Páginas al viento

Un lugar donde reflexionar… Por Francisco Javier R. S.

  • Intenciones del Santo Padre. Julio 2015

    Intención general

    Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.

    Intención misionera
    Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

  • Vídeo mensual

    Vídeo sobre como ser un digno servidor del altar (en inglés)

    The Altar Server

  • Visión Actual

    Publicación de la Comisión Teológica Internacional sobre la Teología Hoy.

    Publicación

Archive for the ‘OTROS AUTORES’ Category

Si no Huele no es Amor

Posted by francescopetrarca en 4 abril 2012

Excelente post del Padre José Fernando Rey Ballesteros:

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=543

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 El amor… ¿Se puede ver? Ya lo creo. No todo lo que se ve es amor. Pero el amor verdadero, si no puede verse, no es amor.

    El amor… ¿Se puede palpar? Ya lo creo. No todo lo que se palpa es amor. Pero el amor verdadero, si no puede palparse, no es amor.

    El amor… ¿Se puede oler? Ya lo creo. Y huele muy bien. No todo lo que huele bien es amor. Pero el amor verdadero, si no puede olerse, no es amor.

 

    “La casa se llenó del olor del perfume” (Jn 12, 3). En casa de Lázaro olía a amor verdadero. Porque María no podía contener en su pecho el fuego que la abrasaba, y decidió romper lo mejor que tenía, un frasco de perfume de gran valor, para derramarlo a los pies de Jesús. En ese momento, el amor olió, y, por su aroma, supimos que era amor verdadero.

    Y fue profecía de un Amor más grande: tanto amó a los hombres el Hijo de Dios que, no pudiendo contener en su Divino Pecho el Fuego que lo abrasaba, quebró en la Cruz el ánfora de su Santísima Humanidad y derramó sobre la Tierra el Perfume de su Sangre y de su Espíritu. La Historia entera, como aquella casa, se ha llenado del olor a Cristo. Por eso hemos sabido que el Hijo de Dios nos ha amado. Su Amor aún huele a Dios para quien quiere respirar.

 

    Dices que amas a Dios… En tu oración, te late el corazón tan fuerte que te parece que fuera a salirse del pecho. Pero, de momento, no es amor. Tu frasco de barro sigue cerrado e intacto, todo lo que sientes lo llevas dentro y nadie lo nota si tú no lo dices. Para que tu vida sea misterio de amor, el frasco debe romperse y el perfume debe convertirse en don. Si amas de verdad, es necesario que te dejes quebrar, que derrames tu vida a los pies de Cristo, que mueras para entregarte del todo, que nada te reserves para ti, que te vacíes totalmente de ti mismo, y que jamás vuelvas a intentar recoger del suelo el perfume que vertiste. Entonces, cuando todos esos latidos y emociones transformen tu vida en ofrenda, amarás de verdad, y tú mismo serás “buen olor de Cristo” (2Co 2, 15). Hasta que llegue ese momento, sólo pensaré que disfrutas mucho en la oración. Pero eso, amigo mío, no es amor, sino una forma refinada de egoísmo. Lo sé porque no huele.

José-Fernando Rey Ballesteros

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Iglesia y gays: la distancia entre la impresión y la realidad

Posted by francescopetrarca en 19 marzo 2012

Artículo que resume y analiza tres noticas de actualidad relacionadas con la Iglesia y la homosexualidad extraído del blog  “La Iglesia en la prensa“.

http://www.laiglesiaenlaprensa.com/2012/03/el-enfrentamiento-de-la-comunidad-gay-con-la-iglesia-en-tres-pa%C3%ADses-distintos-y-por-motivos-distintos-es-el-sustrato.html

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El enfrentamiento de la “comunidad gay” con la Iglesia en tres países distintos y por motivos distintos es el sustrato común de tres noticias que me han llamado la atención. Son tres episodios que muestran también la diferencia entre la “primera versión” de los hechos y una información más completa; una cuestión no secundaria, pues ya se sabe que en temas de comunicación quien da primero da dos veces: las correcciones tienen de ordinario poca visibilidad.

La primera noticia la refirió en portada el diario Washington Post: un sacerdote negó la comunión a una lesbiana en el funeral de su madre. A pesar de ser un hecho local y privado, la noticia dio la vuelta al mundo como expresión de intransigencia y crueldad. Incluso la diócesis, en vista del revuelo, se excusó y el sacerdote se convirtió en una figura cuando menos sospechosa. Lo que ocurre es que, días después, personas que estaban presentes en la ceremonia ofrecieron una versión muy distinta de los hechos. Por ejemplo, la negativa del sacerdote –que actuó en conciencia- fue tan delicada e imperceptible para los demás que la interesada recibió la comunión en otra fila de fieles. No hubo humillación pública. Por otra parte, consta que la propia interesada se presentaba públicamente como budista. Con esos datos, el escándalo se desinfla. Pero eso ya no apareció en la prensa.

La segunda se refiere a los funerales del cantante italiano Lucio Dalla, celebrados en la catedral de Bolonia. La polémica surgió cuando una periodista de la RAI calificó en directo a la Iglesia de hipócrita, pues concedía el funeral a una persona de la que se sabía que era homosexual. La condición, según ella, es: “basta que no digas que eres gay si quieres tener un funeral católico”. En esa línea de la “hipocresía” se manifestaron otros comentaristas. En este caso, la reacción crítica fue particularmente fuerte, comenzando por los amigos de Dalla, que subrayaron que el cantante nunca había hablado de su presunta homosexualidad, que nunca se había considerado gay. Si él no había querido hablar públicamente de ello, ¿qué derecho tienen los demás a hacerlo? ¿Con qué certezas? En el fondo, lo que parece que ha escandalizado a algunos es que el cantautor viviera una vida cristiana y recibiera frecuentemente los sacramentos. Y también el hecho de que la Iglesia acoja a todos.

El tercer episodio es la discusión en Gran Bretaña sobre el matrimonio gay. Teniendo en cuenta la reacción mediática a un artículo sobre el tema del cardenal O’Brady (al que nos referimos en una entrada anterior), daría la impresión de que todo el Reino Unido brama por cambiar la naturaleza del matrimonio. Pero resulta que, según un sondeo realizado por “ComRes” para “Catholic Voices”, el 70 por ciento de la población está en contra de tal cambio. En este sentido, parece particularmente acertado el análisis del director de Spiked: el matrimonio gay se ha convertido en el tema con el que la élite manifiesta su superioridad ante las masas de pardillos. No hay ninguna presión social, es simplemente la piedra de toque para mostrar lo liberal y lo progresista que eres…

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Sobre el Demonio- San Agustín

Posted by francescopetrarca en 8 marzo 2012

“Cuando es acusado, el diablo se goza. Es más, quiere que le acuses, acepta gustosamente toda tu recriminación, ¡si esto sirve para disuadirte de hacer tu confesión!” (San Agustín)

 

Empecemos hablando claro: el Demonio existe y siempre está rondando alrededor de todos nosotros buscando a quién perder. Pero al mismo tiempo que hoy en día nos encontramos en el Pueblo de Dios de hoy un error por defecto: el considerar al Diablo como un ser irrelevante o incluso negar su existencia; también podemos caer, como hombres pecadores que somos, en un error por exceso: ver la mano del Tentador en todas nuestras faltas.

Muchísimos santos nos recuerdan que en esta existencia terrenal hay tres tipos de tentaciones: las del Mundo, las de la Carne y las del Diablo; y el buen cristiano debe lucharlas todas. El Diablo está presente sí, y su voz insinuante y tentadora nos acompaña muchísimas veces, pero no siempre tiene la culpa: a veces es simplemente nuestra más profunda concupiscencia, una concupiscencia que no queremos abandonar o simplemente somos tan amigos del Mundo que no queremos rehusar ni a sus goces ni a sus delicias. Y entonces cuando caemos le gritamos: “¡Me haces pecar malvado! ¡Vete!”. Pero él se goza. Él se ríe y se burla pues le achacamos el mal que hacemos por nuestra carne o por seguir al mundo, y así no nos convertimos. Él ha ganado por habernos hecho creer en la falsedad a fe ciega y así evitar nuestro arrepentimiento auténtico. No en vano él es el Príncipe de la Mentira y disfruta con nuestras equivocaciones.

Por eso nosotros, no debemos olvidar que él existe pero que con Cristo tenemos la Victoria sobre él. Solo su Gracia y un acudir a los sacramentos de forma constante y correcta, como manda la Iglesia, podremos librarnos de las insidias del Enemigo. Vencer al mal con el Bien, ser testigos del Resucitado en medio de esta generación descreída y pregonar el Amor y el Perdón de Dios aplicándolo en nuestras vidas y con nuestro prójimo. Solo así podremos oír en nuestro corazón y en nuestra alma las palabras de Jesús: “Veía caer a Satanás como un rayo“, para luego llegar el día en el que el Cristo nos coronará con la vida imperecedera, dándonos el premio por pura gracia en nuestra carrera por la Vida y reinaremos con Él en su Reino de Justicia y Derecho.

Para concluir, me gustaría señalar que es curioso leer como parece ser que en tiempos de San Agustín los cristianos dejaban de confesarse pues achacaban sus pecados al Demonio y así consideraban que no habían perdido la gracia de Dios, mientras que hoy en día muchas veces la ausencia de Confesión viene de una visión casi totalmente opuesta: o no existe el Diablo ( y por tanto ni el mal ni el castigo) o no somos tan malos (sino buenos) y por tanto no necesitamos del perdón de los pecados. No huyamos de la Confesión. Es nuestra única vía de escape cuando nos asfixia el olor a cadáver que desprende un alma en pecado mortal.

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Fariseísmo

Posted by francescopetrarca en 5 marzo 2012

Artículo de Juan Manuel de Prada en el que nos demuestra por boca de Leonardo Castellani que una de las grandes tentaciones de los miembros de la Iglesia es caer en las múltiples formas de fariseísmo.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=21094

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En un artículo clarividente titulado «Sobre tres modos católicos de ver la guerra española», publicado en 1937, Leonardo Castellani —haciendo gala, una vez más, de esa libertad intelectual que procura la fe, cuando es verdadera— empieza ofreciendo una «visión humana» de nuestra Guerra Civil, declarándose partidario de Franco: «La pura y simple humanidad del hombre le impone que, al ver dos riñendo, desee que uno gane, aunque no sea sino por amor de la paz o de las situaciones claras; y que no gane el peor». Pero a Castellani no le basta con esta mera «visión humana»; y lanza a continuación una «visión filosófica» que «considere también lo que hubo antes y lo que vendrá después, sacando consecuencias y enseñanzas». Y aquí Castellani afirma que «esta guerra tiene por lo menos una de sus raíces en la injusticia social»; y añade: «Toda esa sangre de cristianas venas (porque también marxistas españoles tienen sangre —y quizá algunos alma— de bautizados) ha sido reclamada ante Dios por una gran pirámide de pecados previos contra el pobre, de pecados contra el hermano, de pecados contra el débil, de pecados contra el niño, de pecados contra Dios. De pecados desos que dice la Escritura claman al cielo. Y no me parece imposible que en esa mole de pecados que ahora se lava en sangre estuviesen también representados algunos de los que ahora más vociferan. Este señalamiento de los pecados contra la justicia social —pecados que claman al cielo— como una de las raíces de la Guerra Civil me parece admirable, viniendo de alguien que no muestra rebozo alguno en proclamarse partidario de Franco. Pero aún Castellani ahonda más; y nos ofrece una tercera «visión teológica» de la guerra, preguntándose «por qué una parte del admirable pueblo español se puso de golpe a odiar a Dios, es decir los sacerdotes, monjas, templos, cálices, crucifijos, imágenes; las imágenes terrenas de Dios».

No basta, a juicio de Castellani, con decir que «los rusos se lo enseñaron», ni siquiera con añadir que a los rusos se lo enseñó Satán. «¿Quién soltó a Satán?», se pregunta Castellani. Y entre las causas que soltaron a Satán, Castellani menciona una enfermedad de la fe: el fariseísmo, una «esclerotización de lo religioso» o «traspaso de la mística en política», que acaba convirtiéndose en «odiosa y criminosa hipocresía, mezcla de orgullo, ambición, avaricia, mentira, impiedad y dureza, con infinidad de grados medios: aulicismo, curialismo, clericalismo, ritualismo, fachadismo o religión de aparato, ambicioncilla, intriguilla eclesiástica, etcétera». El odio al fariseísmo, nos recuerda Castellani, fue empresa personal que Cristo cargó sobre sus espaldas, a sabiendas de que le costaría la vida, sin desdeñar la invectiva —raza de víboras, sepulcros blanqueados— y la fusta; y tiene que ser empresa que prosiga la Iglesia, «poniendo la misericordia y la justicia por encima de las ceremonias», para mantener vivo el corazón de la religiosidad, para no favorecer ese odio a Dios que en los años de la Guerra Civil alcanzó cúspides de inhumanidad y bestialismo.

En este combate contra el fariseísmo la Iglesia se juega mucho; sobre todo en épocas como la nuestra, en que la injusticia social —pecado que clama al cielo— vuelve a campar por sus fueros. De esta preocupación nos dio ejemplo Juan Pablo II, con obras tan preclaras como la encíclica Laborem exercens, de cuya proclamación acaban de cumplirse treinta años. Sorprende que no se haya aprovechado este aniversario para refrescar las inequívocas enseñanzas de justicia social que en dicha encíclica se contienen; y es que el veneno sutil del fariseísmo sigue haciendo de las suyas.

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Catecismo Mayor de San Pío X

Posted by francescopetrarca en 4 marzo 2012

He considerado de grandísimo interés incluir en el apartado de otros autores un enlace que nos lleva al Catecismo Mayor de San Pío X siendo esta una edición de 1973 completamente actualizada (en el sentido de que en él se menciona cómo Pío XII proclamó como dogma de Fe la Asunción de la Santísima Virgen).

Para mí, puesto que la Verdad Católica nunca cambia, es un Catecismo que viene a decir lo mismo que el Catecismo que nos legó Juan Pablo II pero con la particular firmeza,  belleza, sencillez y claridad de la escritura de San Pío y no hace más que tornarse un imprescindible complemento del actual. Como ejemplo algunas sentencias tan necesarias para la Nueva Evangelización:

129. El Protestantismo o religión reformada, como orgullosamente la llaman sus fundadores, es el compendio de todas las herejías que hubo antes de él, que ha habido después y que pueden aún nacer pira ruina de las almas.”

“115.- ¿Basta para salvarnos que Jesucristo haya muerto por nosotros? – Para salvarnos no basta que Jesucristo haya muerto por nosotros, sino que es necesario aplicar a cada uno el fruto y los méritos de su pasión y muerte, lo que se hace principalmente por medio de los sacramentos instituidos a este fin por el mismo Jesucristo, y como muchos no reciben los sacramentos, o no los reciben bien, por esto hacen para sí mismos inútil la muerte de Jesucristo.”

“623.- ¿Débese adorar la Eucaristía? – La Eucaristía debe ser adorada de todos, porque contiene verdadera, real y sustancialmente al mismo Jesucristo Señor nuestro.”

“630.- ¿Cuántas cosas son necesarias para hacer una buena Comunión? – Para hacer una buena Comunión son necesarias tres cosas: 1ª., estar en gracia de Dios; 2ª., guardar el ayuno debido; 3ª., saber lo que se va a recibir y acercarse a comulgar con devoción.”

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CATECISMO MAYOR de San Pío X

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Una leyenda negra

Posted by francescopetrarca en 27 febrero 2012

Artículo de Juan Manuel de Prada descomponiendo de forma breve y con evidentes argumentos la leyenda negra que pesa sobre el excelentísimo pontísime Pío XII.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=20952

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¿Fue la Iglesia católica complaciente con las atrocidades perpetradas por Hitler? Ya en una fecha tan temprana como 1930, los obispos alemanes condenaron el nazismo, calificándolo de herejía incompatible con la visión cristiana del mundo; es verdad, sin embargo, que esta condena fue levantada en 1933, cuando Hitler firmó un concordato con la Santa Sede. ¿Pecaron entonces de exceso de confianza los obispos alemanes? Tal vez sí, pero no más que los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, que todavía en una fecha tan tardía como septiembre de 1938 firmaban con Hitler el Tratado de Múnich. Lo cierto es que los católicos no fueron quienes alzaron a Hitler al poder; de hecho, en las regiones alemanas más pobladas por católicos fue donde el partido nazi obtuvo menos votos, como prueba José M. García Pelegrín en su libro Cristianos contra Hitler.

El 23 de marzo de 1937, Pío XI proclama la encíclica Mit Brennender Sorge, en cuya redacción participó activamente el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII. En la citada encíclica, Pío XI condena sin ambages el nazismo, tachándolo de ideología panteísta (esto es, pagana), y la divinización idolátrica del pueblo y de la raza postuladas por esta ideología. Obispos como Bertram, de Berlín, o Von Galen, de Münster, se convirtieron en detractores encarnizados del nazismo; y diez mil trescientos quince sacerdotes católicos serían encarcelados por el Tercer Reich. De ellos, dos mil quinientos ochenta serían deportados al campo de concentración de Dachau, de los cuales mil treinta y cuatro no salieron con vida.

Cuando, en 1958, fallece Pío XII, Golda Meir, madre del Estado de Israel, escribirá: «Durante los diez años del terror nazi, cuando nuestro pueblo sufrió los horrores del martirio, Pío XII elevó su voz para condenar a los perseguidores y para compadecerse de las víctimas». Y el entonces presidente del Congreso Judío Mundial, Nahum Goldmann, proclamará: «Con especial gratitud recordamos todo lo que Pío XII hizo por los judíos perseguidos durante uno de los periodos más oscuros de toda su historia». ¿Qué ocurrió para que el Papa más querido por el pueblo de Israel fuera denominado, unos pocos años más tarde, el `Papa de Hitler´? La leyenda negra sobre Pío XII fue diseñada por la propaganda comunista y recogida eficazmente, en 1963, por la pieza teatral El vicario, de Rolf Hochhuth, en la que se presentaba a un Pío XII indiferente ante el genocidio judío. Pero la leyenda negra contra Pío XII también ha tenido divulgadores en el propio ámbito católico, como resultado de las divisiones que se produjeron a raíz del Concilio Vaticano II.

Las actas y documentos del Estado Vaticano relativos a la Segunda Guerra Mundial demuestran fehacientemente que Pío XII hizo mucho más que cualquier gobierno o institución para salvar a los judíos de la persecución nazi. El rabino y profesor de Historia David Dalin, autor del libro El mito del Papa de Hitler, considera que Pío XII se sirvió de su experiencia como Nuncio apostólico en Alemania durante los años veinte, y luego como secretario de Estado del papa Pío XI en los treinta, para salvar infinidad de vidas judías durante la guerra. Si aproximadamente el ochenta por ciento de los judíos que vivían en la Europa ocupada por los nazis fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial, en Italia, donde el Papa tuvo un mayor margen de maniobra, el ochenta y cinco por ciento de los judíos sobrevivió, incluyendo el setenta y cinco por ciento de la comunidad judía de Roma, que se benefició de su ayuda directa.

Los judíos fueron acogidos secretamente, por indicación del Papa, en ciento cincuenta y cinco monasterios, conventos e iglesias de Italia; y hasta tres mil de ellos hallaron refugio en la residencia pontificia de Castelgandolfo. El escritor judío Pinchas Lapide, en su obra Tres Papas y los judíos, cifra el número de judíos salvados directamente por la diplomacia vaticana en ochocientos mil. Tales actividades las realizó Pío XII lo más discretamente posible, lo cual no fue óbice para que Hitler planeara su secuestro, como ha confirmado el general Karl Wolff, jefe de las SS en Italia. Un hecho fundamental, poco conocido, es que el gran rabino de Roma durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Israel Anton Zoller, se convirtió al catolicismo tras la liberación de la capital italiana, adoptando como nombre de bautismo, en honor del Papa que había salvado a tantos hermanos suyos, el de Eugenio Pío. A la luz de estos datos, ¿puede acusarse a la Iglesia católica de connivencia con el nazismo?

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La Penitencia: buscando la virtud perdida

Posted by francescopetrarca en 25 febrero 2012

Fantástico artículo del P. José Fernando Rey Ballesteros sobre la Penitencia y sus sentido en este tiempo de Cuaresma.

http://www.jfernandorey.es/blog/?p=537

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   Les sugiero un ejercicio poco gratificante, pero probablemente muy revelador: díganme cuántas veces han escuchado, a lo largo de los últimos años, la palabra “penitencia” en los templos a los que acuden para la celebración de la Eucaristía. Me refiero a “penitencia” como virtud o como actitud cristiana de reparación por los pecados; por tanto, supriman las veces en que han escuchado la expresión “sacramento de la Penitencia”, en la que la palabra es más adjetiva (para referirse al sacramento) que sustantiva. En definitiva, ¿cuántas veces han escuchado ustedes la invitación a “hacer penitencia” o a vivir con “espíritu penitente”? Probablemente, muy pocas.

    Nos guste o no, somos hijos de la tormenta que se desató en la Iglesia después del Concilio Vaticano II, y los efectos devastadores de aquella tempestad todavía están lejos de haber sido reparados. El cataclismo se llevó por delante todos los elementos de nuestra Fe que recordaban al hombre su condición pecadora, porque a muchos les parecía indigno el más mínimo golpe de pecho: se dejó de hablar del pecado, el Infierno desapareció, el Diablo pasó a ser un cuento cavernario destinado a asustar a los niños, la Justicia Divina fue borrada de los sermones y catequesis, los reclinatorios desaparecieron de las iglesias (¿por qué ponerse de rodillas si somos dios?) y la virtud de la penitencia se esfumó de la lista de unas virtudes cristianas que ya no eran virtudes sino “valores”…

    Desde entonces, y muy poco a poco, hemos ido recogiendo del suelo muchos de los restos de aquel desastre, les hemos quitado el polvo y los hemos devuelto a sus vitrinas: la conciencia de pecado se va recuperando, los confesonarios se vuelven a poblar con sacerdotes y penitentes, se va perdiendo el miedo a hablar del Demonio y -todavía muy débilmente- se recupera la alusión al Infierno en las predicaciones de bastantes sacerdotes. Sin embargo, nadie ha encontrado todavía entre los escombros la virtud de la penitencia. Y, por eso, cuando llega la Cuaresma, se habla de la “pequeñez” (¡Qué bonito!) humana y de la Misericordia de Dios. Y, hasta que alguien recupere la virtud perdida, seguimos hablando de la Cuaresma como de “el tiempo de la Misericordia”… Es verdad; lo es. Si no confiásemos en la Misericordia de Dios, la Cuaresma sería un ejercicio inútil. Pero, principalmente, la Cuaresma es tiempo de penitencia.

    El motivo de la penitencia, y también de la Cuaresma, es la necesidad de expiar nuestras culpas. En ocasiones decimos, demasiado alegremente, que una vez confesado un pecado ya no hay que preocuparse ni pensar más en él, que “no ha pasado nada”… Pero no es verdad; ha pasado. El Sacramento del Perdón nos absuelve, merced a la Sangre de Cristo, del castigo eterno merecido por nuestra traición. Pero los efectos de ese pecado en el alma, eso que la Teología Moral llama “reato de culpa” deben ser reparados en esta vida o en el Purgatorio: se trata de un desorden en las pasiones, de una inclinación más fuerte hacia el mal, de una ceguera cada vez más profunda para discernir la Luz Divina, de una insensibilidad para escuchar la voz de Dios… Todo ello sólo puede repararse con penitencia. Y, créanme, es mucho mejor y más conveniente repararlo en esta vida que esperar al Purgatorio, donde esa purificación será mucho más dolorosa. Los pecados hay que confesarlos, desde luego. Pero también hay que llorarlos. Y precisamente para eso está la Cuaresma.

    A poco que se lea la Sagrada Escritura, uno aprende que Dios es siempre muy tierno con el pecador arrepentido, muy duro con el pecado, y muy exigente con la penitencia. Dios perdona, y a la vez castiga; más bien, castiga para perdonar, reprende para reparar. Y el hombre tiene que saber, a la vez que acoge el perdón de Dios, recibir también el cariñoso castigo de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos. He ahí el motivo de la penitencia cristiana.

    En la Edad Antigua, los pecadores públicos se azotaban a la vista de todos en las puertas de los templos durante la Cuaresma. El Emperador Teodosio el Grande, aconsejado por San Ambrosio, fue visto por todos los cristianos haciendo pública penitencia a causa de un arrebato de ira. Nosotros, durante la Cuaresma, nos imponemos voluntariamente castigos por nuestras culpas, siempre asesorados por el confesor, y así suplicamos la gracia de la restauración de nuestras almas.

    No lo olvidemos: los ayunos cuaresmales, las limosnas y la oración, a lo largo de estos cuarenta días, cobran sentido cuando el hombre se sabe pecador, cuando está dispuesto a llorar sus culpas, y cuando desea, más que ninguna otra cosa, reparar los efectos del pecado para convertirse y nunca más pecar. Eso es la Cuaresma.

José-Fernando Rey Ballesteros

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El antídoto

Posted by francescopetrarca en 30 enero 2012

Sobre saber divino, el tiempo humano, la predestinación y la Redención del hombre.

Por Louis de Wohl

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Dios es omnisciente», aprendemos. Por tanto tuvo que saber que nosotros los hombres abusaríamos del don que nos hizo de la libre voluntad. O sea, que en definitiva es culpa suya el que haya sucedido así. En definitiva, es Dios quien tiene la culpa de todo.

 
Con esta lógica falsa intentamos cargar a Dios con nuestras propias culpas. Siempre hemos sido cobardes morales. Ya el propio Adán intentó echar la culpa de su pecado a Eva. El error básico consiste en que aplicamos de modo totalmente erróneo el concepto de omnisciencia. Y esto lo hacemos porque nos imaginamos a Dios como a un hombre omnisciente.

 
Nosotros los hombres vivimos en el tiempo, es decir en un continuo discurrir de las cosas. Dios, sin embargo, vive fuera del tiempo. Para nosotros existe el pasado, el presente y el futuro. Para Dios todo es un eterno ahora. Por tanto no tiene ningún sentido hablar de que Dios sabía (pasado) lo que pasaría (futuro). Dios sabe. Para nosotros el presente es un instante mínimo, ya se ha convertido en pasado. Para Dios todo es presente. Y precisamente por eso es omnisciente. El no prevé –como el profeta–. El ve. Para Él no existe ni antes ni después. El concepto de tiempo es, como todo lo demás, parte de su Creación. Pero Él está por encima de su Creación y por ello por encima de todo lo temporal. Él crea al hombre (nosotros decimos: creó). El sabe (nosotros decimos: sabía) que el hombre peca (ha pecado). El posee el antídoto ¿Cuál es el antídoto contra la debilidad y la maldad? Todas las madres lo saben. Precisamente para la oveja negra, para el hijo malo y perverso, ellas sienten el doble y el triple de amor. Dios responde a nuestra caída con un Amor inmenso. Su antídoto es hacerse hombre Él mismo soportando en la cruz nuestras culpas, todas las culpas de todos los hombres de todas las épocas.

 
Y este hecho es el que eleva al cristianismo por encima de todas las demás religiones. El inocente ha cargado con nuestras culpas. Al hacerse hombre Cristo se ha convertido en hermano nuestro. Por eso nos enseñó a llamar «Padre» al Creador del universo. De criaturas de Dios nos convertimos en hijos de Dios. Esta es la respuesta del Amor. Este es el antídoto.

 

 

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¿Por qué me tengo que confesar con un cura?

Posted by francescopetrarca en 29 enero 2012

Excelente artículo sobre el sacramento de la Penitencia: ¿por qué hay que frecuentarlo? ¿quién es el ministro? ¿objeciones más comunes?

Tomado del blog del Sacerdote argentino Eduardo Volpacchio.

http://algunasrespuestas.blogspot.com/2005/10/por-qu-me-tengo-que-confesar-con-un.html

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Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,9-10).
De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir “deshacernos” de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.

Como respeto nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, broncas, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.

La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote .

Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.

Algunas razones por las que tenemos que confesarnos

1. En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar ” (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando querés que Dios te borre los pecados, sabés a quien acudir, sabés quienes han recibido de Dios ese poder.

Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: “Confiesen mutuamente sus pecados” (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.

3. Porque en la confesión te encontrás con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confesás con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: “Yo te absuelvo de tus pecados” ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice “Esto es mi cuerpo”, y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confesás, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.

4. Porque en la confesión te reconciliás con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».

5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.

6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:

a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.

b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en off-side: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.

c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: “quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.

7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.

8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.

Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión

a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.

b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos “obliga” a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.

c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al “paciente”? Y te cobran para escucharte… y al “paciente” le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.

d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.

e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando “salimos” de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.

f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.

g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.

h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.

i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.

j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de bajoneo, pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…

k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.

l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.

Algunos motivos para no confesarse

1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos.
Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permitime decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (podés mirar Mt 9,1-8).

2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios.
Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos peros…
Pero… ¿cómo sabés que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchás alguna voz celestial que te lo confirma?
Pero… ¿cómo sabés que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere “deshacerse” del pecado.

Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: “Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo.”

3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?
Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.

4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?
El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.

5. Me da vergüenza…
Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confesás poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superás esa vergüenza.
Además, no creas que sos tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…
Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.

6. Siempre me confieso de lo mismo…
Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañás o lavas la ropa, no esperás que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

7. Siempre confieso los mismos pecados…
No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los “nuevos”, es decir los cometidos desde la última confesión.

8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso…
El desánimo, puede hacer que pienses: “má si…, es lo mismo si me confieso o no, total nada cambia, todo sigue igual”. No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentido
Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro dejalo en las manos de Dios…

10. Y si el cura piensa mal de mi…
El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importás… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.

11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…
No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

12. Me da fiaca…
Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…

13. No tengo tiempo…
No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animás a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplicá el número de horas diarias que ves por el número de días…)?

14. No encuentro un cura…
No es una raza en extinción, en Argentina hay varios miles. Agarrá la guía de teléfono (o llamá a 110). Buscá el teléfono de tu parroquia. Si ignorás el nombre, buscá por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te podés confesar… e incluso perdirle una hora… para no tener que esperar.

P. Eduardo María Volpacchio

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Amar o ser amado- Beato Tomás de Kempis

Posted by francescopetrarca en 17 enero 2012

“Ni quieras tampoco ocupar el corazón de alguien, ni que otro ocupe tu corazón por amor; más bien que Jesús esté en ti y en todo hombre bueno.” (Bto. Tomás de Kempis)

 

 

La Imitación de Cristo es un libro que se vende a sí mismo con cualquiera de las sentencias que se puedan publicar de él. Ha sido y es un soporte espiritual para millones de personas, entre las que me encuentro, y recomendadísimo por grandes santos como San Juan Bosco. En él, el autor nos relata mediante breves frases diversos temas a lo largo del libro dedicados a la vida espiritual, la consolación interior o el santísimo sacramento del altar. Todos los apartados son tratados desde un profundo conocimiento de la naturaleza humana por parte del escritor que llega en muchísimos fragmentos a sacudirnos los más inamovibles cimientos de nuestra alma y a replantearnos nuestra vida cristiana una y otra vez. Es más, es un libro que nunca se acaba: hay que releerlo constantemente (y yo diría, diariamente); pues cada lectura es distinta, cada día se descubre un aspecto nuevo.

En una relectura que hice, la frase que quiero comentar me asaltó casi desde lo más profundo de mi corazón. ¿Cuántos no andamos por el mundo queriendo ser amados? ¿Cuántos no andamos por el mundo queriendo amar más? Pero el autor nos proporciona una solución a este problema: “que Jesús esté en ti y en todo hombre bueno“.

Si Jesús está dentro de nosotros, todos los problemas relacionados con el amor se solucionan de un plumazo… Él es Amor. ¿Por qué no pedimos mejor que el Amor habite en nosotros? Solo así llegaremos al punto de quedar satisfechos, pues Él habitará en nuestros corazones y Él obrará en nosotros con su gracia. Sin Él, el Amor está vacío y se convierte en un mero deseo altruista: “querer amar más“; o en un simple egoísmo: “quiero ser amado” o “quiero amar más porque me siento mal”. El Amor no se pide ni se exige. El Amor se vive. Y el Amor solo se vive si la Vida vive en ti. Si la Verdad mora en ti. Si el Camino guía tus pasos. Si Jesús está contigo. ¡Y más que contigo! ¡Con todo hombre bueno!

 ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! ¡Que Jesús habite en vosotros para que seais hombres que ejerciten el más alto de los dones según san Pablo: el Amor por medio del Salvador! No podemos desear que en el mundo haya justicia, ni bien, ni paz… si no deseamos, si no oramos, si no pedimos que sea Jesús el que habite en el corazón de todos los hombres y mujeres buenos. El Reino de Dios solo vendrá si adaptamos nuestros corazones al Corazón de Jesús y si pedimos tener a Jesús en nosotros como la Santísima Virgen tiene a su Hijo en su precioso Corazón Inmaculado.

Es más, y la semana de oración por los cristianos que se inicia mañana me sirve de excusa para recordarlo; no existirá la unión entre los cristianos si no pedimos a Jesús que habite en todos nosotros, si no dejamos a Aquel que dijo: “Padre, que sean uno como Tú y Yo lo somos” obrar con todo su poder en nuestro interior para que nos haga humildes y capaces de superar nuestras divisiones, rencillas, politiqueos… y así comenzar a caminar juntos desde el Amor y poder participar juntos en el mismo banquete Eucarístico hasta que Él venga y seamos revestidos de su Gloria.

No queramos otra cosa: solo que Jesús more en nosotros.

Amén.

 

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