenerse por la graciam sino un preámbulo racional de ella. Sin embargo, como sucede ante la fe o en cualquier momento de conversión del hombre ante Dios, admitir la credibilidad de la doctrina revelada (aceptar, p. ej., el carácter sobrenatural de un hecho milagroso) compromete al sujeto en todas las dimensiones de su ser: en su intelecto, en su voluntad, en su afectividad, etc. Es la persona humana la que acepta aquello o lo rechaza.

Por eso, conviene subrayar la importancia de las disposiciones morales del sujeto ante el hecho de la revelación, y no limitarse a poner el acento en los aspectos racionales del problema: la lógica de la demostración, la fuerza de la argumentación, la irrefutabilidad de las pruebas, etc. Todo eso, siendo muy importante, puede resultar accesorio para una persona que no ame la verdad y no quiera encontrar a Dios. Quede señalado aquí que el valor demostrativo de una prueba racional pasa siempre, a la hora de aceptarla o rechazarla, por el tamiz de la libertad de la persona, en lo que se refiere a cuestiones como las que tratamos, en las que toda la persona y sus convicciones quedan compromentidas ante Dios.

F. Demostración cristiana: el cristianismo tiene un origen sobrenatural.

El importante contenido del presente apartado gira en torno a los testimonios sobre Jesucristo, analizados en su dimensión puramente histórica. Con ellos se pretende demostrar que el Fundador del cristianismo no sólo es un Hombre excelso, poseedor de una doctrina sublime o de un espíritu religioso superior a cualquier otro, sino que fue, en verdad, un enviado de Dios que obró con autoridad divina y con un poder que sólo al Omnipotente pertenece. Un Hombre con tales características -que después de muerto resucita por su propio poder- sólo puede ser Dios (cfr. para todo lo que sigue, A. Lang, o.c., op. 181 ss.).

1. Autoridad histórica de los testimonios sobre Jesucristo. a) Autoridad de los cuatro Evangelios. Los relatos evangélicos narran los momentos principales de la vida de Jesucristo y contienen esencialmente la doctrina que enseñó; son, en ambos aspectos, los documentos históricos más completos que poseemos. La validez del testimonio que nos ofrecen sobre Jesús requiere que previamente se pruebe conforme a las leyes de la crítica histórica y literaria su autenticidad e historicidad. Son innumerables los trabajos científicos realizados con este fin a lo largo de la historia, y de manera más intensa y sistemática en el último siglo. Siguiendo las directrices del Magisterio de la Iglesia y los resultados aportados por los autores católicos más cualificados, apoyándonos en la síntesis que hace Lang, se puede concluir lo siguiente:

– La transmisión textual de los Evangelios ha sido la más fiel posible; la crítica textual demuestra que el texto que ha llegado hasta nuestros días merece toda la confianza.

– Respecto al origen de los Evangelios, la investigación crítica demuestra la veracidad de los testimonios tradicionales; los tres primeros Evangelios (llamados sinópticos) están escritos entre los años 50 y 70, antes de la destrucción de Jerusalén; la tradición más antigua nombra como autores a los apóstoles Mateo (primer Evangelio) y San Juan (cuarto Evangelio), y a los discípulos de los apóstoles, San Marcos (segundo Evangelio) y San Lucas (tercer Evangelio); se admite comúnmente que todos ellos usaron fuentes anteriores, principalmente orales y quizás alguna recopilación escrita.

– Los tres primeros Evangelios guardan profunda relación entre sí, que se manifiesta en múltiples coincidencias, incluso textuales; junto a ellas existen también divergencias, y peculariedades propias de cada Evangelio; no se ha conseguido construir una explicación definitiva de este hecho, que se conoce habitualmente con el nombre de <<cuestión sinóptica>>.

– Los Evangelios fueron escritos indudablemente por hombres creyentes con el deseo de transmitir fielmente a los cristianos la vida y la doctrina de Jesús; esto no obsta para que posean un valor histórico, o mejor dicho, para que sean verdadera historia, narrada según las características propias del tiempo en que se escribe y también según las necesidades de los fieles cristianos, a quienes primariamente se dirige; la propia vida de la Iglesia naciente, a la que se incorporaban sin cesar grandes grupos de fieles, exigió que la primera catequesis oral se pusiese cuanto antes por escrito para fijar establemente los contenidos.

– La fuerte expansión y el desarrollo de la primitiva Iglesia, en la que la fe no es resultado de un largo proceso de decantación, sino el punto de partida, exige una firme base histórica que son los hechos narrados en los Evangelios por testigos oculares o por sus inmediatos discípulos.

– Datos que garantizan la verdad histórica de los relatos son, p. ej. su elevación moral, su sencillez y su objetividad de exposición; también su conocimiento exacto de la situación social y política de Palestina en aquel momento (poco después, con la destrucción de Jerusalén, cambiraría).

b) Testimonio histórico de San Pablo. El testimonio de San Pablo sobre Jesucristo reviste particular importancia, habida cuenta de las circunstancias que concurren en él: la personalidad del testigo, el carácter milagroso de su conversión y la cercanía temporal con la muerte de Jesús. Estos factores, unidos al contenido de su mensaje, le convierten en fuente histórica de singular valor. En resumen, se puede decir lo siguiente:

– La personalidad de San Pablo y su disposición de ánimo ante la doctrina cristiana, expresada con cierto detalle en algunos pasajes de sus espístolas (Gal 1, 14: Philp 3, 5 s.; etc.) o en los Hechos de los Apóstoles (9, 1-19; 22, 5-16; 26, 12-20), ponen de manifiesto su profundo rechazo e incluso violenta oposición al cristianismo naciente: es la postura de un fariseo ferviente, celoso de las tradiciones judías, para quien el culto cristiano a Jesús resucitado era aberrante y blasfemo. Pablo se había caracterizado en Jerusalén como uno de los principales perseguidores de los cristianos, a los que con poderes recibidos de los sacerdotes encerraba en las cárceles; en el momento de su conversión, se dirigía a Damasco con objeto de combatir aquella “herejía” que comenzaba a extenderse.

– Con estos antecedentes tiene lugar su conversión en el camino de Damasco, para la que no cabe explicación natural. Jesús se le aparece rodeado de una luz deslumbrante y cegadora; le advierte que, al perseguir a los cristianos, está persiguiéndole a Él mismo y de la inutilidad de sus esfuerzos, que se vuelven en daño contra sí mismo. En ese instante cambia radicalmente la actitud de Pablo: <<Señor, ¿qué quieres que haga?>> La conversión ha sido inesperada, instantánea y origina un cambio radical en la vida y en las convicciones del perseguidor de la Iglesia. Desde ese instante y hasta la muerte será Pablo el apóstol que más intensamente trabaje en la predicación del Evangelio.

– Es importante señalar que la conversión de San Pablo sucede pocos años después de la muerte y resurreción de Jesucristo (aproximadamente seis años después), y que sus enseñanzas sobre el Señor y sobre la fe cristiana son sustancialmente las misas desde ese primer momento y a lo largo de toda su vida. Eso indica que ya entonces existía un culto y una doctrina cristiana, una enseñanza tradicional que él recibió, y que más tarde transmitió no sin antes compulsarla en Jerusalén con la que enseñaban los Apóstoles (Gal 2, 2).

– El núcleo esencial del testimonio paulino sobre Jesucristo es la fe en su condición de Mesías (Cristo) y Salvador, que ha muerto por nuestros pecados, que ha sido exaltado por la resurrección gloriosa, ha subido a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre. En Jesucristo se han cumplido todas las profecías (1 Cor 15, 3), y la fe en Él es el requisito para salvarse (Rom 10, 9). La gran señal de su misión divina es la resurrección, de la que han sido testigos numerosas personas (1 Cor 15, 5 ss.), entre ellas el mismo S. Pablo (1 Cor 9, 1; Gal 1, 12-17).

– Los datos históricos que aporta San Pablo sobre Jesús no son muchos, pero se puede decir que su figura histórica subyace en todas las enseñanzas del Apóstol, que conoce perfectamente los hechos de su vida con detalle, como muestra p.ej., al narrar la institución de la Eucaristía (1 Cor 11, 23-26). La fe de San Pablo es fe en una persona real, que ha vivido pocos años antes de él y que ha muerto crucificado en tiempos de Poncio Pilato, es decir, muy poco tiempo antes, en circunstancias bien conocidas para los que entonces vivían en Jerusalén. En sus epístolas, sin embargo, no se propone hacer una narración sistemática de esos sucesos históricos, sino que acude a ellos en la medida que los necesita para apoyar una enseñanza concreta; constantemente se remite a una tradición oral que ya conocen los destinarios de sus escritos, y que él mismo ha recibido.

c) Valor histórico de la fe de la primitiva comunidad cristiana. Como ya se ha dicho, el testimonio paulino es importante desde dos puntos de vista: en su propio contenido en primer lugar, y además en cuanto testifica indirectamente la existencia de una tradición cristiana de la que él mismo se beneficia. Antes de las enseñanzas de San Pablo, en las que expone su fe en Jesucristo, está cronológicamente hablando, la fe de la primitiva comunidad cristiana, que se remonta al primerísimo grupo de discípulos reunidos en Jersusalén alrededor de María y de los doce apóstoles (Act 1, 13-14). La vida de la Iglesia naciente, así como el contenido de la fe que profesaba en Jesucristo, esenciales en la materia que estudiamos, puesto que se trata de personas en las que la fe estuvo unida a la evidencia de ser testigos directos, se encuentran recogidos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Lucas, según testimonio unánime de la tradición. De manera semejante a lo hecho en los casos anteriores, se puede resumir el testimonio de la fe de la primitiva Iglesia de la siguiente manera:

– Es opinión común de la crítica la valoración de los Hechos de los Apóstoles como verdadera historia de los primeros tiempos de la comunidad cristiana, escrita por San Lucas utilizando ciertas fuentes personales -principalmente orales, aunque no se excluye que pudiera haber usado algún relato escrito.- cuya existencia se puede constatar principalmente por razones y argumentos internos al libro: su lenguaje a veces arameizante, sus expresiones acomodadas a la mentalidad judía (San Lucas es hombre de cultura y mentalidad griegas), etc.

– Es punto central de la predicación apostólica u, por tanto, de la fe primitiva de la comunidad, el anuncio de que Jesús es el Mesías (Jesucristo) anunciado en las profecías del Antiguo Testamento. Del mismo modo, proclaman aquellos primeros cristianos de Jerusalén que Jesús es el Señor (Kyrios), título que expresa su dignidad y su señorío sobre todas las cosas. Unido a la confesión de estos títulos va también el culto que dirigen los cristianos hacia Jesús, Hijo de Dios exaltado a la derecha del Padre.

– Según se ha señalado, en el testimonio de la primitiva comunidad se unen inseparablemente la fe en Jesucristo y la evidencia histórica de los sucesos que ellos mismos han protagonizado junto a su Maestro: son testimonios de la fe y testigos de la historia. Aunque la firmeza de su fe sea principalmente fruto de la gracia de Pentecostés, no se puede olvidar que creyeron en Jesucristo siempre al mismo tiempo que eran testigos directos de sus hechos y enseñanzas. No todo es historia en su testimonio, ni es todo fe, sino ambas cosas fundidas y compenetradas en una vida de seguimiento a Jesucristo, por quien habían dejado todas las cosas, esperando en Él la salvación. Creían en Jesucristo antes de su muerte; después de ésta se llenaron de temor pero no perdieron la fe, que se vio confirmada por la resurreción gloriosa de Jesús. Son, por ello, testigos oculares de unso hechos y creyentes que proclaman su fe; testimonian lo que han visto, lo que han oído y lo que han creído. Nada sobra en este testimonio, ni tampoco falta nada para tenerlo como fuente histórica fundamental en la que apoyar el origen sobrenatural del cristianismo.

2. Testimonio de Jesucristo sobre su misión divina. Jesucristo afirma repetidamente que ha sido enviado por Dios (Jn 3, 34; 5, 38; 9, 29; etc.), que ha salido de Dios y viene de su parte (Jn 8, 42), que ha bajado del cielo para cumplir la voluntad de quien lo ha enviado (Jn 6, 38), etc. Su vida entera se dirige hacia el cumplimiento de un mandato divino -mandato de salvación- que se expresa de diferentes maneras: <<para dar la vida en redención de muchos>> (Mc 10, 45), para <<buscar y salvar lo que estaba perdido>> (Lc 19, 10), para llamar no <<a los justos sino a los pecadores>> (Mc 2, 17). LLama su alimento al deseo que tiene de cumplir la voluntad del que le ha enviado y llevar a término la obra encomendada (Jn 4, 34), y sus últimas palabras en la cruz, en el instante mismo de su muerte, son: <<consummatum est>>, todo se ha cumplido, todo ha sido hecho (Jn 19, 30).

Estas alusiones, brevemente señaladas aquí, sobre su misión divina, deben ser completadas con aquellas otras en las que Jesucristo afirma expresamente o de manera implícita que es el Mesías, es decir, su misión divina es la de ser el Mesías prometido. Los pasajes evangélicos al respecto son muy numerosos, por lo que conviene hacer una exposición sintética:

– Los primeros discípulos le siguieron porque le consideraban el Mesías (Jn 1, 47 ss.(; lo mismo pensaba el pueblo que acudía a escucharle y a beneficiarse de sus milagros (Mc 8, 28; Lc 7, 16); los demonios que expulsa de algunos posesos le proclaman también como <<el santo de Dios>>, es decir, el Mesías (Mc 1, 24). Su entrada en Jerusalén, con el pueblo aclamándole como al <<que viene en nombre de Dios>>, <<hijo de David>>, etc. (Mt 21, 9), es clara manifestación de la mencionada convicción del pueblo sobre su mesianidad. Es también un testimonio significativo la condena de Jesucristo por el Sumo Sacerdote, porque afirmaba que era <<el Mesías, Hijo de Dios>> (Mc 14, 62 ss.).

– Jesús manifestó su condición mesiánica en repetidas ocasiones y de muchas maneras: a veces claramente y sin atenuar las palabras, como en el texto antes señalado de Mc 14, 62 ss., o en el pasaje de la confesión de San Pedro en Cesarea de Filipo (Mt 16, 16-18); en otras ocasiones, algo más veladamente, pero de manera comprensible para sus interlocutores, como hace ante los enviados de Juan el Bautista, mostrándoles que en Él se están cumpliendo las profecías mesiánicas (Lc 7, 18-23).

– En este orden de cosas -alusiones veladas y a la vez claras para quien pueda entender- está el título que habitualmente se da a sí mismo: <<Hijo del hombre>>, tan frecuente en sus labios. Dicha expresión procede del libro del profeta Daniel, y es en ese contexto un apelativo del Mesías; para quien conociera aquellas profecías, las palabras de Cristo eran una confesión clara de su mesianidad, pero para los que las ignorasen no pasaban de una expresión misteriosa.

– Esta actitud, a veces, velada de su misión se explica fácilmente, si se tiene en cuenta la concepción errada que muchos tenían en Israel, en tiempos de Cristo, acerca de la persona y de la misión del futuro Mesías. Esperaban muchos un Mesías guerrero, combativo, libertador de Israel por la fuerza de las armas, que conduciría al pueblo elegido al culmen del poder terreno, sacudiéndole el yugo de los romanos; los tiempos mesiánicos que ansiaban eran tiempos de prosperidad material y abundancia de bienes… Jesús, en cambio, como verdadero Mesías, traía otra misión: de salvación espiritual, de paz, de perdón de los pecados, de amor a Dios y al prójimo… Él era el humilde Hijo del hombre, el siervo de Dios anunciado por Isaías, que venía a liberar al pueblo judío y a todos los hombres a través de su propia muerte, en expiación por los pecados de todos. Desde estos presupuestos se pueden entender su interés por ocultar en ocasiones su condición, y sólo manifestarla ante quienes puedan aceptarla -con ayuda de la gracia, como los discípulos- o en el momento final, cuando llega la hora esperada de su Pasión.

– Punto culminante del testimonio que Jesucristo da sobre sí mismo es el título de <<Hijo de Dios>>, verdadera manifestación no ya de su misión divina sino de su naturaleza divina, porque esa expresión -que revela una singularísima relación entre Jesús y Dios Padre- no permite, en los textos evangélicos y referida a Cristo, otra interpretación que la que literalmente significa. Más adelante, al estudiar el misterio de la Santísima Trinidad, se volverá a ella.

3. La resurrección de Jesucristo. El testimonio que Jesucristo da de sí mismo y de su misión divina -del que se ha tratado en el apartado anterior- es digno de fe teniendo en cuenta la santidad, la sabiduría y la personalidad de su Autor. Pero además puede ser confirmado por otros argumentos, que la concisión de estas páginas impiden desarrollar; serían, p. ej., los milagros realizados por Jesucristo o, en su nombre, por otras personas; también las profecías mesiánicas que en Él se cumplen. Sin embargo, la confirmación más importante es la que procede del hecho de la Resurrección, en el que conviene detenerse.

Se puede resumir el contenido de esta cuestión en tres puntos: importancia de la Resurrección, diversas narraciones del hecho, fundamento de la fe en la Resurrección.

a) Importancia de la Resurrección como motivo de credibilidad. La idea que mejor expresa la importancia que la Resurrección de Jesucristo tiene para los cristianos la escribió San Pablo en una de sus epístolas: <<Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe>> (1 Cor 15, 14). Es evidente que un milagro como éste posee un incalculable valor apologético y es prueba definitiva para demostrar la misión divina de Jesús y su poder, que vence a su propia muerte.

Jesús había anunciado varias veces, durante su vida pública, que había de padecer en Jerusalén y morir en la cruz, pero que resucitaría al tercer día (cfr. Mt 16, 21; Mc 8, 31; Lc 24, 45-46; etc.), e incñuso había aludido a su Resurrección futura como señal del poder que poseía (cfr. Mt 12, 39 ss).

Aparte de los argumentos señalados, tomados del Nuevo Testamento, la apologética católica suele acudir a otros que también subrayan la importancia decisiva de la Resurrección. Entre ellos, como señala Lang, están las diversas teorías basadas en prejuicios contrarios al origen sobrenatural del cristianismo, que centran sus esfuerzos en socavar el fundamento histórico de la Resurrección. El duro combate que esos autores entablan contra la realidad histórica del hecho manifiesta paralelamente la gran importancia que le conceden.

b) Las diversas narraciones sobre el hecho de la Resurrección. Los pasajes del Nuevo Testamento que narran el hecho de la Resurrección y las apariciones del resucitado a sus discípulos son: Mt 28, Mc, 16, Lc 24, Jn 20-21, Act 1, 3-9 (con otras muchas alusiones en diversos discursos de los apóstoles) y 1 Cor 5-7. El estudio exegético de estos pasajes ha dado lugar a una abundantísima bibliografía por las peculiaridades que presentan, entre las que aparecen determinadas discordancias que admiten distintas explicaciones, como puede comprobarse a continuación.

Ninguna de las divergencias, ni su conjunto, es, sin embargo, suficiente como para dudar del hecho de la Resurrección, cuya historicidad está fuera de toda duda. Se refieren más a circunstancias concomitantes narradas por los diversos escritores sagrados, que son difícilmente armonizables en un único relato, p.ej., el número de mujeres que fueron al sepulcro, el número de ángeles que anunciaron la Resurrección a las mujeres, el orden de las apariciones, la actitud de los distintos testigos, etc.

Es de notar, sin embargo, que lo sustancial del relato permanece en todos los pasajes, aunque cada uno de los autores sigue en su narración -entre las muchas posibilidades- un determinado orden de hechos. Esto, a fin de cuentas, en nada contradice la historicidad del tema de fondo, sino que más bien es consecuencia natural de la intención que animaba a cada escritor al redactar su relato y de las tradiciones orales que mejor conocía. Lo único que realmente se preocupan de destacar únicamente es que Cristo ha resucitado, que hay pruebas indudables de ello y que el número de testigos de sus apariciones es abundante (entre otros, ellos mismos en el caso de San Mateo, San Juan y San Pablo; y quizá también San Marcos). También es importante destacar que ninguno de ellos pretence hacer la historia del hecho de la Resurrección, sino dar testimonio de ella apoyándolo, sin ánimo científico, en pruebas testificales: al tiempo de escribir -como indica San Pablo- todavía vivían muchos testigos directos. Los destinatarios inmediatos de los Evangelios, que conocían bien por tradición oral los hechos relatados, no necesitaban una descripción sumamente detallada y unitaria, sino que bastaba un recuerdo resumido formado por fragmentos parciales.

c) Fundamento de la fe en la Resurrección. Es importante señalar, como hace Lang, que <<la resurrección de Jesús a una vida gloriosa es un hecho meta-histórico, que solo puede alcanzarse por la fe>>, es decir, para creer en la Resurrección -como en cualquier misterio divino que trasciende la razón- no son suficientes los argumentos racionales o históricos, sino que es necesaria la gracia de la fe. Pero, a la vez, hay que destacar, con el citado autor, que <<el hecho de la resurrección corporal de Jesús pertenece a la historia y fue objeto de la experiencia personal de los Apóstoles y sus discípulos. La resurrección se halla en la misma línea histórica de la muerte y la sepultura del Señor. Es un acontecimiento histórico, del mismo modo que la crucifixión o el entierro. En su testimonio de la resurrecció del Señor, los Apóstoles no manifiestan solamente la fe, su esperanza o su íntima convicción religiosa, sino que atestiguan un indudable hecho experimental, realizado por Dios para acreditar la misión divina de Jesús>> (o.c., p. 307).

La fe en la resurrección corporal de Jesucristo, realizada por su propio poder, es punto central del mensaje cristiano desde los inicios de la Iglesia. Teniendo en cuenta lo que se ha señalado en el párrafo inmediatamente anterior, se puede decir que el fundamento humano de esa fe está en dos hechos: el sepulcro vacío y las apariciones a distintas personas. El primero es atestiguado por los cuatro evangelistas, y entre ellos por San Juan, que había sido testigo del entierro del Señor y que, una vez avisado por María Magdalena de que en el sepulcro no estaba el cuerpo de Cristo, salió corriendo hacia allí con San Pedro y en cuanto entró y vio al instante creyó en la Resurrección (cfr. Jn 20, 1-8). ¿Qué le indujo humanamente a creer? Posiblemente, como indican algunos exagetas, la disposición de las vendas y el sudario que habían cubierto el cuerpo muerto de Cristo -alude a ellos-, que mantenían su primitiva posición, pero sin contener aquel cuerpo. En cuanto a las apariciones, siguiendo los relatos evangélicos, hay que decir que fueron la clave inmediata para comprender el porqué del sepulcro vacío, y para que la consternación del primer momento y las dudas concluyesen en la fe en la Resurrección. Fueron acciones reales, corporales, no visiones subjetivas o explicaciones psicológicas: encuentros reales con Cristo vivo y glorioso, al que ven, tocan y hablan, y con el que incluso comen y beben en alguna ocasión. Estas apariciones objetivas, con la ayuda de la gracia, <<engendran la fe en la Resurrección>>.

 

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2. Teología fundamental desde el punto de vista dogmático

Posted by francescopetrarca en 17 junio 2009

A. Introducción. Se advirtió en su momento que la Teología fundamental admite dos tratamientos distintos o dos maneras diferentes de concebirla y desarrollarla:

a) Como apologética o defensa racional de los fundamentos.

b) Como gnoseología teológica o ciencia que estudia las raíces del conocimiento teológico.

En el primer aspecto, expuesto al completo en los apartados anteriores, se argumenta una base a la razón dentro del ámbito de los preambula fidei; en el segundo, el punto de partida es la fe y se argumenta en base a la autoridad de la revelación y de la Iglesia. Este aspecto, del que se va a tratar a continuación, se puede concebir como el primer paso de la Teología dogmática, en el que ésta se detiene a considerar sus propias fuentes y a reflexionar sobre ellas.

Para todo lo que sigues es esencial la doctrina de la constitución dogmática Dei Verbum (DV) del concilio Vaticano II, en la que el Magisterio de la Iglesia enseña la noción cristiana de la Revelación, su contenido, sus fuentes, etc. Dicho importante documento magisterial está en íntima conexión con anteriores enseñanzas de la Iglesia -especialmente con la constitución dogmática Dei Filius, del Concilio Vaticano I- y es por ello, en sí misma y como eslabón de una cadena doctrinal expuesta siempre en el mismo sentido, un punto de referencia necesario en la materia que ahora se trata. En vista de lo cual, se recoge a continuación una selección del texto, dividiéndolo en apartados para facilitar su estudio (se señalan algunas frases con objeto de fijar mejor el contenido).

B. Naturaleza de la Revelación: comunicación sobrenatural de Dios, por medio de hechos y de palabras (DV, nº 2). <<Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cfr. Eph 1, 9), gracias al cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cfr. Eph 2, 18; 2 Pet 1, 4). En consecuencia, por esta Revelación, Dios invisible (cfr. Col 1, 15; Tim 1, 17) habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor (cfr. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), y mora con ellos (cfr. Bar 3, 38) para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de Revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la Revelación de Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la Revelación>> (cfr. Mt 11, 27; Jn 1, 14 y 17; 14, 6; 17, 1-3; 2 Cor 3, 16; 4, 6; Eph 1, 3-14).

C. Historia y modo de esta Revelación: estapas sucesivas y su culmen en Cristo (DV, nº 3-4). <<Dios creándolo todo y conserándolo en su verbo (cfr. Jn 1, 3), da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas (cfr. Rom 1, 19-20), y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída, alentó en ellos la esperanza de la salvación (cfr. Gen 3, 15) con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr. Rom 2, 6-7). En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo (cfr. Gen 12, 2-3), al que luego instruyó por los patriarcas, por Moisés y por los profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero; Padre providente y justo juez, y para que esperasen al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio>>.

<<Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los profetas, últimamente, en estos día, nos habló por su Hijo (Heb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios (cfr. Jn 1, 1-18); Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, <<hombre enviado a los hombres>> (Epistola ad Diognetum c. 7, 4; Funk, Patres apostolici I p. 403), habla palavras de Dios (Jn 3, 34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cfr. Jn 5, 36; 17, 4). Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cfr. Jn 14, 9)-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa entre los muertos, finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la Revelación y confirma con el testimonio divino que vive Dios con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.

La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo>> (cfr. 1 Tim 6, 14; Tit 2, 13).

D. Objeto de la Revelación.

a) La vida íntima de Dios y los eternos decretos de salvación de los hombres (DV, nº 6).
<<Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, “para comunicarles los bienes divinos que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana”>> (conc. Vaticano I, const. dogmática De fide catholica c. 2: Denz. 1786 (3005)).

Confiesa el santo Concilio <<que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criatuas>> (cfr. Rom 1, 20); pero enseña que hay que atribuir a su Revelación <<el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano>> (ibíd.: Denz. 1785 y 1786 (3004 y 3005).

b) Verdades naturales y sobrenaturales. El texto anterior señala que la Revelación está constituida por dos tipos de verdades: las verdades sobrenaturales, que <<superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana>> y las verdades naturales, accesibles a la razón. Las primeras son también denominadas misterios de la fe y se encuentran recogidas sustancialmente en el Credo. Son, p. ej., el misterio de la Santísima Trinidad, el de la Encarnación del Verbo, el de la Redención, etc. Las segundas son las verdades religiosas de orden natural, que pueden ser conocidas y demostradas por la razón, p.ej., la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma, la existencia y la obligatoriedad de la ley natural, la creencia en un premio o castigo después de la muerte, etc.

E. Necesidad de la fe para aceptar la Revelación. (DV, nº 5). << Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe (Rom 16, 26; cfr. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad” (conc. Vaticano I, const. dogmática De fide catholica c.3 de fide: Denz- 1789 (3008)), y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad” (conc. Araus II, can. 7: Denz. 180 (377): conc Vaticano I, 1 c.: Denz. 1791 (3010)). Y para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones>>.

F. Transmisión de la Revelación en la época apostólica. <<Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres premaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo (cfr. 2 Cor 1, 30; 3, 16-4, 6), mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio (cfr. Mt 28, 19-20; Mc 16, 15. conc. Tridentino, ses. 4, Decr De Canonicus Scripturis: Denz. 783 (1501)) , comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los profetas, lo completó Él y promulgó con su propia boca, como fuente de toda verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, escribieron el mensaje de la salvación (cfr. conc. Tridentino. 1 c.; conc. Vaticano I, ses. 3, const. dog. De fide catholica c. 2 de revelatione: Denz. 1787 (3006).

Mas, para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los obispos, <<entregándole su propio cargo del magisterio>>. Por consiguiente, esta sagrada Tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en el que la Iglesia peregrina en la Tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verlo cara a cara, tal como Él es (cfr. 1 Jn 3, 2)>>.

G. La Sagrada Escritura. (DV, nº 11 y 13; cfr. también concilio Tridentino, Decr. De libris sacris et traditionibus recipiendis). << Las verdades reveladas por Dios que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. La Santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, que escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo (cfr. Jn 20, 31; 2 Tim, 3, 16; 2 Pet 1, 19-21; 3, 15-16) tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia (cfr. concilio Vaticano I, const. Dei Filius c. 2 de revelatione: Denz. 1787 (3006); Comm. Biblica, Decr. del 18 de junio 1915. Denz 2180 (3629), EB 420; S.C.S. Oficio, carta del 22 de diciembre de 1923: Eb 499). Pero en la redacción de los libros sagrados Dios eligió a los hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios (cfr. Pío XII, enc. Divino afflante Spiritu, 30 de septiembre de 1943: AAS 35 (1943) 14; Enchir. Bibl. (EB) 556), de forma que, obrando Él en ellos y por ellos (en y por el hombre: cfr. Hebr 1, 1; 4, 7; 2 Sam 23, 2; Mt 1, 22 y frecuentemente; conc Vaticano I, Schema de doctrina cathol. not. 9: Coll. Lac. VII 522), escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería (León XIII; enc. Providentissimus Deus, del 18 de nov. 1893; Denz. 1952 3293; EB 125).

Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que lso libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación (cfr. San Agustín, Gen. ad litt. 2. 9, 20; PL 34, 270-271; Epist. 82, 3; PL 33, 277; CSEL 34, 2 p. 354; Santo Tomás; De Ver. q 12. a, 2C; concilio Tridentino., ses. 4, De canonicis Scripturis: Denz. 783 (1501); León XIII, enc. Providentissimus: EB 121, 124, 126-127: Pío XII, enc. Divino afflante: EB 539). Así, pues, toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia , a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena (2 Tim 3, 16-17).

<<En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable “condescendencia” de la sabiduría eterna, “para que conozcamos la inefable benignidad de DIos, y de cuánta adaptación de palabra ha usado teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza” (S. Juan Crisóstomo, In Gen. 3, 8 hom. 17, 1: PG 53, 134; “adaptación” en griego se dice synkatábasis). Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres>>.

a) Canon de los libros sagrados (cfr. conc. Trento, sesion 4ª, Denz. 1501-03).

El canon de los libros sagrados o canon bíblico, es la lista de los libros inspirados. <<La realidad revelada del canon bíblico está en la fe de la Iglesia desde sus orígenes. Los testimonios documentales más importantes que se conservan de esta de son los decretos de los conc. Cartago (alrededor del año 400), y algunos documentos del Magisterio ordinario desde el s.V. El concilio Florentino (1441), a su vez, recogió esta Tradición de la Iglesia. Esta verdad de fe fue definida solemnemente por el concilio de Trento (1546), para salir al paso de los errores protestantes. Finalmente, el concilio Vaticano I (1870) reiteró de modo solemne la definición del Tridentino.

El concepto de canonicidad presupone el de inspiración: un libro es canónico cuando, habiendo sido escrito bajo la inspiración divina, es reconocido y propuesto como tal por la Iglesia. La Iglesia no define como canónico ningún libro que no sea inspirado. El criterio ha servido al Magisterio de la Iglesia para la definición de cuáles son en concreto los libros inspirados y canónicos es la Santa Tradición, que arranca de Jesús y sus Apóstoles, interpretada con la asistencia del Espíritu Santo>>. (Introducción general a la Biblia, en Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra I, p. 20, Pamplona, 1976).

El Canon, según el Concilio de Trento, es el siguiente:

I. Antiguo Testamento

Libros históricos: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1º y 2º de Samuel, 1º y 2º de los Reyes, 1º y 2º de Crónicas, Esdras (1º de Esdras), Nehemías (ó 2º de Esdras), Tobías, Judit y Ester.

Libros sapienciales o didácticos: Job, Salterio o Libro de los salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los cantares, Sabiduría y Eclesiástico.

LIbros proféticos: Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habauc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.

Últimos libros históricos: 1º y 2º de Macabeos.

II. Nuevo Testamento.

Libros históricos: Evangelio según San Mateo, Evangelio según San Marcos, Evangelio según San Lucas, Evangelio según San Juan y Hechos de lo Apóstoles.

Libros didácticos:

a) Espístolas de San Pablo: Romanos, 1º y 2º de Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1º y 2º de Tesalonicenses, 1º y 2º de Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos.

b) Epístolas católicas: 1º y 2º de Pedro, 1º, 2º y 3º de Juan; Santiago u Judas.

Libro profético: Apocalípsis.

b) Noción de inspiración divina.

Se llama inspiración a la acción de Dios sobre los escritores de los libros sagrados, por la cual <<ilustra su inteligencia para que puedan concebir con recitud todo aquello y sólo aquello que Dios quiere que escriban. Es también una moción infalible, aunque sin menoscabo de la libertad del escritor sagrado, que mueve la voluntad de éste para escribir fielmente lo que ha conceido en su inteligencia. Por último, consiste también en una ayuda eficaz para que el hagiógrado encuentre el lenguaje y los modos apropiados para expresar aptamente todo lo que ha concebido y querido escribir. De este modo, Dios es el autor principal de la Sagrada Escritura y los escritores sagrados (hagiógrafos) también verdaderos autores, aunque subordinados a modo de instrumento inteligente y libre, en manos de Dios. Según esto, el libro inspirado es el fruto de la acción de Dios y del hagiógrafo, de modo que todos los conceptos y todas las palabras del texto sagrado se deben simultáneamente a Dios y a su instrumento, el hagiógrafo. Nada hay en la Biblia, pues, que no esté inspirado por Dios>>. (Introducción general a la Biblia,o.c., p. 23).

H. La Sagrada Tradición. (DV, nº 8). <<Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí los Apóstoles, comunicando lo que ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles a que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito (cfr. 2 Thes 2, 15), y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre (cfr. Ids 3) (cfr. Concilio Niceno II: Denz. 303 (602); concilio Constatinopla IV, sesión 10, can. I: Denz. 336 (650-652). Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.

Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo (cfr. Concilio Vaticano I, Const. dogm. de fide catholica c. 4 de fide et ratione: Denz. 1800 (3020)), puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón (cfr. Lc 2, 19 y 51); ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales; ya por el anuncio de aquellos que, con la sucesión del episcopado, recibieron el carisma cierto de la verdad; es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.

Las enseñanzas de los Santos PAdres testifican la presencia viva de esta Tradición, cuyos tesoreos se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el canon de los libros sagrado, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa; y de esta forma Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente. (cfr. Col 3, 16)>>.

I. Relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. (DV, nº9). <<Así, pues, la sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucedores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad, la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad (cfr. concilio Tridentino, ses. 4 1.c.: Denz. 783 (1501))>>.

J. Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio. (DV, nº 10). <<. La sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura, constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito, todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constante en la fracción del pan y en la oración (cfr. Act 2, 42 gr.), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conversación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida (cfr. Pío XII, const. apost. Munificentissimus Deus, del 1 nov. 1950: AAS 42 (1950) 756, relacionada con las palabras de San Cipriano: <<La Iglesia, plebe aunada a su Sacerdote y grey adherida a su Pastor>> (Epist. 66, 8: CSEL III B, p. 733)).

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, escrita o transmitida (cfr. Concilio Vaticano I, const. dogm De fide catholica c.3 de fide: Denz. 1792 (3011)), ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia (cfr. Pío XII, enc. Humani generis, del 12 ag. 1950; AAS 42 (1950) 569; Denz. 2314 (3886)), cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca la que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas>>.

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3. Aceptación de la Revelación por la fe: el acto de fe.

Posted by francescopetrarca en 17 junio 2009

A. Introducción. El término latino fides, del que procede la palabra castellana fe, deriva del verbo fido: confiar, fiarse, y significa por tanto la actitud del que se fía o confía en otro. Esta confianza implica dos aspectos: uno que se podría calificar de orden afectivo -el sentimiento de afecto hacia la persona en que se confía-, y otro de orden intelectivo -comprensión de que debe prestarse esa confianza, dada la autoridad y veracidad de la otra persona.

En la Sagrada Escritura, tanto el término veterotestamentario (cuya raíz, haman, expresa la actitud del niño que se deja llevar en brazos de su madre) como el neotestamentario contienen en su significado los dos aspectos antes señalados, aunque con sus matices propios: creer es poner la confianza en Dios, aceptando las verdades reveladas y adoptando un estilo de vida coherente con ellas; es el asentimiento, en el Nuevo Testamento, a la doctrina de Cristo y el seguimiento de su vida, a la que ha de asociarse y unirse la propia. De ahí que la fe sea el principio de la justificación, en cuanto presupone la adhesión al plan divino de salvación revelado por Cristo y anunciado por los Apóstoles; así lo enseña San Pablo en sus epístolas, especialmente en las dirigidas a los romanos y a los gálatas.

Al tratar teológicamente de la fe es preciso advertir que esa noción admite, dentro de un significado básico como el ya señalado, diversos matices que se deben distinguir. Así se habla de la fe entendida como virtud sobrenatural, es decir, como <<hábito del espíritu que incoa en nosotros la vida eterna. haciendo adherirse a la inteligencia a lo que no es evidente>> (Sum. Th., II-II, q4, a1); o bien de la fe como acto del hombre, fruto de la gracia y de su libertad. También se habla en ocasiones de la fides qua creditur (fe por la que se cree), que no es sino la virtud de la fe, y de la fides quae creditur (fe que se cree), que son las verdades reveladas enseñadas por la Iglesia. En la definición escrita líneas antes se incluye sólo la fe como virtud, pero se sugiere ya el resultado sobrenatural que es el acto libre de la fe: la adhesión a las verdades. Dicha adhesión procede de la gracia y de la confianza en Dios que es quien revela, es decir, de la confianza en la autoridad de Dios; el testimonio divino es la garantía de la certeza de fe, porque Dios es la Verdad primera. Así lo enseña el concilio Vaticano I, al decir que la fe es <<una virtud sobrenatural, por la cual, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la íntrinseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni engañarnos>> (const. dogm. Dei Filius, Denz. 1789 (3008)).

B. Estructura del acto de fe. 1. El acto de fe es formalmente un acto intelectual. De acuerdo con lo que antes se ha dicho, y siguiendo la doctrina de Santo Tomás, se ha de afirmar que el acto de fe, por el que se aceptan unas verdades adhiriéndose el entendimiento a ellas por la autoridad de Dios que las revela, es un acto intelectual, es decir, si la fe es un modo de conocer, el asentimiento personal o acto de fe ha de ser un acto de entendimiento, porque ésta es la facultad por la que se conoce. Así lo enseña Santo Tomás, como decimos, y con él la mayoría de los teólogos. Uno de los textos más importantes del Angélico en esta materia es el de la Sum. Th., II-II, q2, a1; en el que estudia la famosa definición de San Agustín: credere est cum assensione cogitare (creer es pensar o deliberar asintiendo). Para Santo Tomás, esta definición es válida, siempre que se resalte el carácter esencialmente intelectual de la fe.

2. Papel de la voluntad en el acto de fe. Entendimiento y voluntad no son dos facultades incomunicables en el hombre, sino que sus acciones propias (conocer y amar respectivamente) confluyen en cada acto de la persona, que es el sujeto que actúa, y mantienen una relación de interdependencia. Así, pues, en el acto de fe -aunque formalmente sea un acto de entendimiento- también interviene la voluntad de manera determinante. El propio Santo Tomás dirá que la fe es un acto del entendimiento intrínsecamente determinado por tendencias afectivas, es decir, por imperio de la voluntad que impulsa el entendimiento a creer.

La voluntad, ayudada por la gracia, capta en el objeto de adhesión (en las verdades reveladas con autoridad divina) la bondad o conveniencia de aceptarlas, porque en ellas se nos da el Bien que es Dios y de ellas depende el bien de nuestra salvación. Como dirán los teólogos, la influencia de la voluntad es causal y previa, y desde luego esencial al acto de fe por más que éste sea desde el punto de vista formal un acto de conocimiento. Esto se resumen diciendo que la intervención de la voluntad es una <<moción especificativa>>.

3. El acto de fe es esencialmente sobrenatural y libre. Es doctrina de fe definida por la Iglesia en repetidas ocasiones (p. ej., en el concilio II de Orange, en el conc. de Trento, en el conc. Vaticano I), que el acto de fe es esencialmente sobrenatural, es decir, que tanto el asentimiento intelectual como la moción de voluntad son consecuencias de Dios.

Como dice Santo Tomás (Sum. Th., II-II, q6, a1), el hombre, para sentir a las verdades de fe, ha de ser elevado sobre su propia naturaleza, puesto que esas verdades son de por sí incognoscibles e indemostrables para la razón, y la elevación no puede darse sin un principio sobrenatural que le mueva interiormente. Ese principio es Dios, es decir su gracia. <<Por tanto -concluye el Angélico-, la fe, en cuanto al asentimiento, que es su acto principal, proviene de Dios, que mueve interiormente por la gracia>>. Lo mismo hay que decir, como es lógico, respecto a la noción de la voluntad. Ya en el conc. II de Orange enseñaba que tanto el comienzo de la fe como el piadoso afecto de credulidad (pius credulitatis affectus) propio de la voluntad <<no se dan, naturalmente, sino mediante el don de la gracia y la inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad>> (Denz. 178 (375)). Ese acto de fe sobrenatural es también esencialmente libre. La gracia divina -sanante y elevante- que conduce al asentiimento de fe no destruye la voluntad libre del hombre, sino que potencia su libertad. Creer en Dios es, como ya se ha indicado, un acto plenamente voluntario y, en consecuencia libérrimo. Por ser sobrenatural y libre, el acto de fe es meritorio.

C. Génesis del acto de fe. El acto humano libre, y esencialmente sobrenatural, de por qué se cree, es el resultado final de un proceso psicológico muy estudiado por los teólogos. Su génesis, en resumen, es la siguiente (Sum. Th.,II-II, q2):

a) El acto de fe requiere previamente un juicio de credibilidad, es decir, un juicio que permita realizar un asentimiento razonable.

b) Debe ser un juicio cierto, apoyado en razones que excluyan toda duda razonable y también la simple probabilidad; basta una certeza moral.

c) El juicio de credibilidad se apoya en los motivos o criterios de credibilidad.

d) Además de juicio especulativo de credibilidad (<<esto puede ser razonablemente creído>>, es preciso también un juicio práctico, llamado juicio de credentidad (<<esto debe ser creído por mí>>).

e) Al menos el juicio de credentidad -no se excluye en absoluto lo anterior- debe ser intrínsecamente sobrenatural, puesto que de él procede la voluntad de creer, que ya es, como se ha visto más atrás, sobrenatural.

f) El acto de fe (<<creo en Dios>>, <<creo en esto que Dios revela>>) posee y produce certeza absoluta.

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4. Símbolo de fe.

Posted by francescopetrarca en 17 junio 2009

Se conoce como símbolos de fe las fórmulas en las que se compendia lo que el cristiano debe creer. El depósito de la fe lo constituye toda la Revelación, contenida en la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio eclesiástico. En las fórmulas se insiste, por razones prácticas, en los artículos más importantes de la fe. A continuación se reproducen los símbolos más frecuentemente utilizados, que recogen la fe de la Iglesia. Existen además los símbolos calcedonio y atanasiano, que recogen también la Revelación en síntesis. En la predicación de los apóstoles aparace ya un esbozo del ciclo cristológico.

A. Credo apostólico (bautismal de la Iglesia católica):

Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso; y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

Esta forma del Credo, que suele reproducirse en todos los catecismos (p. ej. Catecismo de San Pío X), aparece en el s. VI de la pluma de Cesáreo de Arlés y procede de una forma de fines del s. II, que recoge la doctrina de los Apóstoles en estos términos:

<<Creo en Dios Padre todopoderoso, y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació por obra del Espíritu Santo de la Virgen María, padeció bajo Poncio Pilato, murió y fue sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la derecha del Padre, de donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu anto, en la santa Iglesia, la remisión de los pecados, la resurrección de la carne.>>

B. Credo de la Misa (niceno-constantinopolitano):

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre; por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

Creo en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados, espero la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro. Amén

Este sçimbolo se atribuye a los 150 obispos reunidos en el I Concilio de Constantinopla (381), pero existía antes. Dede que los acuerdos dogmáticos del citado concilio fueron aprobados por el papa San León I Magno (433), el símbolo ha tenido valor de dogma.

C. Credo del Pueblo de Dios (de Paulo VI):

1. Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles como es este mundo en el que transcurre nuestra vida pasajera, de las cosas invisibles como los espíritus puros que reciben también el nombre de ángeles y Creador en cada hombre de un alma espiritual e inmortal.

2. Creemos que este Dios único es absolutamente uno en su esencia infinitamente santa al igual que en todas sus perfecciones, en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y en su amor. [i]”Él es el que es”, como lo ha revelado a Moisés (Cf. Ex., 3,14); y “Él es Amor“, como el apóstol Juan nos lo enseña (Cf. 1 Jn., 4,8); de forma que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma Realidad divina de Aquél que ha querido darse a conocer a nosotros y que, “habitando en una luz inaccesible” (Cf. 1 Tim., 6,16) está en sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada. Solamente Dios nos puede dar ese conocimiento justo y pleno de sí mismo revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por gracia a participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y más allá de la muerte en la luz eterna. Los mutuos vínculos que constituyen eternamente las Tres Personas, siendo cada una el solo y el mismo Ser divino, son la bienaventurada vida íntima del Dios tres veces santo, infinitamente superior a lo que podemos conocer con la capacidad humana. Damos con todo gracias a la Bondad divina por el hecho de que gran número de creyentes puedan atestiguar juntamente con nosotros delante de los hombres la Unidad de Dios, aunque no conozcan el Misterio de la Santísima Trinidad.

3. Creemos en el Padre que engendra al Hijo desde toda la eternidad; en el Hijo, Verbo de Dios, que es eternamente engendrado; en el Espíritu Santo, Persona increada, que procede del Padre y del Hijo, como eterno Amor de ellos. De este modo en las Tres Personas divinas, “coaeternae sibi et coaequales” [eternas e iguales entre sí], sobreabundan y se consuman en la eminencia y la gloria, propias del Ser increado, la vida y la bienaventuranza de Dios perfectamente uno, y siempre “se debe venerar la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad”.

4. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, que es el Hijo de Dios. El es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, “homoousios to Patri“, y por quien todo ha sido hecho. Se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, e inferior al Padre según la humanidad, y uno en sí mismo (no por una imposible confusión de las dos naturalezas, sino) por la unidad de la persona.

Habitó entre nosotros, con plenitud de gracia y de verdad. Anunció e instauró el Reino de Dios y nos hizo conocer en El al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo: amarnos los unos a los otros como El nos ha amado. Nos enseñó el camino de las Bienaventuranzas del Evangelio: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, el dolor soportado con paciencia, la sed de justicia, la misericordia, la pureza de corazón, la voluntad de paz, la persecución soportada por la justicia. Padeció en tiempos de Poncio Pilato, como Cordero de Dios, que lleva sobre sí los pecados del mundo, y murió por nosotros en la cruz, salvándonos con su Sangre redentora. Fue sepultado y por su propio poder resucitó al tercer día, elevándonos por su Resurrección a la participación de la vida divina que es la vida de la gracia. Subió al cielo y vendrá de nuevo, esta vez con gloria, para juzgar a vivos y muertos, a cada uno según sus méritos: quienes correspondieron al Amor y a la Misericordia de Dios irán a !a vida eterna; quienes lo rechazaron hasta el fin, al fuego inextinguible. Y su Reino no tendrá fin.

5. Creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. El nos ha hablado por los Profetas y ha sido enviado a nosotros por Cristo después de su Resurrección y su Ascensión al Padre; El ilumina, vivifica, protege y guía la Iglesia, purificando sus miembros si éstos no se sustraen a la gracia. Su acción, que penetra hasta lo más intimo del alma, tiene el poder de hacer al hombre capaz de corresponder a la llamada de Jesús: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.”

6. Creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y que por virtud de esta elección singular, Ella ha sido, en atención a los méritos de su Hijo, redimida de modo eminente, preservada de toda mancha de pecado original y colmada del don de la gracia más que todas las demás criaturas. Asociada por un vínculo estrecho e indisoluble a los Misterios de la Encarnación y de la Redención, la Santísima Virgen, la Inmaculada, ha sido elevada al final de su vida terrena en cuerpo y alma a la gloria celestial y configurada con su Hijo resucitado en la anticipación del destino futuro de todos los justos. Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos.

7. Creemos que en Adán todos pecaron, lo cual quiere decir que la falta original cometida por él hizo caer a la naturaleza humana, común a todos los hombres, en un estado en que experimenta las consecuencias de esta falta y que no es aquel en el que se hallaba la naturaleza al principio en nuestros padres, creados en santidad y justicia y en el que el hombre no conocía ni el mal ni la muerte. Esta naturaleza humana caída, despojada de la vestidura de la gracia, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte se transmite a todos los hombres y en este sentido todo hombre nace en pecado. Sostenemos, pues, con el Concilio de Trento que el pecado original se transmite con la naturaleza humana “no por imitación, sino por propagación” y que por tanto “es propio de cada uno”.

8. Creemos que Nuestro Señor Jesucristo por el Sacrificio de la Cruz nos rescató del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que, según afirma el Apóstol, “donde había abundado el pecado, sobreabundé la gracia” (Cf. Rom., 5,20).

9. Creemos en un solo Bautismo, instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. El bautismo se debe administrar también a los niños que todavía no son culpables de pecados personales, para que, habiendo sido privados de la gracia sobrenatural, renazcan “del agua y del Espíritu Santo” a la vida divina en Cristo Jesús.

10. Creemos en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra que es Pedro. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo, al mismo tiempo sociedad visible, instituida con organismos jerárquicos, y comunidad espiritual; la Iglesia terrestre, el Pueblo de Dios peregrino aquí abajo y la Iglesia colmada de bienes celestiales, el germen y las primicias del Reino de Dios, por el que se continúa a lo largo de la historia de la humanidad la obra y los dolores de la Redención y que tiende a su realización perfecta más allá del tiempo en la gloria. En el correr de los siglos, Jesús, el Señor, va formando su Iglesia por los sacramentos, que emanan de su Plenitud. Por ellos hace participar a sus miembros en los misterios de la Muerte y de la Resurrección de Cristo, en la gracia del Espíritu Santo, fuente de vida y de actividad. Ella es, pues, santa, aun albergando en su seno a los pecadores, porque no tiene otra vida que la de la gracia: es, viviendo esta vida, como sus miembros se santifican; y es, sustrayéndose a esta misma vida, como caen en el pecado y en los desórdenes que obstaculizan la irradiación de su santidad. Y es por esto que la Iglesia sufre y hace penitencia por tales faltas que ella tiene el poder de curar en sus hijos en virtud de la Sangre de Cristo y del Don del Espíritu Santo.

Heredera de las promesas divinas e hija de Abrahán según el Espíritu, por aquel Israel cuyas Escrituras guarda con amor y cuyos Patriarcas y Profetas venera: fundada sobre los Apóstoles y transmitiendo de generación en generación su palabra siempre viva y sus poderes de Pastores en el Sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él; asistida perennemente por el Espíritu Santo, tiene el encargo de guardar, enseñar, explicar y difundir la Verdad que Dios ha revelado de una manera todavía velada por los Profetas y plenamente por Cristo Jesús.

11. Creemos todo lo que está contenido en la Palabra de Dios escrita o transmitida y que la Iglesia propone para creer como divinamente revelado, sea por una definición solemne, sea por el magisterio ordinario y universal.

12. Creemos en la infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro, cuando enseña ex cathedra [desde la cátedra] como Pastor y Maestro de todos los fieles y de la que está asistido también el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el magisterio supremo en unión con él.

13. Creemos que la Iglesia fundada por Cristo Jesús, y por la cual El oró, es indefectiblemente una en la fe, en el culto y en el vínculo de la comunión jerárquica. Dentro de esta Iglesia, la rica variedad de ritos litúrgicos y la legítima diversidad de patrimonios teológicos y espirituales, y de disciplinas particulares, lejos de perjudicar a su unidad, la manifiesta ventajosamente. Reconociendo también, fuera del organismo de la Iglesia de Cristo, la existencia de numerosos elementos de verdad y de santificación que le pertenecen en propiedad y que tienden a la unidad católica y creyendo en la acción del Espíritu Santo que suscita en el corazón de los discípulos de Cristo el amor a esta unidad, Nos abrigamos la esperanza de que los cristianos que no están todavía en plena comunión con la Iglesia única se reunirán un día en un solo rebaño con un solo Pastor.

14. Creemos que la Iglesia es necesaria para salvarse, porque Cristo, el solo Mediador y Camino de salvación, se hace presente para nosotros en su Cuerpo que es la Iglesia. Pero el designio divino de la salvación abarca a todos los hombres; y los que sin culpa por su parte ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sinceridad y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan por cumplir su voluntad conocida mediante la voz de la conciencia, éstos, cuyo número sólo Dios conoce, pueden obtener la salvación.

15. Creemos que la Misa celebrada por el sacerdote, representante de la persona de Cristo, en virtud del poder recibido por el sacramento del Orden, y ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo Místico, es el Sacrificio del Calvario, hecho presente sacramentalmente en nuestros altares.

16. Creemos que del mismo modo que el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo glorioso, y reinante en el cielo, y creemos que la misteriosa presencia del Señor, bajo lo que sigue apareciendo a nuestros sentidos igual que antes, es una presencia verdadera, real y sustancial.

Cristo no puede estar así presente en este Sacramento más que por la conversión de la realidad misma del pan en su cuerpo y por la conversión de la realidad misma del vino en su Sangre, quedando solamente inmutadas las propiedades del pan y del vino, percibidas por nuestros sentidos. Este cambio misterioso es llamado por la Iglesia, de una manera muy apropiada, “transustanciación“. Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, para estar de acuerdo con la fe católica debe mantener que en la realidad misma, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están desde ese momento realmente delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino, como el Señor ha querido para darse a nosotros en alimento y para asociarnos en la unidad de su Cuerpo Místico.

La existencia única e indivisible del Señor en el cielo no se multiplica, sino que se hace presente por el Sacramento en los numerosos lugares de la tierra donde se celebra la Misa. Y sigue presente, después del sacrificio, en el Santísimo Sacramento que está en el tabernáculo, corazón viviente de cada una de nuestras iglesias. Es para nosotros un dulcísimo deber honrar y adorar en la santa Hostia que ven nuestros ojos al Verbo Encarnado que no pueden ver, el cual sin abandonar el cielo se ha hecho presente ante nosotros.

17. Confesamos que el Reino de Dios iniciado aquí abajo en la Iglesia de Cristo no es de este mundo, cuya figura pasa, y que su crecimiento propio no puede confundirse con el progreso de la civilización, de la ciencia o de las técnicas humanas, sino que consiste en conocer cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en esperar cada vez con más fuerza los bienes eternos, en corresponder cada vez más ardientemente al Amor de Dios, en dispensar cada vez más abundantemente la gracia y la santidad entre los hombres. Este mismo amor es el que impulsa a la Iglesia a preocuparse constantemente del verdadero bien temporal de los hombres. Sin cesar de recordar a sus hijos que ellos no tienen una morada permanente en este mundo, los alienta también, en conformidad con la vocación y los medios de cada uno, a contribuir al bien de la ciudad terrenal, a promover la justicia, la paz y la fraternidad entre los hombres, a prodigar ayuda a sus hermanos, en particular a los más pobres y desgraciados. La intensa solicitud de la Iglesia, Esposa de Cristo, por las necesidades de los hombres, por sus alegrías y esperanzas, por sus penas y esfuerzos, nace del gran deseo que tiene de estar presente entre ellos para iluminarlos con la luz de Cristo y juntar a todos en El, su único Salvador. Pero esta actitud nunca podrá comportar que la Iglesia se conforme con las cosas de este mundo ni que disminuya el ardor de la espera de su Señor y del Reino eterno.

18. Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de cuantos mueren en la gracia de Cristo -ya las que todavía deben ser purificadas en el purgatorio, ya las que desde el instante en que dejan los cuerpos son llevadas por Jesús al Paraíso como hizo con el buen ladrón-, constituyen el Pueblo de Dios más allá de la muerte la cual será definitivamente vencida en el día de la resurrección cuando esas almas se unirán de nuevo a sus cuerpos.

19. Creemos que la multitud de aquellos que se encuentran reunidos en torno a Jesús y a María en el Paraíso, forman la Iglesia del cielo donde, en eterna bienaventuranza, ven a Dios tal como es y donde se encuentran asociadas, en grados diversos, con los santos Ángeles al gobierno divino ejercido por Cristo en la gloria, intercediendo por nosotros y ayudando nuestra flaqueza mediante su solicitud fraternal.

20. Creemos en la comunión de todos los fieles de Cristo, de los que aún peregrinan en la tierra, de los difuntos que cumplen su purificación, de los bienaventurados del cielo, formando todos juntos una sola Iglesia; y creemos que en esta comunión el amor misericordioso de Dios y de los Santos escucha siempre nuestras plegarias, como el mismo Jesús nos ha dicho: Pedid y recibiréis (Cf. Luc. 10,9-10; Jn., 16,24). De esta forma, con esta fe y esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

¡Bendito sea Dios, tres veces santo! Amén.
Desde la Basílica Vaticana, el 30 de junio de 1968. [/i]

Paulus PP. VI

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